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Más allá de la Camorra, las mafias siguen conquistando la TV

La británica Peaky Blinders y la romana Suburra plantean una vuelta de tuerca sobre las organizaciones criminales, con sus líderes carismáticos y sus reglas inexorables de vida o muerte

Viernes 10 de noviembre de 2017
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La familia Shelby en la Birmingham de 1919
La familia Shelby en la Birmingham de 1919.

La historia de la mafia cinematográfica fue contada desde la mítica y la ceremonia por la saga de El padrino de Coppola, desde los marginales de Little Italy por Martin Scorsese, desde la esquizofrenia y la locura por Tarantino, desde los guetos y la contracultura por independientes como Spike Lee o Jim Jarmusch. Pero la mafia no es sólo la metáfora del crimen organizado en el siglo XX, ese pulso de pertenencia e identificación al margen de la legalidad como vía para un ascenso social extático y vertiginoso.

Nació en Italia, en los territorios de un sur candente por la miseria y la injusticia, como nido de violencia y pasiones mundanas. Y también se dispersó por otras latitudes: en la Rusia de la desintegración después de la caída del Muro, en esa Europa del Este convulsa de crisis territoriales, en la Inglaterra después de la Primera Guerra, entre heridas de combates y rencores de viejos imperios. Esa mafia transnacional y variopinta, germinal en varias geografías, ha dado desde siempre intrigas y épicas a la ficción, nuevas historias de crímenes y castigos. En materia de series, dos disponibles en Netflix toman sus postulados más clásicos para aggiornarlos, expandirlos o subvertirlos.

La primera es Peaky Blinders, producida por la BBC, cuya historia, imaginada por el británico Steven Knight (guionista de Promesas del Este, de David Cronenberg), se interna a lo largo de sus tres temporadas en el territorio empedrado de la Birmingham de 1919 para retratar el accionar de la familia Shelby, criminales de códigos y lealtades, de arrogancia y tradición.

Su líder es Tommy (Cillian Murphy), veterano de la sangrienta batalla de Somme en territorio francés, asediado por los fantasmas de esa guerra de trincheras, consumido por el opio y el deber. A su alrededor se dirimen los negocios de las apuestas ilegales, el tráfico de armas, las disputas con las bandas rivales, la persecución implacable de ángel negro de la legalidad: el inspector Campbell (Sam O'Neil). Como en duelo interminable, Shelby y Campbell juegan sus cartas con astucia, en un tiempo marcado por la amenaza del IRA, por las luchas obreras lideradas por los comunistas, por el lento desmoronamiento de una sociedad herida hasta las vísceras.

Peaky Blinders no podía ser más canchera, con su estética de ralenti, su música rockera a todo volumen, con esas boinas cool y esas entradas de los caballos por el empedrado, dotados de un extraño y pétreo glamour. Es cierto que en esos juegos visuales a veces se pierde algo de la fuerza de las escenas más brutales, como si la violencia se diluyera en guiños de estilo. Sin embargo, el entramado de amores y traiciones cruzadas es lo que dota al relato de creciente tensión, alimentada por la fuerza de los personajes femeninos, que en las historias de mafia suelen ser un trofeo en disputa o dueñas de los altares de veneración. Acá fue la tía Polly (Helen McCrory, también vista como la villana de Penny Dreadful), la piedra angular del negocio durante los años del combate, y es la cantante Grace Burgess (Anabelle Wallis) la pieza clave del doble juego entre los Shelby y su oscuro cazador.

Crímenes y poder

Como antes lo hiciera con Gomorra, la RAI ha llevado esa historia de mafia de la literatura y el cine a la TV: inspirada en la novela de Giancarlo de Cataldo llevada al cine en 2015 (dirigida por Stefano Sollima, creador y de Gomorra), Suburra se instala en el presente de Roma, luego de la repentina renuncia del alcalde de la ciudad. Ese imprevisto político pone en movimiento a todos los peones de un entramado de corrupción e ilegalidad que se extiende desde la costa, en Ostia, hasta la cúpula del Vaticano.

Los diez capítulos de la serie -protagonizada por Alessandro Borghi, Giacomo Ferrara y Eduardo Valdarnini- comienzan de manera frenética: la cámara abandona la basílica de San Pedro para internarse en una orgía que culmina con el desplome de un cura entre la euforia y el exceso. Ese juego entre verdades y apariencias, entre la imagen de la Iglesia Católica y un trasfondo de prebendas y corrupción, es la clave de una mirada encendida de vértigo y color que mira el crimen ya no desde el ascetismo áspero que podía rastrearse en la primera Gomorra, sino con el estruendo feroz de una ardiente actualidad.

Mafias múltiples, dispersas, eclécticas y ancestrales. Mundos en conflicto y ficciones que los representan desde un presente tan marcado y herido por el pasado, como atento y expectante hacia el futuro.

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