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El difícil camino del consenso

Domingo 12 de noviembre de 2017
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A todo presidente argentino le llega la tentación de ofrecer su propio Pacto de La Moncloa cuando se siente afianzado en el poder. El reloj le muestra la hora de impulsar un cronograma de reformas fundacionales, fruto del consenso, que allane el camino del país a la modernidad.

Después de la revalidación electoral, Mauricio Macri se propone impulsar cambios que sean "para siempre", como dijo en su reciente viaje a Estados Unidos, y convoca a gobernadores, legisladores, empresarios y sindicalistas. El espíritu del plan recoge el eco mítico de aquella experiencia española de hace 40 años. Pero se salta la parte engorrosa: el diálogo, la negociación, las renuncias.

El Gobierno juega convencido de que el poder da la razón. Les presenta a sus interlocutores un contrato y los invita a firmar.

Es la lógica inversa a la que aplicó Adolfo Suárez cuando en octubre de 1977 se lanzó a buscar una salida política a la crisis económica que sufría la España posfranquista.

Aquel era un país muy distinto a la Argentina de hoy, con las libertades todavía a medio hacer, pero compartía algunas anomalías que lo condenaban al fracaso: era una economía altamente intervenida, con niveles insoportables de inflación -y la consecuente conflictividad social-, un déficit crónico, problemas de crédito e incapacidad para crear empleo genuino. Suárez había ganado aquel año las primeras elecciones después de la dictadura. Gobernaba sin mayoría parlamentaria, lideraba un partido recién nacido y la crisis amenazaba con devorarlo. En ese contexto decidió pedir ayuda.

A la mesa del Palacio de la Moncloa se sentaron políticos que venían del franquismo, el Partido Comunista (PCE) que había sido legalizado seis meses antes, el socialismo de Felipe González que aún se declaraba marxista, los nacionalistas catalanes y vascos, sindicatos recién salidos de los calabozos y las centrales de empresarios.

Pasaron semanas de discusiones a puertas cerradas antes de que el gobierno de Suárez pudiera anunciar, el 25 de octubre de 1977, un acuerdo increíble para un país en semejante situación. Los gremios se comprometían a no pedir aumentos superiores a la inflación prevista para el año siguiente, el Banco de España fijaba un límite a la emisión, se creaba un impuesto progresivo sobre la renta (implicaba duplicar la presión fiscal), se imponían topes de déficit y gasto público, medidas de impulso educativo, una flexibilización laboral y la reforma integral del sistema jubilatorio. En otro documento se avanzó con derechos civiles básicos, como el fin de la censura previa.

No todos los efectos fueron inmediatos. En la inflación, sí: bajó del 26,4% en 1977 a 16,5% en 1978. La curva desde entonces fue siempre para abajo y a partir de 1984 jamás volvió a superar un dígito.

La fragilidad económica y la convulsión política arrasó con Suárez en 1981. El día en que dejaba el gobierno soportó desde su banca del Congreso el intento de golpe de Estado liderado por el reaccionario teniente Tejero.

La prosperidad se hizo esperar. Iba a ser en la presidencia de González -despojado ya de la mochila marxista- cuando España empezaría a recoger los frutos de las políticas modernizadoras plasmadas en los Pactos de La Moncloa para iniciar el mayor ciclo de desarrollo en su historia reciente, entrar en la Unión Europea (UE) y enterrar para siempre el fantasma de las asonadas militares.

"Suárez fue el presidente del gobierno con más clarividencia que ha tenido España. Tuvo la visión integradora necesaria para convocar a todos al consenso, en vez de llevar agua al molino de su partido o de sus intereses", recuerda hoy el economista Ramón Tamames, firmante de los pactos como miembro del PCE.

A Tamames lo fueron a ver varios integrantes del círculo macrista antes de que el Presidente lanzara la convocatoria con la que pretende transformar la Argentina. Le explicaron los ejes -atacar el déficit, bajar la inflación, reducir la carga impositiva y los costos laborales, mejorar la calidad institucional-, no el método para lograrlo. El principal consejo del dirigente comunista jubilado fue: "Hagan que sus rivales sientan las reformas como propias".

La intriga ahora no es tanto si Macri conseguirá imponer las medidas, sino si logrará el cambio cultural que las ponga a salvo del próximo volantazo nacional. Eso es la previsibilidad que le piden en el exterior cuando se apagan los aplausos. Le toca resolver el desafío que sintetizó Peter Drucker, el gran filósofo de la administración: "No se trata de pensar en las decisiones futuras; sino en el futuro de las decisiones presentes".

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