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"Tuve un ACV a los 17 años y comprendí que vine para servir, no para ser servido"

A sus 17, un ACV casi le cuesta la vida; se despertó mudo, paralítico y manco; con esfuerzo y determinación, salió adelante y se propuso cumplir un sueño: ayudar al prójimo

Viernes 17 de noviembre de 2017 • 00:08
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Mariano sintió una fuerte puntada en la sien. Creyó que su cabeza le iba a estallar; intentó moverse y no pudo, entonces probó con gritar, pero sus cuerdas vocales le fallaron. Sumido en el pánico, rogó que todo fuera un mal sueño y volvió a chillar con la esperanza de que su padre lo escuchara. Pero nada, simplemente no podía hablar; en su mente exclamaba "papá, papá" con todas sus fuerzas, pero de su boca apenas salía un balbuceo ininteligible, algo así como un gglllll gglllllllll. Sin comprender qué le ocurría, decidió no rendirse y, a lo largo de la noche, su extraño bufido continuó hasta alcanzar los oídos de su padre que, al verlo, pensó que estaba borracho.

Por aquel entonces, Mariano tenía 17 años. Había regresado de su viaje de estudios hacía 6 días, jugaba al rugby y pensaba en irse a estudiar a Córdoba, aunque no sabía bien qué. Tal vez, ingeniería por su afición a los autos. O nada, porque tal vez le quedaba poca vida. Y mientras lo pensaba, miraba a su padre que, alarmado, creía que había vuelto pasado de copas del cumpleaños de su amigo.

"¿Estás borracho?", volvió a preguntarle y Mariano, que no había tomado ni una gota de alcohol, no podía decírselo. No podía emitir ni una palabra, no podía transmitirle que le dolía la cabeza, que se quería parar y no podía, que su brazo izquierdo no le respondía. Nada podía explicarle y, cada vez que lo intentaba, de nuevo ese maldito ¡gggggglllllllllllll!

Entonces, su padre lo tomó por los hombros y lo levantó hasta ponerlo en pie. Pero no bien su hijo quedó en posición vertical, lo soltó y cayó al suelo como una bolsa de papas. Mariano no caminaba.

"25/19", anunció con semblante sombrío el médico de familia cuando le tomó la presión, un momento después. "Mirá Pancho", le dijo al padre el Dr. Frigerio, "Es grave, hay que llevarlo urgente a Córdoba."

No quiero morir

Lo trasladaron en una ambulancia de la Cooperativa Eléctrica de Oliva, lo bajaron en algún lugar y lo metieron en lo que para él era un tubo que daba vueltas y vibraba; o, a lo mejor, era su cabeza la que giraba, no lo sabía. De allí, lo internaron de manera inmediata en la terapia intensiva del Hospital Privado de Córdoba.

A sus jóvenes 17 años, Mariano había experimentado un accidente cerebro vascular que lo había dejado mudo, manco y paralítico.

"Se está muriendo", decían aquellos que rodeaban su cama de terapia intensiva y que hablaban como si él no estuviera ahí. Pero él estaba y escuchaba. Oyó que murmuraban: "Estamos esperando que se corte", "Para que quede un vegetal, mejor sería que Dios se lo lleve" hasta el día en que, sin que lo supieran, le renovaron sus esperanzas. "Se está recuperando", dijeron por ahí, "Parece que va a vivir." Ese día, Mariano se alegró por un instante que le duró hasta el momento en el que alguien agregó: "Hay que ver si no queda mudo o paralítico".

¿Quería vivir así?

"En ese preciso instante, abrí los ojos y miré el techo como buscando a Dios, y le dije: Mirá Tata, si me vas a dejar en este mundo que sea para servir y no para ser servido; no quiero andar con pañales, ni con alguien que me limpie mis necesidades como hace la enfermera hoy conmigo, pobre mujer; no quiero seguir vivo para ser una carga, prefiero morir.", cuenta Mariano. "Estaba ahí, pensaba en eso y también pensaba en los momentos que había pasado en Bariloche, en mi novia de aquel tiempo y en todo lo que quería vivir. Sumido en esos pensamientos, rogué a Dios me ayudara a recuperarme o me dejara morir."

Al día siguiente, Mariano comenzó a hablar de nuevo, aunque con la cara aún dormida por la afasia. Un instante inolvidable en su vida; un suceso profundamente emocionante. Recuerda que estaba su tío Nicolás que le guiñó un ojo y le dio un beso, y que unos días después lo visitó Marcela Araujo, la única compañera de secundario que fue a verlo.

