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El siglo en que todos tomaron las calles

Movilizados. La filósofa Judith Butler, célebre por sus aportes a la teoría de género, indaga el modo en que, a nivel global, la gente ocupa hoy el espacio público

Domingo 05 de noviembre de 2017
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LA NACION
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Manifestación en Barcelona, en medio del debate independentista
Manifestación en Barcelona, en medio del debate independentista. Foto: Reuters

Judith Butler continúa una tradición, la de Jacques Derrida pero también la de pensadores como Hannah Arendt o Emmanuel Lévinas, que piensa la política en relación necesaria con la ética: no hay lugar en su pensamiento para distinciones cínicas. Para Butler la pregunta en ambos ámbitos es la misma: qué es lo que me une a los otros y qué tipo de obligación sugiere el hecho de que el "yo" esté invariablemente implicado en el "nosotros". La vuelve a formular en Desposesión: lo performativo en lo político (Eterna Cadencia), que coescribió con la joven filósofa griega Athena Athanasiou. En esta correspondencia entre las dos, que recuerda los diálogos platónicos, son los cuerpos en el espacio público, aquellos que salen a la calle a afirmar sus demandas pero ante todo su misma existencia desposeída, los que se ubican en el centro de la escena. El concepto de "desposesión", que junto con el de performatividad funciona como hilo conductor del libro, también sirve a Butler y a Athanasiou para regresar sobre los problemas de las políticas del reconocimiento de las diferencias (étnicas, sexuales, nacionales, económicas) en el interior de los Estados nacionales. El texto original data de 2013 pero se lee tan actual que casi podría ser premonitorio.

En conflicto

La desposesión, entonces, tiene una dimensión ética fundamental: la condición de la desposesión es la fuente de nuestra posibilidad de responder y, por eso, de nuestra responsabilidad ética. La desposesión es también disposición hacia los otros y su sufrimiento: nuestra posibilidad y nuestra obligación de tomar responsabilidad de la propia posición en el mundo y su relacionalidad con los otros. Esta apelación a la relacionalidad y la interdependencia evidencia, contra visiones más maniqueas de la política, lo complejos que son ética y conceptualmente aquellos conflictos donde la apelación de una comunidad al reconocimiento parece estar en contradicción directa con la apelación de otra comunidad.

Cuando, en diálogo con la nacion, Butler reflexiona sobre el presente debate en relación con la secesión catalana, se muestra cauta y preocupada: "La situación en Cataluña es complicada y angustiante. Es verdad que una porción de la sociedad catalana siente que no deberían pertenecer más a España sino sólo a sí mismos, de modo que intentan superar un sentido de desposesión. Quieren poseerse a sí mismos. Pero inmediatamente, una porción de esa misma sociedad desea ardientemente que Cataluña pertenezca a España incluso si se mantiene como un lugar distintivo desde el punto de vista cultural y, en alguna medida, desde el punto de vista económico. Los poderes de Madrid creen que Cataluña es España, y disputan la posibilidad de que España se disgregue en sus variadas regiones. Pero el hecho es que estas regiones están todas interconectadas y son difícilmente comprensibles independientemente de las demás. La secesión no acabará con esta condición de interdependencia. Entonces la consigna es encontrar un modo de cohabitación que permita a la vez autonomía y relacionalidad. En este momento, no parece haber soluciones buenas".

Es que contra la profundidad, Butler estudia las superficies: en su pensamiento aquello que se nos muestra no es meramente expresión de algo más hondo, un reflejo pálido y pasivo de aquello que vive en lo profundo: tiene su propia vida y su propia lógica inmanente. A eso se refiere el que tal vez sea su concepto más famoso, el del género como performance: detrás de ese show que hacemos de nuestro género, de las pestañas postizas o de la corbata, no hay nada que se oculte, no hay nada "verdadero". La única verdad es eso que se exhibe, que se produce al mostrarse y al afirmar su presencia en el mundo.

