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Inversión pública, más allá de la corrupción

Juan Carlos de Pablo

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LA NACION
Domingo 05 de noviembre de 2017
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Una obra pública inútil o mal encarada no es un bien, sino un mal. Si además fue encarada por funcionarios corruptos, el "mal" se convirtió en "peor". Pero no nos pasemos del otro lado, es decir, no partamos de la base de que toda obra pública en manos de funcionarios no corruptos es automáticamente un bien. Punto particularmente importante cuando se trata de proyectos de gran envergadura.

Al respecto conversé con el norteamericano Julius Margolis (1920-2012), quien lideró la mejora de los análisis de las modernas políticas públicas en materia educativa. En 1970, con Robert H. Haveman, publicó Gasto público y análisis de políticas. Luego de haberse retirado, en 1988, comenzó una segunda carrera. Dentro del arte, se especializó en escultura y pintura. Cuando alguien lo visitaba en su casa, estaba más interesado en mostrar sus pinturas que en hablar de sus libros.

-En el plano estrictamente económico, ¿por qué la corrupción es un problema?

-Es fácil crear un modelo donde la corrupción aumenta la producción. Imaginemos una fábrica paralizada por la carencia de un insumo, que no se puede importar por trabas burocráticas. En este caso, el pago de un soborno reactiva la economía.

-Brillante. ¿Por qué se la combate?

-Porque, además de las consideraciones éticas, el anterior ejemplo parece ser más la excepción que la regla. En la enorme mayoría de los casos la corrupción está asociada con decisiones económicas públicas que no benefician al país en su conjunto.

-Deme ejemplos.

-Las actividades del sector privado destinadas a inclinar en su favor porciones de la política económica, sistematizadas por Anne Osborn Krueger en su análisis de las actividades "buscadoras de rentas", enfoque que en su país aplicó Adrián Claudio Guisarri, o asignar una obra pública no a quien genera más beneficios para el país, sino a quien engrosa más los bolsillos de los funcionarios.

-Me está dando una idea. El día que sea funcionario y decida ser corrupto, elegiría la mejor opción y aceptaría el soborno.

-Por ejemplo, usted compraría el avión más conveniente, o elegiría a la empresa que asfalta más barato, dado cierto nivel de calidad. No está mal, más allá de que -insisto, dejando de lado las consideraciones éticas- siempre se corre el riesgo de ser descubierto y terminar preso.

-¿Por qué los funcionarios aceptan sobornos de los peores competidores o encaran proyectos absurdos?

De repente porque de esta manera reciben más sobornos, dado que quien no se preocupa tanto por competir no tiene tantos escrúpulos para sobornar.

-La corrupción es una parte del problema de la obra pública, otro puede ser que se trate de una mala idea.

-Ése es un buen punto. Tomemos el caso de los barcos que transformaban gas, que se importaba caro, en energía, que se vendía barata, como consecuencia de la política de tarifas energéticas aplicada por el anterior gobierno. Esos barcos fueron inventados para solucionar emergencias, como la de Puerto Rico hoy, si el huracán destruyó la generación, pero no la distribución de energía eléctrica.

-En la Argentina esos barcos fueron utilizados durante años.

-Lo cual es una costosísima barbaridad, hayan o no existido sobreprecios.

-¿Quiere usted decir que la corrupción no importa o que no debe ser combatida?

-De ninguna manera. Lo que quiero decir es que, en la evaluación de las inversiones públicas, no se agoten en eliminar la corrupción. Cabe preguntar: generar energía eléctrica a partir del carbón de Río Turbio, ¿es una buena idea que no funciona porque fue encarada por corruptos o es una mala idea que encima fue encarada por corruptos? Que opinen los expertos, pero por lo que se sabe tiene más sentido abandonar todo el proyecto.

-Los constructores ¿no lo sabían?

-Los constructores tienen sus propios objetivos, de la misma manera que el pintor de su casa la va a pintar del color que usted quiera, más allá de si tiene sentido o no. Juan Pablo Martínez y Roberto Agosta, en Un proyecto en busca de su justificación (IDIS, 2011), explican cómo algunas de las obras encaradas en el subte E lo fueron no porque tuvieran sentido desde el punto de vista de la explotación del servicio, sino porque le convenía a la empresa constructora.

-¿Y entonces?

-La aprobación de las obras públicas debería tener en cuenta la técnica de evaluación de proyectos. Que tiene sus deficiencias, como todas las herramientas, pero que identifican los denominados "proyectos faraónicos". Ejemplo: ¿superaría este test la idea de prolongar las líneas de ferrocarriles suburbanos para construir una única terminal debajo del Obelisco?

-¿Qué pasaría si, en función de la rentabilidad esperada de los proyectos que se analizan, toda la inversión pública debiera concentrarse en una única provincia, o en pocas localidades?

-La evaluación de los proyectos de inversión no es la única consideración que debe ser tenida en cuenta para aprobar obras públicas, pero si por razones políticas hay que financiar obras públicas en todas las jurisdicciones, al menos que en cada una de ellas se financie el mejor proyecto.

-Don Julius, muchas gracias.

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