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Todos a la calle otra vez, la consigna que se esparció entre los independentistas

Tras la huida de Puigdemont, habían perdido fuerza de movilización; hubo protestas en varias ciudades

Viernes 03 de noviembre de 2017
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LA NACION
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MADRID.- Seguramente no fue su propósito. Pero la jueza de la Audiencia Nacional Carmen Lamela le acaba de hacer el mejor regalo al independentismo catalán. Ayer, en cuestión de minutos, las diferentes plataformas fueron capaces de movilizar multitudes en toda la región para protestar contra el "atropello a la democracia" y reclamar la libertad de los "presos políticos del Estado español".

En Barcelona, Girona, Lleida y Tarragona, el paisaje fue el mismo y se repitió en la geografía regional. Inyectado de nueva energía, el independentismo promete más: una gran marcha el domingo próximo, otra para el 12 y la coreografía habitual: movilización permanente, huelga, cacerolazos, pegatina de afiches, concentraciones.

En fin: todos a la calle otra vez para demostrar fuerza, presionar a los partidos y, sobre todo, proyectar una vez más el reclamo independentista al exterior. Hasta tarde en la noche sonaban ayer las cacerolas y las bocinas en las calles de Barcelona.

"¡Arrasaremos en las urnas!", cantaban en las plazas. Lo ocurrido anoche fue un llamado a que el independentismo se presente unido y con fórmula única en las elecciones regionales del próximo 21 de diciembre.

Junto con el renovado reclamo de frente único electoral -algo que está por verse-, lo otro fue la intención de internacionalizar el reclamo. "Europa, ¡no cierres los ojos!", decía ayer una enorme pancarta frente al deshabitado Palau de Govern, en el centro de esta ciudad.

"Libertad a los presos políticos", decía una enorme pancarta frente al ayuntamiento de Barcelona. Su alcaldesa, Ada Colau, que hasta ahora había hecho equilibrio, apuntó duro al Estado español.

"Despropósito, desvergüenza, un asalto a la democracia", dijo, en una declaración institucional que leyó luego.

Hace sólo 24 horas, semejante movilización era impensable. Incómodo, cuando no avergonzado, por la huida al exterior de su ex presidente Carles Puigdemont, el independentismo, en sus diferentes vertientes, venía perdiendo pulso donde siempre fue más fuerte: la movilización callejera.

Llevaba más de una semana sin ser capaz, siquiera, de una pequeña concentración. Y eso, para un movimiento que mantuvo las principales ciudades catalanas en movilización permanente durante meses, era todo un síntoma de retroceso.

En todo caso, eso cambió anoche radicalmente. La visión de las imágenes con los furgones policiales que llevaron a prisión a ocho ex miembros del gobierno, incluido su destituido vicepresidente, fue como un fustazo.

Un grito de rabia respondió desde el corazón de la Plaza Sant Jaume, la que sirve de explanada al palacio de gobierno. "¡No nos rendiremos, no podrán con nosotros! ¡Lucha compañeros, lucha!", fueron algunos de los gritos.

Activismo

La situación se volvió potencialmente explosiva. Tanto, que las organizaciones de base independentista pidieron una y otra vez que la movilización sea pacífica.

"Esto es una verdadera conmoción, un golpe a la democracia", dijo Augusti Alcoberro, vicepresidente de la Asamblea Nacional Catalana (ANC), uno de los brazos más activos del independentismo cuyo presidente, Jordi Sánchez, también cumple prisión preventiva.

"Tengamos cuidado y que nuestra protesta sea pacífica", pidió Alcoberro. La preocupación por eventuales estallidos de violencia es compartida tanto por el independentismo como por los partidos nacionales y el gobierno central.

Los propios detenidos se expresaron en ese sentido por las redes sociales. Pero cuestionaron y denunciaron la "injusta e indecente decisión", como dijo la querellada presidenta del Parlamento regional, Carme Forcadell.

Todos tuvieron las redes sociales abiertas. "No sufran por mí", dijo el ex vocero del gobierno Jordi Turull. "Hagan el bien y eviten que el mal gane en las elecciones del 21 de diciembre", se explayó el ex vicepresidente Oriol Junqueras.

La prisión condicional seguramente incomodó también al gobierno de Mariano Rajoy. Es previsible que la mayor temperatura social complique la intervención de la autonomía que, hasta ahora, se desarrolla sin incidentes.

Ayer, el independentismo sonreía como hacía días que no lo hacía. Tenía nueva bandera para salir a la calle, donde siempre se sintió fuerte. Otra vez, con los pulmones fuertes para gritar hasta hartarse contra la "fascista España".

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