Y en algún momento, lo llevaron a una sala común y fue entonces que tomó conciencia de los eventos. "Recuerdo que ese día me quería bañar; mi pierna izquierda se aflojaba y me caía, pero iba agarrándome de la cama, de las sillas y rodaba contra la pared para avanzar y no caer. Pedí que me pusieran una silla en la ducha y que me sentaran allí. Entonces, bajo el agua, lloré sentado y sin que nadie me viera; lloré, me enjaboné, me enjuagué y grité que me vinieran a buscar, y regresé abrazado a alguien que me hacía de muleta, un enfermero creo", cuenta, conmovido. "Voy a poder, me repetía." Pero había partes de su cuerpo, que simplemente todavía no podían.

Un día, lo subieron a una silla de ruedas y lo sacaron del hospital. Afuera lo esperaba el 504 de su papá. "Cómo amaba ese auto", cuenta, "Me ayudaron a subir atrás y escuché cómo el médico exclamaba: ¡Ese chico no puede pasar más disgustos! como recomendación a mis padres. Y yo seguía repitiéndome: voy a poder, voy a vivir."

Mariano, nunca volvió a ser el mismo.

Un largo camino hacia la meta

Fue por su determinación, por sus ganas, sus sueños y sus esfuerzos que Mariano, con el tiempo, volvió a caminar. O, tal vez, no fuera por nada de eso, sino por las ganas de salir de la casa de sus padres y volver a lo de su abuela. "A la hora de darme el alta mi madre me echó en cara el dinero que había costado mi internación; creo volví a caminar para poder alejarme de los conflictos en casa de mis padres e irme a casa de mi abuela de nuevo", dice.

Ya en pie, Mariano comenzó a ejercitarse durante 8 horas diarias hasta recuperar parte de la movilidad de sus brazos; su mano izquierda jamás volvió a moverse. "Pero nadie se dio cuenta nunca. O al menos eso creía." Y entonces, cuando se sintió lo suficientemente recuperado, tomó la decisión de comenzar con sus estudios universitarios: quería ser abogado.

No le resultó fácil y apenas sí podía escribir. Cursó grabando las clases y resaltaba los apuntes que podía comprarse con un marcador amarillo fluo. En el proceso, trabajó de noche en boliches y estudió de día hasta que logró aquello que creía inalcanzable y se recibió. Tardó 12 años. Hizo la mitad de la carrera en once años y la otra mitad en un año, desde que dejó de trabajar de noche.

"A partir de entonces, hago amparos gratuitos contra obras sociales para discapacitados, enfermos terminales y/o crónicos, consiguiendo por orden judicial obtener desde internaciones en el Fleni hasta parches de morfina para enfermos de cáncer que gritaban de dolor y en donde la obra social, así y todo, no los oía...", cuenta Mariano, orgulloso. "Ya con 46 años, empiezo a notar las consecuencias de haber fingido ser normal tantos años. Ya rengueo y, por haber sobre exigido mi mano derecha para suplir la inmovilidad de la izquierda, tengo a ambas sin sensibilidad. Este año recién me compré un coche automático, ya me cuesta pisar un embrague, estoy poniéndome viejo... Nunca me compré un auto con descuento para discapacitados, porque puedo solo."

Celebrando la vida
Celebrando la vida.

No rendirse jamás

Hoy, Mariano se especializa en crímenes complejos: "Corrupción estatal, narcopolítica y narcotráfico, a través de la promoción del diálogo interreligioso y prevención", afirma y, por su trabajo, viaja varias veces al año por el mundo. Dio clases en la Universidad Católica de Córdoba como adjunto, escribe libros y los dona a asociaciones de lucha contra la parálisis cerebral. Formó una familia y tiene una hija que ama con toda su alma.

Mariano José Ludueña posee certificado de discapacidad emitido por el Ministerio de Salud de la Provincia de Córdoba. Lo gestionó para que su obra social no lo desampare en el caso de padecer un nuevo ACV y no ser una carga para su familia si llega a quedar postrado de nuevo.

"Vivo exclusivamente de mi trabajo. Nunca quise cobrar un subsidio por discapacidad ni quise aceptar ninguna ayuda del gobierno, porque como dije aquella vez en mi adolescencia: si vivo, que sea para servir y no para ser servido. Voy a poder, voy a salir. El mensaje que quiero dejar a quienes pasaron o pasan por una experiencia similar, es que la única discapacidad a la que hay que temer es a la de rendirse; una cosa es que se te caiga un brazo como consecuencia de un ACV y otra muy distinta, es que vos bajes los dos por perder la fe."

Mariano y su hijita
Mariano y su hijita.

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