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Gabriela Cabezón Cámara: "Escribir sobre Martín Fierro es recorrer la literatura argentina"

En la novela queer Las aventuras de la China Iron, la autora hace una relectura de la gauchesca desde el punto de vista de la mujer

Sábado 04 de noviembre de 2017
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LA NACION
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Por algún error de cálculo o porque su primera ficción relacionaba a una cronista de policiales con un travesti que se comunica con la Virgen, en la biblioteca de un lector cualquiera Gabriela Cabezón Cámara puede aparecer en el anaquel de novela negra. Es cierto que la autora participó de varios festivales del género y, de hecho, el Fondo Nacional de las Artes acaba de otorgarle una beca a la creación para que desarrolle su próxima trama, de enigma y suspenso, en la triple frontera. Pero aquí y ahora, si algo no tiñe a la literatura de esta autora es el negro. Su último libro, Las aventuras de la China Iron (Literatura Random House) es un estallido multicolor.

La historia comienza cuando la mujer de Fierro se convierte en ex y se va del rancho con una inglesa que le enseña su lengua -varias lenguas, las que babean también, tienen un lugar importante en esta narración-. Hasta los hijos deja en la tapera en busca del brillo, convencida de que la llanura nunca destellará. Salir del llano supone una odisea de todos colores. Justamente, la novela queer de Cabezón Cámara parte de un paisaje pampeano gris y polvoriento hacia un escenario natural del Paraná que se despliega como un arco iris. "Y se siguió ondulando la pampa y supe así que lo ondulado parece mecerse aunque esté quieto y que tiene más colores que lo llano". Lejos de las amenazas de la Negra y de la brutalidad, en la vida sin Fierro la china Josefina construirá su nuevo mundo sobre una carreta en la que viaja con una trinidad poco santa: la gringa pelirroja (Liz), un gaucho al que llaman Rosa y el perro Estreya.

En capítulos breves, organizados en tres secciones (El desierto, El fortín y Tierra adentro), la aventura propone una relectura del género gauchesco e incluye un encuentro cara a cara con el mismísimo Hernández en una estancia donde sobra el whisky.

Como Estreya, Yuyo es un negro ladrador que repele a los motociclistas en la esquina de Vicente López donde Cabezón Cámara conversa sobre esta otra épica para la historia de un gaucho, que en estas pampas conoce hasta el que no lo leyó.

Cabezón Cámara y algunas de sus criaturas
Cabezón Cámara y algunas de sus criaturas. Foto: Gentileza PRH

-Contar la vida de la mujer de Fierro supone un cambio de punto de vista de la historia, de la literatura argentina y de género. ¿Por qué embarcarte en esa osadía?

-Me habían invitado a ser escritora residente en Berkeley, California, y como única contraprestación tenía que dar un taller literario. Así que pensé en dictar un taller de narrativa en verso, exageré y leí todo lo que encontré de gauchesca. Me di cuenta de que no había ningún punto de vista de mujer y quise escribir de eso. Leí mucho el Martín Fierro y lo leí también mediado por el libro de Oscar Fariña, El guacho Martín Fierro, esa traducción tan bestial al siglo XXI. Y leí textos que se escribieron alrededor. Es un libro tan triste, por cómo queda, quebrado, resignado; me daba pena que ese fuera nuestro héroe nacional. Pensé en escribir otra épica, otra posibilidad de Nación, en ficción, en chiquitito. Respecto de la literatura argentina, meterse con el Martín Fierro es meterse con todo lo que le siguió.

-Cómo partir del macho nacional y llegar a una novela queer.

-No tenía por qué. A mí me divirtió. Yo me muevo en ese mundo LGBT, y en el mundo de todos, por lo que para mí no es tan raro. Igual la hombría de Fierro leída al pie de la letra es medio dudosa: el Martín Fierro es queer en un punto. El mayor afecto que hay ahí es la amistad y el único amor que tiene nombre es Cruz (los demás se llaman China, Hijo mayor, Hijo Menor...). Y cuando con Cruz deciden irse, besando la botella y pasándosela, empiezan a hacer planes y dice Fierro: "Fabricaremos un toldo/ como lo hacen tantos otros/ con unos cueros de potro/ que sea sala y sea cocina". ¡Está planeando la casita, muy de pareja eso! Al final, sí, termina diciendo: y ojalá haya "una" china que se apiade de nosotros. Martín Kohan ya se ocupó de esto en ese cuento tan hermoso [se refiere a "El amor"]. Escribir sobre algo que tiene que ver con Martín Fierro es recorrer la literatura argentina de José Hernández hasta Kohan, es dar un paseo gigantesco.

-Justo esta es una novela de citas.

-Sí, igual tomé infinitas precauciones para que si vos no tenés toda esa enciclopedia leas igual una novela de aventuras y la disfrutes. Ni siquiera necesitás haber leído el Martín Fierro. No me gusta la novela de escritores.

-¿La cita, entonces, aparece como homenaje o con la intención de reconstruir ese arco que Martín Fierro traza en la literatura?

-Me fui dando cuenta de que lo que sabía de Fierro estaba hecho no sólo de ese libro sino de todos a su alrededor. Y del lugar común; cualquiera acá te decía: "Hacete amigo del juez" o "Los hermanos sean unidos porque ésa es la ley primera". Hasta mi abuela, que había terminado segundo grado, ésa la sabía. Es parte de nuestra idiosincrasia. Martín Fierro es las películas que se hicieron después sobre gauchesca y también las millones de historias de oprimidos.

-A propósito de opresión, acá la china se libera de todo...

-Sí, de todo, de la condición socioeconómica, de la condición cultural, de la condición de género, de todo lo se había determinado para su vida, y tiene otra. Y en esa otra, en ese viaje, la libertad es también constituir la familia con quien quiere.

-La detallista descripción de los paisajes, de cielos pampeanos y flora y fauna, ¿viene de tu experiencia o es una apropiación?

-Parte y parte. Un poquito la tormenta del comienzo es un homenaje al Facundo, de Sarmiento. Pero después son las tormentas que vi en el campo, donde de tanto ir dejó de ser eso que ves al costado de la ruta. Aprendí a mirar y disfruté el paisaje de la pampa, de esos cielos increíbles.

Para agendar: Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara, se presenta hoy, a las 21, en Jean Jaures 715.

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