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Un bombazo que altera la campaña y enmaraña más la salida de la crisis

Viernes 03 de noviembre de 2017
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Cataluña se asoma a unas elecciones contaminadas. El encarcelamiento de la plana mayor del independentismo dinamita el tablero electoral y aleja la esperanza de una solución razonable de la crisis.

Primer impacto: los partidos separatistas encontraron una bandera de campaña. Ya no podían prometer a sus seguidores la república que dicen haber proclamado el viernes pasado. Ahora tienen otro eslogan movilizador: ya no es "independencia", sino "libertad". Los dirigentes detenidos por rebelión ocuparán puestos expectantes de las listas del 21 de diciembre. Nada impide que un preso sin condena sea candidato.

Segundo impacto: los dos grandes partidos del separatismo -PDeCAT y Esquerra Republicana (ERC)- se encaminan a competir en coalición, como en 2015. O al menos con una estrategia común. Hubieran preferido recuperar sus siglas, pero la cárcel los une.

Oriol Junqueras, líder de ERC, se ilusionaba con presidir la Generalitat. Las encuestas lo ponen al tope de la intención de voto. Empezó ayer mismo la campaña mientras iba esposado en un furgón policial camino a la cárcel madrileña de Estremera. "Haced cada día todo lo que esté en vuestras manos para que el bien derrote al mal en las urnas el 21-D", puso en Twitter.

Señaló a su segunda, Marta Rovira, como "el futuro". Es una independentista irreductible que ayer lloró frente a la Audiencia Nacional por sus compañeros. Podría ser candidata a la presidencia si Junqueras sigue detenido.

En el PDeCAT, el partido de la burguesía nacionalista, exploraban una candidatura moderada. El ex ministro Santi Vila se ofreció como el hombre para "volver a la legalidad".

Justamente él es el único acusado que podrá salir bajo fianza porque se opuso a la declaración de independencia que se votó en el Parlamento catalán hace una semana. ¿Qué legitimidad tendría para conquistar el voto nacionalista con sus camaradas presos y media Cataluña agitada para reclamar su liberación?

A la ex Convergència no le quedan muchas opciones a pactar con ERC. Puigdemont quedará hoy preso o bajo vigilancia judicial en Bélgica. El líder en las sombras, Artur Mas, está inhabilitado por la justicia debido a la consulta ilegal que convocó en 2014.

Tercer impacto: el arresto en masa desató la indignación de Catalunya en Comú, el partido de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, experta en ambigüedad.

A su alrededor crece la presión para que se integre a una plataforma por la libertad de los presos y contra la intervención de la Generalitat por parte del gobierno de Mariano Rajoy. Es la opción que defiende el líder regional de Podemos, Albano Dante Fachin.

Si ocurriera, el soberanismo podría acercarse por primera vez a una mayoría de votos.

Los anarquistas de la CUP anunciaron que no reconocerán los comicios convocados por Mariano Rajoy. Podrían cambiar de opinión si nace un frente amplio.

Cuarto impacto: a los partidos constitucionalistas -Ciudadanos, socialismo y PP- los incomoda la prisión de sus rivales. Preveían la campaña como un reproche en continuado del "engaño" separatista. Creían que la desilusión en el catalanismo por el fiasco de la proclamación de la república les abría la puerta del gobierno.

Ahora recalculan. Les tocará explicar antes que nada que los líderes secesionistas no son presos políticos. Implica ir a la defensiva. Lo contrario a lo que imaginaban.

El quinto impacto es potencial, pero describe el gran fantasma de la política española: ¿qué pasa si de las elecciones emerge un Parlamento de mayoría independentista como el anterior? El líder del PP catalán, Xavier García-Albiol, advirtió que en ese caso Rajoy podría prolongar la intervención.

Sería otro giro surrealista. Un bucle sin fin. Declaración de independencia-intervención estatal- elecciones-y vuelta a empezar.

Es el drama que enfrenta Rajoy. El poder del Estado le bastó para aplastar la insurrección, pero no para borrar del mapa a dos millones de ciudadanos que desconectaron emocionalmente de España. Para recuperarlos no basta la ley ni la fuerza, sino un bien escaso estos años: la alta política.

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