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Rusalka: una propuesta austera que no logra lucirse

Viernes 10 de noviembre de 2017
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PARA LA NACION
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Foto: LA NACION

Rusalka / Ópera de: Antonin Dvorák / Con: Ana María Martínez (Rusalka), Dmitry Golovnin (el príncipe), Ante Jerkunica (Vodnik), Elisabeth Canis (Jezibaba), Marina Silva (la princesa extranjera), Sebastián Sorarrain (el guardabosques), Cecilia Pastawski (el niño de la cocina) y elenco / Dirección escénica: Enrique Singer. Coro y Orquesta Estables del Teatro Colón / Dirección: Julian Kuerti / Función del Gran Abono / Sala: Teatro Colón / Nuestra opinión: buena

Apenas dos años después de que Buenos Aires Lírica estrenara en el país la más célebre ópera de Dvorák, llegó el momento de poder contemplarla, ahora, en el Colón. Si en la primera oportunidad los resultados no fueron mayormente favorables, Rusalka habrá de seguir esperando por una mejor concreción porque en esta primera vez en el Colón tampoco campeó la buena fortuna. Pero con una diferencia. Si hace dos años los reparos tuvieron que ver, esencialmente, con la puesta por la cual se optó, en las antípodas de lo que Dvorák denominó "un cuento lírico de hadas", en esta ocasión las objeciones, mayormente, se remiten a un elenco que no estuvo a la altura de las circunstancias, aunque la régie, tanto en su dinámica teatral como en su dirección actoral, tampoco aportó soluciones que pudieran compensar lo que no provenía del canto.

Ana María Martínez es una soprano portorriqueña que viene llevando adelante una buena carrera y que ya ha representado el protagónico de esta ópera en escenarios tan prestigiosos como el de Glyndebourne.

Sin embargo, al menos en la primera función, denotó una llamativa falta de caudal en la primera octava y cierta anodinia expresiva, incluso en el terreno de la segunda octava. Más allá de una afinación impecable y una emisión segura, el momento más esperado, el del primer acto, cuando tiene que cantar "La canción de la luna", un aria que tiene vida propia, incluso por fuera de la ópera, pasó sin mayores emociones, con cierta sensación de deber cumplido y no más que eso.

Pero, además, y en esto, quizá, debería asumir Enrique Singer la responsabilidad que le compete como director de escena, se repitió en una gestualidad absolutamente previsible y reiterada cuando no con cierta exageración y alguna espasticidad incomprensible y sobreactuada cuando, desprovista de la voz, en el segundo acto, la pobre ondina acuática devenida en criatura humana no alcanza las pasiones que le reclama el príncipe. Dmitry Golovnin, el príncipe en cuestión, tampoco denotó una gran ductilidad y pareció contentarse con la demostración de energía. Su voz sonó demasiado uniforme cuando debería haber podido exhibir otras emociones y otros encantos. Para alterar ese panorama de regularidad lírica, estuvo Ante Jerkunica, un bajo croata que maravilló con una voz profunda, cambiante y atractiva, además, con una musicalidad invulnerable. Una pena que su rol de padre amantísimo tenga, en esta ópera, tan pocas oportunidades de exposición. Una mención especial para destacar las buenas participaciones (vernáculas) de Elizabeth Canis y de Marina Silva, quienes ya habían hecho los papeles de Jezibaba y la princesa extranjera, hace dos años, en el Teatro Avenida. Correctos tanto el resto del elenco como la orquesta y el coro dirigidos por Julian Kuerti.

La propuesta escénica, no desprovista de una verdadera belleza visual, perdió efectividad por su reiteración. Dos cercos circulares de distinto diámetro enmarcan toda la acción teatral, desde el principio hasta el final. Dentro de ellos, que ascienden y descienden innumerables veces, está tanto el mundo acuático como el palacio principesco. Los cambios de iluminación colaboran para conformar el marco apropiado para cada acto y escena pero, al mismo tiempo, circunscriben y limitan el acontecer a un espacio relativamente reducido y, por consiguiente, sumamente transitado. Por arriba del cerco y paseando de derecha a izquierda, también muchas veces, aparece una luna abundosa en infinitos minicráteres circulares, que, un tanto grisácea en su primer advenimiento, acompañó, pálida, el canto de Ana María Martínez. Hace dos años, en el Avenida, el papel de Rusalka fue trajinado, maravillosamente, por Daniela Tabernig. La soprano argentina tendrá una nueva oportunidad de mostrar sus talentos en la función extraordinaria de mañana. Es muy posible que a través de ella podamos ver a la Rusalka que todos estamos esperando.

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