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Gallardo tiene que darse cuenta de que el problema de River es River

Domingo 05 de noviembre de 2017 • 20:42
LA NACION
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Amargura tras dos derrotas y fuera de la Libertadores
Amargura tras dos derrotas y fuera de la Libertadores.

River atraviesa la semana más dura en mucho tiempo. En muchísimo tiempo. Son, sin duda, los días más hirientes en los tres años y medio en la era Gallardo, un intocable para el gran público y con razón. La eliminación en la Copa Libertadores, ante Lanús, en la que los millonarios fueron, primero, perjudicados por los árbitros, y, segundo, arrollados por los granates, que les hicieron cuatro goles en ventipico de minutos, dejaron aturdido al club de Núñez. Y, hoy, la derrota ante Boca por 2-1, quedó como un golpe de KO directo al mentón, descubrió otra realidad para todos aquellos que sólo sabían de buenas. También hay que saber perder y asumir los defectos.

Da la impresión de que River está en plena etapa de descubrimiento. Y adaptarse a la mala resultará fundamental. Rodolfo D’Onofrio, Gallardo y todo el plantel tendrán que acostumbrarse a la fría derrota. Sólo entonces se verá la actitud ganadora de un plantel que empieza a darse las narices contra el empedrado. El aprendizaje será fundamental para todo lo que les queda a los millonarios.

El equipo antes invulnerable empieza a descubrirse falible. La defensa deja huecos y, tal vez, paga tan caro la veteranía como la juventud. Tiene que ser lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que, pese a los flojos arbitrajes en la Conmebol y en la Superliga, el principal responsable por lo que le pasa a River es el mismo River. Gallardo y sus dirigidos. Falla la defensa. El medio campo llega a destiempo. Y la delantera tiene la mira cambiada. Suele suceder. River tiene la capacidad para darse cuenta de eso y para dejar de echarles la culpa a los demás.

Que no queden dudas: River es lo suficientemente grande como para superar esta adversidad y, hasta si se lo propone, para descontarle los doce puntos que Boca le sacó de ventaja. Sólo le hace falta darse cuenta de que el verdadero problema no está en los ajenos. La autocrítica no es fácil y, pese a que en los últimos días pareció sincera, siempre tuvo un escudo que la desvió hacía otro lado. Este River no es el mismo de antes.

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