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A toda máquina

Viernes 10 de noviembre de 2017
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En los años setenta, el rey de Bután, un Estado de 700.000 habitantes ubicado en la Cordillera del Himalaya, llegó a los titulares de los diarios cuando afirmó que lo importante no era el producto bruto interno, sino la felicidad bruta interna, un indicador basado en el desarrollo material y espiritual, y la conservación del medio ambiente. La idea hizo camino y hasta se debatió en algunos altos foros de la economía mundial.

Muchos dirán que su máxima felicidad sería vivir sin trabajar, pero lo cierto es que a las personas sin fortuna el trabajo no solo les permite ganarse el sustento, sino también ordenar el día, insertarse en un círculo de pertenencia social, ganar cierta independencia y sentirse útiles. Un par de meses después de quedar desempleado, un amigo periodista me envió un mail lacerante: "Nadie quiere darme trabajo -escribió-. Es muy triste sentirte muerto".

Por eso, no sorprende que hace algunos días la revista Nature le haya dedicado una producción especial al futuro del trabajo, centrado especialmente en el vertiginoso avance de la automatización, incluso en tareas en las que se creía que los humanos siempre serían imprescindibles, como el diagnóstico de tumores dermatológicos. Un estudio de 2015 del programa sobre tecnología y empleo de la Universidad de Oxford analizó cómo afectará la automatización a 21 países. Según sus cálculos, en los Estados Unidos estarían en riesgo el 47% de los puestos; en la Argentina, el 65%.

Curiosamente, hasta los propios científicos podrían resultar afectados. Hasta ahora, la aplicación de la tecnología y la automatización a la investigación promovió una mayor intervención humana. Pero ya hay programas capaces de revisar miles de trabajos y postular hipótesis. Además, la ciencia no es inmune a la tercerización (por ejemplo, para escribir papers o administrar bases de datos), lo que podría hacer crecer los servicios freelance desde países con costos más bajos.

Según Nature, el debate académico está polarizado entre los pesimistas que ven venir una debacle y los que creen que la economía ya sorteó trances parecidos y de alguna manera se acomodará a las nuevas condiciones. El historiador Robert Allen pertenece al primer grupo. "Desde la Revolución Industrial -escribe-, la mecanización siempre fue controversial. Las máquinas hacían crecer la productividad y aumentaban las ganancias, pero amenazaban con que fueran a parar a los propietarios de las fábricas".

Contra esto protestaron los luditas, artesanos ingleses que en el siglo XIX incendiaron telares industriales y máquinas de hilar que permitíanreemplazarlos por trabajadores menos calificados y que cobraban salarios más bajos.

Para Allen, en tiempos de globalización, el progreso tecnológico en una región además puede resultar en un futuro oscuro del otro lado del mundo. "La revolución tecnológica que esparció la prosperidad en Occidente creó los modernos países «subdesarrollados» (en Asia, África y América del Sur) que solo exportaban productos primarios -agrega-. Algunos piensan que la sinergia entre educación y tecnología generará más trabajos basados en el conocimiento y de altos sueldos. Que las computadoras y los robots nos salvarán. Yo soy más pesimista. El crecimiento de los salarios que empezó en el siglo XIX terminó en los años 70. [...] La inequidad de las últimas cuatro décadas en las economías maduras, como la de los Estados Unidos, no tiene precedente".

Como subraya la revista científica en su editorial, estos "progresos tecnológicos exigen financiar investigaciones sólidas para anticipar posibles escenarios, y estudiar reformas económicas y políticas que les permitirán a aquellos usurpados por las máquinas seguir contribuyendo con la sociedad".

No se trata de tapar el sol con las manos o detener el progreso, sino de usar la tecnología que diseñamos a favor y no en contra nuestro.

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