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Objetos encantados de la memoria

Víctor Hugo Ghitta
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5 de noviembre de 2017  

Neil Young es uno de los más grandes músicos canadienses de la segunda mitad del siglo pasado. Después de más de cinco décadas de trayectoria (fue miembro de Buffalo Springfield y Crosby, Still, Nash & Young antes de emprender una carrera como solista) ha decidido poner a la venta en una subasta los objetos personales que acumuló durante su vida. Tiene 71 años. No son sólo objetos musicales, aunque estos seguramente acapararán la atención de los coleccionistas. Durante muchos años, Young coleccionó trenes de juguete y autos clásicos. El lote que sale a la venta en diciembre incluye ropa y toda clase de memorabilia.

No sabemos exactamente las razones por las que ha tomado la decisión de desprenderse de ese pasado. De no mediar una necesidad económica, son raros los casos en que las personas se deshacen de los objetos que han atesorado durante toda una vida. Sucede casi siempre lo contrario, y en algunos casos de manera algo enfermiza: nos aferramos a esas piezas, por insignificantes que resulten en su apariencia, porque en ellas perdura la memoria de una vida. A menudo están dispuestas en las bibliotecas o decoran una pared, y entonces tenemos contacto diariamente con ellas. Observamos un jarrón que compramos hace veinte años en un viaje de familia, y apenas verlo nos asalta el recuerdo de esa escena remota y regresan el olor del mar, las risas de nuestros hijos mientras corren por la playa o las extensas lecturas en una galería frente al mar.

Pero sucede muchas veces que ciertos objetos -casi siempre los más pequeños, lo cual en modo alguno les resta importancia en el mapa de nuestra memoria emotiva- terminan arrumbados en cajones, lejos de nuestra vista durante años, hasta que una noche cualquiera, sin siquiera pensarlo, decidimos ordenar un cuarto o la cajonera de un mueble viejo y de súbito aparece allí, entre chucherías sin importancia, ese objeto precioso que vuelve a conmovernos mucho más que la primera vez, porque con él llegan la evocación de un tiempo pasado al que no podremos volver nunca más, salvo mediante esa evocación engañosa -una dulce punzada en el corazón- a la que llamamos nostalgia.

Una mañana de hace mucho tiempo entré en el dormitorio de uno de mis hijos, que se dedica a la música. El cuarto estaba atiborrado de objetos -libros, discos, partituras sueltas en el piso, prendas quitadas en la madrugada soñolienta que no encontraron otro destino- en un desorden escandaloso. En un rincón estaban sus dos guitarras, un amplificador, un tambor árabe y algunos otros instrumentos de percusión. De pronto me llamó la atención, debajo de algunos libros diseminados sobre la alfombra, un trozo de madera lustrada que tenía la forma de un pequeño mástil, en apariencia el resto de un naufragio que durante un buen tiempo ha estado en el mar a la deriva y cuyos extremos han sido triturados por la dentadura de un tiburón. Aparté los libros con cuidado (dos pertenecían a la saga de Harry Potter, una memoria de la infancia), lo recogí y, a poco de observarlo, me di cuenta de que era el brazo de su primera guitarra criolla, arrancado de cuajo del cuerpo del instrumento y sin el clavijero, como si aquél hubiese sido destrozado en medio de un ataque de furia parecido a los que simulaban sobre el escenario Jerry Lee Lewis o Pete Townshend. Cuando ese día mi hijo regresó a casa, quise saber por qué razón preservaba ese pedazo de madera a todas luces inútil, que alguna vez había sido parte de un instrumento que él mismo destrozó siendo un niño, y me respondió que cada vez que tropezaba con esa suerte de talismán le traía el recuerdo de sus primeros intentos en el mundo de la música durante la infancia. Creo que ésa fue su primera nostalgia.

Yo no tengo la costumbre de guardar objetos personales. Entre las pocas cosas que atesoro -una tetera comprada en Londres, dos jarrones que me trajeron hace muchos años de Medio Oriente, una taza china- están las dos columnas sonoras Celestion en las que he escuchado música toda mi vida. Son dos piezas de madera espléndidas que emiten un sonido soñado y que compré a fines de los años 70 junto con un amplificador Marantz. He escuchado en ellas música maravillosa de todos los géneros imaginables. Por supuesto, también a Neil Young. Esta mañana volví a hacerlo, mientras aturdido por la noticia de su desprendimiento sentí que una vez más estaba amorosamente atado al pasado.

PLAYLIST

Mientras escribí este texto escuché: Retrospective, Buffalo Springfield; Déjà vu, Crosby, Still, Nash & Young; Harvest, Neil Young

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