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Manifesto: pesadillas de la vanguardia

Domingo 05 de noviembre de 2017
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“Queremos exaltar el movimiento agresivo, el paso veloz, la bofetada y el trompazo”, decían unos. “El sufrimiento de un hombre nos interesa tanto como el sufrimiento de una lámpara eléctrica”, decían otros. “Destruiremos el culto al pasado, la obsesión por lo antiguo, la pedantería y el formalismo académico”, proclamaban también.

Las voces exaltadas del Futurismo. La visión enfebrecida de ése y otros movimientos de vanguardia que, de un extremo al otro del arco político, incendiaron el siglo XX, clamaron que la tierra prometida estaba aquí, al alcance de la mano, fruto del encuentro explosivo entre el arte y la vida. Su promesa era la de un mundo no sólo mejor, sino radicalmente intenso.

Visiones de una radicalidad como de otro mundo (¿cómo conciliar el “Yo destruyo los cajones del cerebro y los de la organización social” de Tristan Tzara con el pragmatismo cool de estos tiempos?); extremismo sin complejos (“Hagamos volar por los aires losa monumentos, las aceras, las gradas”, escribía Antonio Sant’Elia), promesas de una liberación absoluta, todopoderosa e irreverente.

Sin embargo, algo ocurre cuando las frases que ardían en boca de las vanguardias se desprenden de los labios perfectamente delineados de una corredora de bolsa. Porque eso es la actriz australiana Cate Blanchett en uno de los videos que integran Manifesto, la monumental obra de Julian Rosefeldt que se presenta hasta hoy mismo en Proa. Blanchett es una perfecta, elegante y felina agente de bolsa que mientras hace lo que debe hacer –vigilar las cifras que titilan en los monitores que la rodean, oprimir una tecla cuando toque- recita las palabras de Filippo Tommaso Marinetti: “Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva: la belleza de la velocidad”. Allí comienza la inquietud: cuando Rosefeldt logra que la imagen de una impecable financista del siglo XXI se inserte tranquilamente en la incendiaria prédica nacida cien años atrás. Frente a eso, el video que da inicio a la exposición, donde se observa una mecha encendida mientras la voz de Blanchett, en off, recuerda al Manifiesto Comunista y aquello de que “todo lo sólido se desvanece en el aire”, es apenas un dato de color.

Nadie escribe manifiestos, hoy. Su lenguaje, su concepción misma, es parte del resto polvoriento de esa historia que las vanguardias amaron detestar. Pero lo que nos dice Manifesto es otra cosa. A través de ese rutilante camaleón que es Cate Blanchett, las consignas supuestamente vetustas se revelan dueñas de una paradójica actualidad. Blanchett-pordiosero grita la furia del situacionismo; Blanchett-ama de casa recita, frente a una primorosa mesa familiar, el credo del arte pop; Blanchett-obrera se hunde bajo los ecos de la arquitectura futurista.

Manifesto, sin duda una de las grandes muestras del año, sugiere que las vanguardias murieron, pero no tanto; que ya no somos hijos de sus palabras, pero sí de sus pulsiones. Y que está por verse –o quizás ya se ha visto- si muchos de sus sueños no eran, en realidad, preludio de inciertas pesadillas.

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