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Luis Alberto Romero: "Nadie quiere ser el único en perder"

Ecos del 83. El llamado al acuerdo es la oportunidad de volver a reglas para todos, dice el historiador
Héctor M. Guyot
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12 de noviembre de 2017  

De viaje por Alemania, Luis Alberto Romero tomó conciencia de lo que significa tirar un papel en la vía pública. La traza limpia y ordenada de las calles era una evidencia de que la regla estaba clara. Allí, el historiador no se permitió el descuido o la desaprensión que eran habituales en Buenos Aires y llevó el papel en el puño hasta el siguiente cesto. Seguía siendo la misma persona, pero las circunstancias habían cambiado y, en consecuencia, actuaba de forma diferente. Para Romero, éste es un ejemplo sencillo de que las costumbres no derivan de una supuesta idiosincrasia o de una dudosa identidad cultural, sino que en buena medida son hijas del rigor.

Acaso tirar desperdicios en una calle de Múnich despierte una condena social más grave que la que provoca en la Argentina la evasión fiscal. Si así fuera, habría que buscar las razones en la anomia y en la falta de consecuencias ante la transgresión. "Si no hay reglas firmes y sanciones para quienes las incumplen, la sociedad se va acostumbrando a no respetar las leyes. Y todos se conceden a sí mismos la posibilidad de no cumplir", sostiene Romero.

Parece un crudo diagnóstico de lo que sucede aquí, pero resulta al mismo tiempo un pensamiento esperanzador. No estamos fatalmente condenados: si nos comportamos como lo hacemos es porque nos dejan, y no tanto por falta de valores. Para Romero, el llamado de Macri a los distintos sectores de la vida nacional para acordar un paquete de reformas que apuntan a achicar el gasto y bajar el déficit, a fomentar la creación de empleo y la competencia, y a mejorar la calidad institucional, marca un momento muy particular en la deriva histórica del país y representa una oportunidad. "Macri ha salido de las elecciones con poder suficiente como para llevar estas reformas a buen término -dice Romero-. Hay un pensamiento que anida en la gente: si esta vez nos toca a todos, yo cumplo mi parte."

El historiador sostiene que en la Argentina se han diluido las reglas por una progresiva y larga declinación del Estado y de su capacidad de imponer las normas. Hoy, el país estaría ante la posibilidad de revertir la inercia que lo conduce hacia el abismo para producir un cambio de rumbo que opere por efecto contagio. El Presidente ha pedido que cada sector ceda un poco. En estos casos, es inevitable que cada cual se aferre a lo suyo y mire al vecino con desconfianza. "Todos esperan a ver quién da el primer paso. Nadie quiere ser el único en perder. La clave para cambiar las conductas está en la existencia de una regla que sea igual para todos y que suponga sanciones para el que no la cumpla. Por eso, en el tire y afloje actual, Macri no debería hacer concesiones injustificadas ni otorgar privilegios."

Romero entiende que el llamado presidencial al acuerdo podría inaugurar un momento que remita a aquel que vivió la Argentina durante la vuelta a la democracia y los primeros tiempos de la presidencia de Alfonsín. Entonces, por reacción a la experiencia de la dictadura, la expectativa de la sociedad pasaba por recuperar cierta normalidad gozosa. Implicaba rescatar la idea de la ciudadanía, votar, ejercer los derechos y cumplir con los deberes. Precisamente este último capítulo, el de los deberes, se fue dejando de lado desde entonces.

"Macri alcanzó el mínimo de poder necesario para volver a construir un consenso análogo al que generó Alfonsín -señala Romero-. Y el centro de ese consenso es volver a la norma. Nada demasiado espectacular. Yo espero de Macri que conduzca al país al plano de la normalidad. Una vez alcanzado eso, vendrán después otras cuestiones de fondo."

¿Similitudes y diferencias entre este Macri y aquel Alfonsín?

En principio, dice Romero, ambos líderes no parecen tener mucho en común. "Sin embargo, el Presidente está dando un giro en su discurso. Va encontrando un tono de exhortación que lo acerca al presidente radical. Eso, sin olvidar las diferencias de personalidad. Alfonsín vivió para la política; Macri no, pero está aprendiendo a ejercerla. Alfonsín, gran orador, no era un constructor de cosas concretas; Macri, en cambio, es un ingeniero que prefiere la acción."

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