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Nadie está a salvo

Diana Fernández Irusta
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12 de noviembre de 2017  

Entonces me llamó. Desde la cama donde ya lo había arropado (besos, arrumacos, buenas noches y a dormir). Desde esa cama que ya no es cuna, el pibe de cuarto grado, el mismo que hace unos meses se indignaba porque no lo dejábamos ir solo a la escuela, me llamó. Alzó la voz, me dijo que fuera a abrazarlo otra vez. Tenía miedo.

Esa mañana, sobre esa misma cama, mi hijo se despertó de golpe. En la esquina de casa -México y Virrey Liniers, el límite entre Boedo y Almagro- hubo un tiroteo. No era el Far West; era la esquina donde pasamos cada día de camino al estacionamiento, el supermercado, la escuela. Y él, que se siente grande siendo tan chico, terminó asistiendo a lo que no tendría que haber visto ni escuchado jamás. Antes de que nadie entendiera lo que pasaba, salió al balcón y descubrió hombres armados, una moto, un reguero de sangre; escuchó gritos y el tintineo seco de las balas. No era YouTube, no era el noticiero, no era Netflix. Era la esquina de casa. La cama infantil, los peluches, la espada de madera, violentados por el sonido imposible de aullidos y disparos. Ninguno de los dos, ni su padre ni yo, supimos qué hacer frente a ese vendaval llegado de la nada. El afuera nos había dejado mudos.

Esa noche lo abracé fuerte, muy fuerte. Agradecí que no preguntara nada.

Mala racha. Hacía poco más de un mes, había tenido mi propia dosis de pánico. Estaba en el auto. Semáforo en rojo, avenida Libertador, la cadencia intimista de R.E.M sonando en el reproductor: una pequeña burbuja de confort al final de la jornada. Hasta que irrumpió esa voz. "Dame la plata, que te disparo". Un chico de edad indefinible. El tono metálico, el gesto duro, la amenaza -¿tenía o no tenía un arma? -que ni soñé poner a prueba. Era un pibe. Me estaba robando en lo que duraba la luz roja de un semáforo, a expensas de que toda avenida Libertador le pasara por encima si la cosa se demoraba. Pero eso lo pensé después.

En los minutos en que duró todo, lo único que hubo fueron insultos, apremio -"¡la plata, la plata, rápido-", el intento quizás insensato de dirigirle la palabra. Y -segundos, apenas segundos- el miedo redoblado, el chispazo de certeza: para ese pibe yo era absolutamente lo otro. Mi vida, mi autito, el bolso con papeles y libros del trabajo, la foto de mi hijo asomando de la agenda, la música de R.E.M, el hogar que me esperaba del otro lado de la ciudad: lo otro. Tan rotundamente otro que barrerme del mapa en un segundo era una posibilidad demasiado cierta. Ahí sí que empezó el pavor. Le di todo el dinero que tenía. No me pidió billetera ni cartera ni nada: no había tiempo. Todo ocurrió casi al unísono: tomó su botín, se esfumó, el semáforo se puso en verde.

¿Qué es el miedo? Es darte cuenta de que en un instante, porque sí, todo se puede terminar. Tu pequeño confort, tu hijo, tu vida.

¿Qué es el miedo? Es saber que no se necesitan guerras ni amenazas ni manos duras o manos blandas: nadie está a salvo si lo que pende de un hilo es eso que nos permite reconocernos en el semejante.

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