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Lenguajes arquitectónicos: el contextualismo

Una parte en el todo ciudadano

Arquitectura

Un nuevo edificio, el que proyectemos, debe hacer buenas migas con sus vecinos

Después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los europeos se empeñaron en reconstruir las ciudades dañadas por las acciones bélicas. Apresuradamente aplicaron las fórmulas de la arquitectura moderna (y los más bajos presupuestos). Unos diez años más tarde, hacia 1955, comprendieron que estaban destruyendo los centros históricos, que de alguna manera su fervor constructivo no había dado los resultados esperados. Comenzó entonces un proceso de recuperación de espacios urbanos y tradiciones, un deseo de ensamblar lo nuevo con lo viejo. Se revertía así la tendencia modernista, la esperanza de renovarlo todo. Desde ese instante la atracción indiscriminada por lo moderno se atenuó, y el interés por el contexto urbano se hizo una fuerza en el proyecto. Faltaba solamente una palabra para designar esta nueva unión del arquitecto moderno con el respeto por lo existente; parece haberla encontrado un arquitecto norteamericano formado por Colin Rowe ( ver recuadro, abajo). Tom Schumacher escribió un artículo, Contextualismo en 1971. Y, en 1976, Graham Shane escribe: "Por definición, el diseño debe adecuarse, responder y mediar con lo que lo rodea; quizá completando una disposición implícita en el trazado de las calles..." Un edificio es contextualista cuando para proyectarlo se han tomado muy en cuenta los otros edificios que lo rodean, el lugar de la ciudad en que está. El nuevo edificio no será un monumento aislado, sino una pieza de una totalidad urbana inmediata: su calle, su barrio, a la que contribuye. Es una corriente, por lo tanto, eminentemente urbana. Elige que el nuevo edificio, el que proyectamos, haga buena sociabilidad con los vecinos.

Es en nombre de un contextualismo no explícito que los vecinos del Palacio Duhau protestan contra la construcción de un hotel en los jardines de ese edificio de la Avenida Alvear .Temen por la ruptura del contexto y no por el edificio mismo. "Ya sucedió con el Hyatt", se encargan de recordar.

Parecería que el contextualismo impide hacer lo nuevo; pero solamente podemos opinar de manera tan fundamentalista si seguimos creyendo en una libertad de proyecto absoluta, a la manera del primer modernismo.

Nuestro medio cultural no es impermeable a lo nuevo, y se puede, como siempre hemos hecho, incorporar nuevos valores, nuevas soluciones arquitectónicas. Sólo que incorporar no quiere decir sustituir, sino unir al cuerpo; debe haber un cuerpo urbano propio al que se incorpora. Conocerlo, saber cuáles son sus valores , es la tarea previa de cualquier contextualismo urbano rectamente entendido. Para hacer contextualismo tenemos que buscar los buenos ensambles de edificios en nuestra propia ciudad. Esos buenos ensambles dan origen a aceptables espacios urbanos: lugares que a la gente le gustan más que otros. Esos lugares presentan algún tipo de orden; no el mismo orden que hay en las ciudades europeas. Algún orden socialmente comprensible y estéticamente desarrollable.

Quizá para encontrar esos buenos contextos tengamos que consultar con las inmobiliarias. Los que compran y venden propiedades conocen las areas urbanas armónicas, que rinden un sobreprecio sobre los valores medios de los barrios a los que pertenecen. Los edificios que rodean espacios verdes muy urbanos -la plaza Vicente López, por ejemplo- o algunas calles de Belgrano, del Barrio Norte, sectores muy acotados de Caballito, por nombrar algunos, son reconocidos como contextos deseables.

El contextualismo se opone al individualismo extremo de los que quieren hacerse su propio monumento o simplemente extraer de un terreno el máximo de metros cubiertos. Como en otros campos de la convivencia, admite que ceder un poco cada uno hace al bien común.

Valdría la pena revisar mejor ese contexto edificado. A veces tiene logros inesperados, como las calles de chalets de Mar del Plata, edificadas regularmente con edificios demasiado grandes para su lote, y que fingen ignorarse entre sí, por una exigencia del estilo pintoresquista originado en casas aisladas, pero que constituyen un conjunto reconocible, espacio o tipo urbano, tan satisfactorio que reaparece después de un tiempo en todos los buenos suburbios de las ciudades medianas.

El autor es arquitecto y profesor titular en la Universidad de Belgrano. .

Por A. Corona Martínez Especial para La Nación
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