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La grieta catalana: una herida que afecta a cada célula de la sociedad

Aunque tiene una larga historia, hasta 2010 el secesionismo era claramente minoritario en la región autonómica. La fractura social que produjo la ambición independentista parece haber llegado para quedarse

Lunes 06 de noviembre de 2017
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LA NACION
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BARCELONA.- Las pintadas, las banderas, los afiches en las paredes. Todo habla de lo mismo: "Independencia ya". Poner un pie en Cataluña otorga la sensación de que se llega a una tierra donde todos piensan igual.

Pero no es así. Las encuestas informan que la mayoría -el 52 por ciento- de la sociedad catalana no quiere separarse de España ni por broma. Sólo que no lo expresa. O no lo hace de manera eficaz, puesto que, cuando llega el momento, no vota. La sociedad está fracturada por mitades. Una brecha que lleva a que, en muchos casos, una parte no se hable con la otra. O la confronte. O la descalifique, con todo lo que eso conlleva. Acoso, sensación de aislamiento, temor, hostigamiento, hartazgo, deseo de huida. Una herida que infecta todas las células de la sociedad: barrios, lugares de trabajo, clubes, familias.

"A veces siento que hablo a una pared. Se ha perdido toda lógica", decía a LA NACION Mireya Guindal, un ama de casa de 52 años que, días atrás, marchaba por permanecer dentro de España.

Del otro lado, mientras ella caminaba con su pancarta junto a decenas de miles de personas, el diputado nacional de Izquierda Republicana de Cataluña (ERC) Gabriel Rufián descalificaba la masiva concentración como una marcha de "fascistas y torturadores".

Poco le importó a Rufián que, en el momento en que hablaba de "fascismo", el orador de la marcha fuera Francisco Frutos, quien durante años fue titular del Partido Comunista Español. "Podrán decir cualquier cosa de mí, pero no que soy fascista", sostuvo Frutos.

No importa. Los hechos demuestran que los insultos están preparados de antemano. A escala reducida, dado que se trata de siete millones de personas, Cataluña es hoy un laboratorio perfecto para ese fenómeno que la Argentina conoce tan bien: la experiencia de la grieta social.

La confrontación pura. Un desafío difícil de imaginar en la Europa del siglo XXI y que, sin embargo, está allí, desafiándola. Con las pintadas que tildan de "cerdo fascista" a todo aquel que se oponga.

Rumbo sur, apenas 45 minutos en subte desde la Sagrada Familia, el símbolo de la ciudad, el paisaje es otro. No se ve ni un solo turista entre los bloques de edificios que componen el paisaje de Bellvitge ni abundan tampoco las banderas. El barrio se construyó en la década de 1960, cuando la potencia económica de Cataluña atrajo a inmigrantes de todas partes de España.

Extremeños, gallegos y andaluces hicieron aquí su vida junto a otros catalanes y tuvieron hijos y nietos catalanes gracias a una estabilidad que hoy ven amenazada o perdida. No es una estadística. Es el testimonio de gente concreta que vive situaciones concretas.

Jesús Errecio Cubillos, un cordobés de 75 años que lleva más de medio siglo en Cataluña, puede dar fe. Aquí, casado con una catalana, ha tenido tres hijos y un nieto. Después de una vida trabajando como transportista, siente tristeza.

"Yo tengo mi vida resuelta, pero el sinsabor que tengo es por mis hijos. Ellos están colocados y tienen trabajo. Pero todo se puede ir a pique. He sentido mucho sinsabor porque no sé lo que puede pasar todavía", dice.

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Ermitas Fernández vino hace cuatro décadas, desde un pueblo de Toledo, pero dice que es su marido el que más sufre. "Que no se despega de la radio y de la televisión para ver qué pasa. Vive preocupado, que le va a dar algo, te lo digo..."

Durante 43 años ese hombre se ganó la vida como peón de albañil. "Nosotros vinimos sin nada y, gracias a Dios y trabajando, salimos adelante. Vinimos aquí por nuestros hijos y por ellos tenemos miedo. La cosa se está poniendo muy seria. Nosotros nomás queremos trabajo y salud, y nada de todo lo demás. ¡Que nos dejen en paz! Y que no se vaya lo poco que hay. Porque si se van las fabricas, se van nuestros hijos", dice.

