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El circuito ATP

Juan Martín Del Potro, el "maldito" que escribe tesis sobre resiliencia

Quienes más conocen al tandilense aseguran que la parte mental y la férrea búsqueda de objetivos es lo que define este momento deportivo que atraviesa, con la chance concreta de ingresar al Masters de Londres

Jueves 02 de noviembre de 2017 • 13:53
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LA NACION
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“Lo que más define a Juan Martín es su cabeza, lo que tiene adentro, lo que piensa. Lo maldito que es, en el buen sentido. Cuando se enfoca en un objetivo, no lo frena nada, sea en un partido de tenis, fútbol o cartas”. Quien describe sin dudar es Marcelo Gómez, formador de Del Potro sobre el polvo de ladrillo de Tandil. Pocas personas conocen tanto y desde sus orígenes al campeón del Abierto de los Estados Unidos 2009 como el Negro Gómez, que lo recibió en la escuelita de tenis del club Independiente con apenas seis años. En aquel momento, Gómez trabajaba todo el día en el club rojinegro que el año próximo cumplirá cien años: con los más chicos, con los jóvenes que ya competían a nivel nacional y hasta con los adultos que tomaban clases. Pero con sólo unos días de dirigir su lupa hacia ese chico espigado de madre maestra y padre veterinario rural le alcanzó para darse cuenta de que se encontraba ante un diamante. “Enseguida me di cuenta de que tenía mucha pasta”, rememora Gómez y se le iluminan los ojos, porque se bien trabajó con los mejores talentos de la famosa escuela tandilense de tenis iniciada por Raúl Pérez Roldán, ninguno tan valioso como ese chico hincha de Boca que iba un colegio religioso.

Juan Martin Del Potro
Juan Martin Del Potro. Foto: AP

Ese mismo chico que dejó de jugar como mediocampista en el equipo de fútbol de Independiente para empuñar la raqueta y empezar a competir en los torneos de tenis, lució una fuerte personalidad desde el arranque. Nada lo amedrentaba, ni siquiera jugar contra rivales más grandes que él; al contrario, los desafíos lo motivaban. Cuanto más inalcanzable parecía el blanco, mayor empeño ponía para alcanzarlo. Así se formó, así evolucionó, así se alimentó, así creció. Así se hizo profesional y se impuso en un mundo tan exigente como el circuito ATP. Se suele decir hasta el hartazgo que “la mente es el músculo más importante del tenista” y no hay dudas de que Del Potro puede filmar un documental al respecto. Su capacidad de superación es milagrosa; su autoridad para competir es fenomenal. Tres temporadas perdió el tandilense por las cirugías en sus muñecas (una en la derecha, tres en la izquierda). Estuvo muy cerca de anunciar su retiro a mediados de 2015, cuando, inclusive, le costaba levantarse de la cama para desayunar. Sin embargo, a puro mazazo, inteligente administración de energías e ingenio, concretó –en 2016– uno de los retornos más espectaculares de la historia del tenis (sino el más resonante).

Este año, entre febrero y fines de agosto, la tarea de Del Potro en el circuito fue desconcertante y pobre, muy distante de la altísimas expectativas que él mismo había provocado poco tiempo antes. Pero como dice el Negro Gómez, Del Potro tiene una suerte de maldad bien aplicada al deporte de elite que lo distingue y que es sólo comparable con la de los cuatro fantásticos del circuito. ¿O acaso hay alguien que no crea que, con salud y motivación, el argentino pueda pelearles de igual a igual a Roger Federer, Rafael Nadal, Novak Djokovic y Andy Murray? En un furioso sprint de dos meses que comenzó con las semifinales en Flushing Meadows y lo ubican, luego de vencer por 7-5 y 6-4 al holandés Robin Haase en los cuartos de final de París Bercy, Del Potro está a sólo un triunfo de convertirse en uno de los ocho maestros que en los próximos días jugarán el Masters de Londres. Si este viernes supera al estadounidense John Isner y avanza a las semifinales en la capital francesa, Del Potro jugará la Copa de Maestros por quinta vez en su rica carrera (Roberto Bautista Agut, que podía quitarle el lugar si ganaba en Bercy, cayó frente a Marin Cilic). E, increíblemente, el argentino lo haría en la misma temporada en la que optó por esquivar el Abierto de Australia porque se sentía agotado luego de la conquista de la Copa Davis, en la que no superó la tercera rueda de Roland Garros ni la segunda ronda de Wimbledon, y en la que sorpresivamente confesó que le costaba hallar motivaciones. Evidentemente, las encontró. Y volvió a potenciar el significado de resiliencia, la “capacidad de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”, según la Real Academia Española. En su mágico y explosivo 2016, Del Potro escuchó esa palabra un sinfín de veces. “Aprendí el significado y me sentí muy tocado con lo que representa, con toda mi historia, con lo que pasé con mi vuelta al tenis. Esa palabra define lo que ha sido mi vida”, le comentó Del Potro a quien esto escribe, en diciembre pasado.

Con 384 victorias en el ATP Tour, Del Potro superó al cordobés David Nalbandian –quizás, su mayor adversario espiritual– y se transformó en el segundo argentino más ganador de la historia (Guillermo Vilas, con 958, es el líder imbatible). Además, desde el lunes próximo regresará al top 10 luego de tres temporadas. “No esperaba acercarme tanto para clasificar a Londres. No esperaba llegar al top 10 en este momento. Y todo es muy sorprendente después de mis problemas, de todas mis lesiones. Estoy emocionado de seguir mejorando y tener este tipo de sorpresas. Me encanta sorprenderme a mí mismo también, y eso es lo que estoy haciendo ahora”, explicó Del Potro, que ganó 20 de sus últimos 24 partidos. Sin desgano, enfocado, con un talento fantástico y la “maldad” que tienen los cracks, Del Potro vuelve a escribir una tesis sobre resiliencia. Vivencias, le sobran.

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