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Javier Luna, el solidario

Mucho más que un exitoso estilista, está convencido del poder de una sonrisa y una mirada amable y es un abanderado de la educación y la inclusión como claves para sacar adelante nuestro país

Miércoles 08 de noviembre de 2017 • 20:30
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Javier Luna, el ociólogo experto de la semana
Javier Luna, el ociólogo experto de la semana.

"Hace ocho años que trabajo llevando donaciones al norte de nuestro país", explica Javier Luna acerca de la actividad que ocupa la mayor parte de su tiempo libre. "Cuando no estoy trabajando, estoy lavando y cosiendo ropa, buscando pares de zapatillas y poniéndoles cordones", cuenta. Todos los clientes del salón saben que cuando vienen a cortarse el pelo pueden traer una bolsa de útiles escolares, zapatillas o leche en polvo. Javier tiene su cochera, su baulera y su casa de fin de semana en Lobos llenas de donaciones, organizadas, empaquetadas y listas para el próximo viaje al Impenetrable chaqueño, una cruzada de 2000 kilómetros que realiza cada vez que puede.

Si bien toda esta iniciativa surgió a partir de un taller vivencial que tomó hace varios años y que lo llevó a conocer el Impenetrable, siempre tuvo el gen solidario en la sangre. Ya había trabajado en hogares de abuelos y dado clases de peluquería en la Villa 31 y en la cárcel de mujeres de Ezeiza. Y, no conforme con su labor en el norte del país, está en proceso de desarrollar un nuevo proyecto, que consiste en reciclar los contenedores que están abandonados en el puerto para armar peluquerías que sirvan como escuela y como fuente de trabajo en diferentes barrios. "¿Qué mejor forma de enseñar que con la inclusión? La idea es que, durante la etapa de capacitación, los que estudien vayan generando clientela y luego tengan una salida laboral asegurada. Nuestro país necesita educación. Porque gente con ganas de ayudar, hay mucha", asegura.

Javier disfruta también de hacer gimnasia (toma clases de yoga en Open Park) y pasar tiempo con su familia. Adora pasar los fines de semana en Lobos, donde armó una casa con materiales reciclados. "Es como una casita de cuentos. La hice con maderas usadas, chapas oxidadas, vidrios. Tiene rincones con grafitis, corazones por todos lados". Allí disfruta enormemente de recibir a sus amigos. "Vienen mis amigos veganos y les hago una parrillada de verduras, o hago un asado para los pecadores que comemos carnes", bromea. Le encanta invitar a sus seres queridos y cocinar para ellos.

No todos los que concurren al salón de Javier Luna en Palermo Chico son clientela de peluquería y barbería. "Esto a la tarde se convierte en un comedor", bromea, refiriéndose a las personas que pasan a tomar la merienda todos los días. Tal es el caso de Sara, una abuela de 76 años que ya es amiga de la casa y pasa todos los días por el local a comer algo y conversar con su gran amigo Javier. "Podés hacer una diferencia en una persona mirándola a los ojos, sonriéndole, preguntándole cómo está. Es un gesto que puede hacer mucho por el otro", explica. "No hace falta cargar camiones como hago yo. Lo hago porque es mi forma de ayudar, es lo que tengo para hacer y me tocó hacerlo. Pero también se puede ser solidario simplemente mirando a los ojos a alguien que está necesitado", afirma. "En mis ratos de ocio, hago una diferencia en las personas, ya sea enseñando un corte de pelo o regalando un sillón que ya no uso. Eso es lo que más me gusta hacer", sintetiza.

Ping Pong

¿Lo mejor del día? Despertarme junto a mi familia.

¿Un hábito malo? Comer a cualquier hora.

¿Un recuerdo lindo de tu infancia? Había un chico en el colegio al que molestaban. A mí nunca me afectó lo que decían de mí, porque siempre me sentí muy seguro conmigo mismo, siempre fui muy fuerte. Pero me dolía cuando molestaban a otros. Yo era bastante líder y muy justiciero; lo que decía, se hacía. Y dije que a ese chico no había que molestarlo más. Fue lindo y feo a la vez, haberme dado cuenta a tiempo de lo que estaba viviendo él. Desde mi lugar, pude ayudarlo.

¿Algo que te gustaría aprender? A hablar en inglés. En 1997 estuve 11 días trabajando con la princesa Diana y aprendí muchísimo de sus miradas y sus acciones. Con ella aprendí a vacunar, no a peinar. Lo que es la humildad de los grandes: se esforzaba por hablarme en italiano para que entendiera. Si hubiera sabido inglés, habría tenido la oportunidad de conocerla más. También conocí a Sophia Loren en el 2000, en una fiesta en Palma de Mallorca, y se esforzaba para poder hablar conmigo. El idioma nunca me limitó, pero es súper necesario.

¿Algo que te pone de buen humor? El orden. Ver a las personas con predisposición, ver a mi equipo de trabajo con ganas de trabajar, y no tirados mirando el teléfono.

¿Un sueño por cumplir? Organizar la fiesta de 15 de una hija, que todavía no tengo.

¿La aplicación que más usás? Waze, soy muy desorientado en la ciudad.

¿Las vacaciones ideales? Hace tantos años que no me tomo ¡que ya me olvidé! Las vacaciones ideales son en verano y en familia. A mí me gusta más la pileta que la playa. En realidad, las mejores vacaciones serían sin señal y sin teléfono.

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