Son vecinos que han visto cómo la división empezaba a calar en su entorno. Para dividirlos. Bellvitge es un barrio que se forjó sobre la base de la unidad con las que sus vecinos lograron doblegar la especulación inmobiliaria. Hoy, aquella armonía parece amenazada. O perdida.

"Aquí, en la sociedad catalana, ha pasado una cosa bárbara. Hablas con cualquiera que has creído que era amigo tuyo y que creías conocerlo y compartías sus ideas, y ahora te viene con que lo que quiere es independencia y que si no lo compartes eres un fascista. ¡Amigos míos que eran de izquierda venir a decirme eso a mí", protesta Jesús.

Cuentos y cuentas

Josep Borrell, el ex ministro socialista que denuncia "las cuentas y los cuentos del independentismo", sostiene en diálogo con LA NACION que para que un relato de ese tipo funcione tiene que tener tres cosas. Primero, una base de verdad. Y el del independentismo catalán lo tiene: es rigurosamente cierto que Cataluña paga en impuestos más de lo que recibe.

"Cataluña es más rica, por eso paga más. Es así como funciona el sistema de impuestos. Lo que es falso -explica Borrell- es que pague muchísimo más. Ése es uno de los mitos del independentismo. "

La segunda condición, según describe el ex ministro socialista, es que tiene que ser una "mentira atractiva". El discurso independentista dice que si rompen con España los catalanes serán "infinitamente más ricos, pagarán menos impuestos y tendrán hasta pagada la hipoteca para comprar su casa".

La tercera condición es "tener un enorme altavoz con el que repetir todos los días lo mismo. Al final, el mensaje terminará entrando", explica. Desde su perspectiva, ése es el sistema catalán de medios públicos, en manos del nacionalismo, primero, y del independentismo, después.

El independentismo, en todo caso, tiene una larga historia en Cataluña, aunque hay una salvedad: hasta 2010 era minoritario. Hizo eclosión ese año ante la ola de indignación que produjo una sentencia del Tribunal Constitucional que derrumbó buena parte del Estatuto de Autonomía. Coincidió, además, con la crisis económica española, que Cataluña sintió muchísimo. El cóctel fue explosivo. El independentismo cobró vuelo y, con él, la grieta que dividió a la sociedad. Pocos meses después asumió el nacionalista Artur Mas como presidente autonómico y comenzó a dar un agudo giro independentista.

"El quiebre no es entre catalanes y el resto de la sociedad española, que también lo es, sino, fundamentalmente, dentro de la sociedad catalana", dice Francisco Borja Lasheras, titular de la oficina madrileña del Consejo Europeo para las Relaciones Internacionales, en diálogo con LA NACION.

La presión creció gracias a un movimiento de asambleas populares y terminó empujando el giro de los partidos y hasta del gobierno de Mas. "Lo ocurrido recuerda al Tea Party de Estados Unidos. Una estructura cívica de base territorial, con enlaces concretos en los partidos, pero sin depender de ellos", explica Joan Subirats, catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona.

Eso es lo que caló en la zona centro de la provincia de Barcelona, al norte de la capital. La llamada comarca del Osona es tan pintoresca como parece alejada de España.

Algo así se respira, por ejemplo, en Berga, un municipio de 16.000 habitantes gobernado por la antisistema CUP. Queda a sólo una hora de Barcelona. Pero entrar aquí es entrar en otro mundo. Uno totalmente divorciado de España. Junto con Vich, Sant Pére de Torello y otras poblaciones de la zona, esta geografía se ha convertido en patria del independentismo más desobediente.

Mafalda se llama la mayor librería de Berga y es imposible encontrar en ella un libro en español. No hay banderas españolas en el municipio y el catalán es la lengua del vecindario. "Es como vivir aislados. La gente aquí tiene la sensación de que todo depende de la Generalitat", dice Xavier, un jubilado lugareño que almuerza con un grupo de amigos en el bar del hotel Berga Park.

La idea de que "podemos vivir muy bien sin España ni los españoles" les da cohesión como comunidad. Un concepto que no llega a elaborarse del todo y que hasta pareció más frágil hace diez días, cuando empezó la intervención del gobierno central. El eterno desconocido era ahora el jefe. Toda una conmoción que, sin embargo, no termina de cuajar.

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