Más allá del género

En las últimas dos décadas se propuso ahondar sobre las implicancias de esta noción de performatividad más allá de la cuestión de género: los cuerpos migrantes, los cuerpos de los muertos y de aquellos que los velan, los cuerpos de la guerra y en general los cuerpos atravesados por el Estado. Para entender a qué se refieren Butler y Athanasiou cuando hablan de performatividad sirve pensar en algunos de los casos que eligen analizar. En Israel, cuenta Athanasiou, la organización de derechos humanos Btselem fue acusada de traición por difundir números de palestinos asesinados en Gaza; en un conflicto donde todos los miembros de una sociedad son considerados enemigos, dice, ninguna baja es civil, ninguna baja "cuenta". Aquí aparece la política de lo performativo: el valor de la vida humana, dice Butler, es incalculable. Los muertos no son sólo números, las personas son mucho más que números, pero esa dimensión numérica que parece tan fría y tan poca cosa, que en otro contexto podría ser despectiva del valor de la vida, toma otra dimensión cuando al otro no se le permite, ni siquiera, ser un número. La performatividad tiene lugar cuando los que no son contados se prueban reflexivos y empiezan a contarse a sí mismos, y en ese acto, a aparecer, a hacerse presentes. La performatividad, dice Butler, emerge siempre en la precariedad.

Otro caso que ponen como ejemplo es el de los inmigrantes ilegales que tomaron las calles de Los Ángeles en mayo de 2006 y cantaron el himno nacional de Estados Unidos en español. Al igual que el caso de Gaza, la manifestación de estos inmigrantes es al mismo tiempo desde el interior de la norma y contra la norma: esta aparente paradoja, dice Butler, es el núcleo duro de la performatividad, su resonancia más poderosa. El desposeído reclama la inclusión al mismo tiempo que subvierte la norma en la que quiere ser incluido. Esta idea de resistencia desde el interior del sistema resuena con los planteos que les valieron siempre a Butler y a su referente Derrida el desdén de la izquierda más rupturista, la acusación de tibieza o incluso de funcionalidad al sistema capitalista. Pero más allá de esas críticas, esta forma de pensar parece ser particularmente aguda para comprender los activismos del siglo XXI y el modo en que, en el mismo movimiento, se puede demandar el fin del capitalismo y el acceso a los privilegios que el capitalismo reserva para unos pocos aventajados.

Hay una segunda paradoja en estas manifestaciones. Es la que relaciona la performatividad con eso que Butler y Athanasiou llaman la desposesión, especialmente cuando esas manifestaciones entran en conflicto con las fuerzas del Estado: las asambleas públicas pueden bajo las condiciones políticas actuales ser rápidamente rebautizadas como riesgos de seguridad o, incluso, como actos violentos. Eso "le permite al Estado ejercer su fuerza de policía contra la población que está ejerciendo un derecho democrático básico", dice Butler. El encuentro de los manifestantes con las fuerzas policiales nos enfrenta a esa doble dimensión de los cuerpos: afirmamos nuestro derecho a la autodeterminación pero al mismo tiempo no podemos evitar reconocer nuestra fragilidad, nuestra dependencia de los demás.

Butler sugiere a la vez que la dimensión performativa de lo político es diferente de la representativa: el que dice que los que están en la calle "representan" también a los que no salieron se está salteando una dimensión de conflicto que inevitablemente emerge entre aquellos que aparecen y aquellos que deciden no hacerlo. "Aclaremos que los fascistas y los racistas también toman las calles, así que ?las calles' no le pertenecen sólo a la izquierda -dice Butler-. Pero cuando los cuerpos que llenan las calles detienen el tránsito, paran el comercio y permiten que su acción suspenda las actividades que constituyen el statu quo. Esos cuerpos no están simplemente presentes: deben afirmar su presencia y, por más presentes que estén, no representan a toda la población. De modo que hay una ausencia en el medio de esa presencia. Pero si una ha perdido su trabajo, su casa o su derecho al voto, si una ha sido dolorosamente desposeída, entonces es necesario demostrar esa desposesión. Todos deberían saber, ver y escuchar. Y es necesario demostrar (nota: en inglés, el verbo to demonstrate significa tanto "demostrar" como "manifestar") contra esa condición. Demostrar implica ese doble significado".

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