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Sangre, sudor y lágrimas: el reality show de la antigua Roma

Domingo 12 de noviembre de 2017
LA NACION
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El pulgar decide la suerte. Cuando el dedo gordo del emperador apunte hacia el piso, el futuro del gladiador estará decidido. Ya no será la muerte, como hace dos mil años, sino algo peor para esta época: la expulsión del reality o el ostracismo televisivo, que para algunos es la forma más cruel de dejar de existir. "Vivir y sobrevivir como gladiadores", es el lema de Bromans, el programa más insólito y grotesco de la temporada. Producido por el canal inglés iTV, es un concurso que desde el título promueve un híbrido entre bromance, la palabra que define el romance casto entre varones, y romans: en un coliseo de utilería, y apenas pertrechados con taparrabos y espadas, ocho gladiadores fugados del Golden deben superar distintas pruebas físicas ya no para escapar de las fauces de un león sino para conseguir el pulgar arriba del emperador y un lugar en el paraíso televisivo.

En los primeros minutos de Bromans, los participantes son introducidos en una casa ambientada como en la antigua Roma, acompañados por sus novias y rodeados por un elenco de extras que representan al pueblo con túnicas y sandalias. El programa cumple con los rituales de todo reality de convivencia: el develamiento de los participantes, el esbozo biográfico, la elección de las camas, la comida grupal o la asignación de los roles (el falso, el sincero, el soberbio). Pero si en las viejas películas de Hollywood la romanidad se manifestaba mediante dos signos infaltables, el flequillo y el sudor que denotaban el esfuerzo mental y físico del que se debate cuestiones universales, aquí el flequillo y el sudor significan otra cosa: una erotización galopante.

La primera prueba de estos gladiadores será el desnudo total y así andarán frente a las cámaras: lo que en la vieja Espartaco era pura insinuación (los masajes en la bañera del esclavo Antonino al amo Craso sugerían que ahí había algo más que deber servicial) aquí es explícito. Sin ropas, con músculos abultados en cada parte del cuerpo y untados en vaselina, los gladiadores se refriegan en la arena llevando al horario central de la televisión abierta lo que antes se veía en las películas porno soft del cable de la madrugada: miembros untuosos en primerísimo primer plano que se agarran de todas las formas posibles. La lucha romana es una parodia de la coreografía amatoria y así, para el voyeur, Bromans supone una evolución de Gran hermano, donde el fisgón se esfuerza por espiar algo en las duchas o por adivinar un movimiento inequívoco debajo de las sábanas.

"Los gladiadores eran esclavos peleando por su libertad", anuncia el presentador, y estos ocho se someten a la rutina del espectáculo: corren carreras de cuadrigas, se lastiman en las luchas, espadean entre ellos. En un mundo de artificio total, deben abandonar los atributos de la modernidad (los micrófonos están disimulados en collares aparatosos) y someterse a los rigores de la vida como era en tiempos del César. El premio económico (diez mil libras) es pálido frente a la promesa de la gloria mediática y para alcanzarla sólo se exigen tres requisitos: sangre, sudor y lágrimas.

LAS CINCO MEJORES PELÍCULAS DE ROMANOS DE LA HISTORIA

Gladiador, 2000

Según el sitio Ranker, de encuestas por Internet, el drama épico protagonizado por Russell Crowe es el más emocionante aunque tiene muchísimas incongruencias históricas.

Espartaco, 1960

Con guión de Dalton Trumbo, en plena caza de brujas, Stanley Kubrick filmó la historia del líder de los esclavos con múltiples alegorías políticas, sociales y hasta sexuales.

Ben Hur, 1907

Curioso: no el mamotreto de 1959, sino un cortometraje mudo de quince minutos basado en el libro de Lew Wallace, uno de los mayores best sellers de todos los tiempos.

La caída del Imperio Romano, 1964

Una fábula de espadas y sandalias con un elenco inigualable: Sophia Loren, Omar Sharif, Alec Guinness, Christopher Plummer y más.

Quo Vadis, 1951

Una de las primeras superproducciones en Technicolor, con Peter Ustinov en el papel del cruel Nerón: el arquetipo de la maldad en un emperador piromaníaco.

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