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Turismo rojo: viaje a la cuna de la revolución en tiempos de Xi

Punto final de la Larga Marcha y centro de la China comunista durante algunos años, Yan'an conserva su resonancia legendaria; 40 millones de personas la visitan cada temporada

Domingo 05 de noviembre de 2017
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Las imágenes de Xi y Mao, en un puesto de venta callejera
Las imágenes de Xi y Mao, en un puesto de venta callejera. Foto: Archivo / Reuters

YAN'AN, China.- De las húmedas y polvorientas cuevas a los refulgentes mármoles del arrogante Gran Palacio del Pueblo, de una guerrilla harapienta al club con más afiliados del mundo. El Partido Comunista de China (PCCh) concluyó su XIX Congreso con la certeza de que su presidente, Xi Jinping, empujará al país a la cúspide global. La historia empezó mucho antes.

Los nacionalistas de Chiang Kai-shek tenían cercados en 1934 a los comunistas en la provincia sureña de Jiangxi. Era huir o morir, así que emprendieron un penoso éxodo que 370 días y 12.700 kilómetros después los dejarían en Yan'an, en la provincia norteña de Shaanxi. Sólo 8000 de los 86.000 completaron la Larga Marcha. Los siguientes 12 años en Yan'an fueron fértiles: mientras resistía los embates de los nacionalistas y del imperialismo japonés, Mao Tse-tung apuntaló su poder y organizó el ejército que tomaría Pekín.

Yan'an conserva hoy sus resonancias legendarias y es el principal destino del pujante turismo rojo. Hasta aquí peregrinan ancianos que echan de menos esos días de pureza ideológica o jóvenes cuadros del partido que prometen fidelidad eterna a las esencias.

Se percibe el esfuerzo por conservarlo todo como lo dejaron las huestes maoístas siete décadas atrás. La principal parada del recorrido son las cuevas horadadas en las laderas montañosas, una costumbre de la población local. La cueva de Mao conserva su camastro, la red mosquitera, el taburete y el escritorio. Todo apunta a la frugalidad, un concepto que recuperó Xi para justificar su guerra contra la corrupción.

Unos 50 metros más abajo permanece el pequeño huerto donde el "Gran Timonel" plantaba tomates y papas "con sus propias manos", reza el cartel. Y un poco más allá, el banco en el que pronunció su icónica frase de "los contrarrevolucionarios sólo son tigres de papel", cuando era entrevistado por una periodista estadounidense.

En el rústico auditorio, donde un millar de personas ocupaban bancos de madera, Mao consiguió que su pensamiento quedara grapado a la Constitución del partido durante el VII Congreso de 1945. Sólo Xi consiguió la semana pasada repetir la hazaña en vida.

"Si no fuera por ellos, nunca tendríamos la vida que disfrutamos hoy. Quiero darles las gracias por todos sus sacrificios. Antes éramos pobres, pero más felices", afirma Zhang Jianhua, un mecánico jubilado de 67 años.

Zhang, que viajó hasta aquí decenas de veces y dice saberse el recorrido al dedillo, no puede contener las lágrimas frente a las estatuas de Mao, Zhou Enlai, Zhu De, Liu Shaoqi y el resto del santoral revolucionario.

Los sucesores de Mao admitieron sus excesos y enterraron su herencia bajo las reformas económicas, pero también estimularon su culto y aún buscan en él la legitimación que Dios daba a los monarcas absolutistas. Varias generaciones de chinos crecieron sin más credo que el del partido, al estudiar sus gestas y entonar sus himnos.

China publicita los aniversarios de la Larga Marcha o sus victorias bélicas y silencia desvaríos, como la Revolución Cultural o el Gran Salto Adelante.

Museo

La estatua gigante de un joven Mao con los brazos en jarra y escrutando el horizonte preside la inmensidad de cemento frente al Museo Revolucionario de Yan'an. En sus múltiples galerías se muestran los cañones, rifles y metralletas con los que vencieron a los nacionalistas, los recios abrigos verdes que aún se pueden ver en Pekín en las tiendas de segunda mano y los utensilios cotidianos que utilizaba Mao.

No hay referencias a los capítulos más oscuros del maoísmo ni se explica que muchos de los que figuran en las fotos fueron purgados después. La tienda de recuerdos ofrece estatuas de Mao de todos los tamaños, cubiertos, remeras o el icónico Libro Rojo. Esa orgía capitalista en la cuna del socialismo metaforiza la deriva nacional.

El turismo rescató de la irrelevancia a esta ciudad de dos millones de habitantes. El gobierno local invirtió unos 15 millones de dólares en 2008 para construir museos y plazas y el caudal de visitantes no cesó desde entonces. Las cifras oficiales marcan que 40 millones de chinos visitan la zona cada año, entre ellos más de 300.000 miembros del partido. El sector supone el 4% del PBI local y ya hay en marcha nuevas inversiones.

Wang Ning, un doctor de 37 años, llegó desde la región autónoma de Mongolia Interior para que su hijo de 5 años comprenda la dimensión de Mao. "Prefiero que crezca en estos tiempos, cuando no nos falta nada. Pero si hubiera vivido en aquellos días, sería más rico espiritualmente", señala.

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