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El peligro de que River, como alguna vez Guardiola, se enamore de la posverdad

Domingo 05 de noviembre de 2017 • 23:50
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Lo que le está pasando a River le sucede al más pintado. A Josep Guardiola, por ejemplo: tres años y medio atrás el entonces entrenador del Bayern Múnich no encontró mejor forma de reaccionar a una derrota ante el Real Madrid que (des)calificando a sus rivales: "¡Son atletas!". Sutil Guardiola: mientras su Bayern jugaba al fútbol, los rivales corrían. "Son futbolistas, pero básicamente son atletas", resumió el español tras caer 1-0 en el Bernabeu. A la semana siguiente, ya en Múnich, los alemanes se comieron un 4-0. A más tardar en ese momento, Guardiola despertó de su particular posverdad.

River está en una situación parecida: lleva casi una semana instalado ahí, en la posverdad. Cuánto antes salga, menos daño se hará a sí mismo. Bastante se hizo ya, indulgente y perturbadamente cómodo en el autoengaño. Darío Villanueva, director de la Real Academia Española, resumió recientemente con precisión qué es eso de la posverdad: "Las aseveraciones dejan de basarse en hechos objetivos para apelar a las emociones, creencias o deseos del público". No sabía que le estaba hablando al River de hoy, no sabía que describía como nadie al Enzo Pérez del domingo.

"¡Nos sacaron igual de la Copa! ¡Sí, sí! ¡Inventaron el VAR, inventaron el VAR!". Los insólitos argumentos de Pérez durante su explosión en el entretiempo de la derrota por 2-1 ante Boca en el Monumental habilitan varias preguntas. ¿Qué se le reclamaba a los jueces? ¿La expulsión de Nacho Fernández? ¿En serio? ¿Será porque la patada fue apenas menos violenta que la del holandés NIgel De Jong sobre el español Xabi Alonso en la final del Mundial de Sudáfrica 2010? ¿O sólo se trataba de generar créditos de presión sobre Néstor Pitana para activar la vieja ley de las compensaciones, que todo indica que volvió a aplicarse en el Monumental?

La explicación es probablemente más sencilla: River está expulsando a gritos la rabia que nació en la noche del martes 31 de octubre en la debacle ante Lanús, una rabia que podría convertirse en depresión prolongable hasta quién sabe cuando.

Si Marcelo Gallardo seguirá o no al frente de River es una de las preguntas que crecerá en intensidad esta semana. Escuchándolo anoche, muchos podrían argumentar con solidez que lo mejor es que deje el puesto. "Perdimos en la Copa porque la jugamos, pero hay otros que no están jugando y se conforman con el campeonato", dijo el técnico, que evidentemente sigue conmocionado por el 4-2 en Lanús. Lo reveló también la ironía que lanzó cuando se le preguntó por el arbitraje de Pitana: "Se equivocó para los dos lados. Por lo menos se equivocó un árbitro y no siete".

Donde Guardiola veía "atletas" en vez de futbolistas, River ve hoy conspiraciones en vez de derrotas deportivas. Que la Conmebol le hizo pagar los casos de doping y por eso quedó fuera de la Libertadores, que el presidente de la Nación es de Boca y eso no puede ignorarse, ni hablar del presidente de la AFA. Lo cierto es que ahí hay mucha posverdad.

A River le haría bien reaccionar. A todos: a los dirigentes, el cuerpo técnico y los jugadores. De lo contrario, el equipo corre el riesgo de que las ironías que circularon el domingo en twitter dejen de ser bromas absurdas para sonar cada vez más verosímiles. Un ejemplo: "Indignante el pechazo de Cardona en la planta del pie de Nacho Fernández". Y otro más: "La culpa es del VAR. No importa cuándo leas esto".

River, nadie se atrevería a discutirlo, merece bastante más.

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