Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Un cambio que puede conducir a una transformación profunda

Laura Di Marco

SEGUIR
PARA LA NACION@_LauraDiMarco
Viernes 10 de noviembre de 2017
0

Después del discurso de Costa Salguero, el 22 de octubre, Macri fue a cenar a la parrilla Los Platitos, en Costanera Norte. Apenas entró, lo interpeló un taxista. "Presidente, yo lo voté porque creo que puede sacar el país adelante. Pero antes también había creído en otros y me defraudaron. Lo único que le pido es que no me defraude". El hombre había traducido al lenguaje cotidiano una nueva matrix política: la que se deja ver en los focus groups de las principales encuestadoras. Un manojo de creencias que trasciende a Macri: la fe en que mañana puede ser mejor, el hartazgo de la beligerancia. Y la urgencia por cortar con el pasado y el sino trágico de la Argentina. A Cambiemos lo consolidó una mayoría temprana -un nuevo tipo de "argento"- que ya antes de hacer una elección diferente en 2015 había mutado de piel.

Hubo crujidos que nadie escuchó. A medida que el cristinismo se derrumbaba, iba construyendo una demanda invisible, la de una nueva cultura política. "La demanda ordena la oferta", es la máxima de Marcos Peña. Esto significa que los cambios se producen de abajo hacia arriba: de la sociedad hacia el poder y no a la inversa. La promesa macrista de un país mejor encajó con la esperanza de muchos.

Algunos cambios son cíclicos y podrían volver a mutar, por ejemplo, el hartazgo de la grieta y la pelea, que en la era K era la estrella y hoy empieza a percibirse como un disvalor. Otros parecen haber llegado para quedarse: la paridad de género, el fin de las reelecciones indefinidas, la horizontalidad que trajeron las redes y la tecnología.

Hay un manual del nuevo "argento" en construcción. Un vademécum en el que empieza a ponerse en duda la falsa eficacia de la cultura de la trampa. La fascinación por la montaña rusa económica cede paso a la serenidad del gradualismo. Las soluciones políticas son prácticas. Si en el imaginario colectivo de los setenta se podía cambiar todo y en el de los noventa no se podía cambiar nada, el nuevo clima de época encarna la idea de que se puede cambiar algo. La marca cultural es el Metrobus, las cloacas, el agua potable, la iluminación, el desembarco del Estado en la villa de San Petesburgo. Épicas tangibles.

Entre las razones del triunfo de Cambiemos, el consultor Federico González destaca que el progreso y el modernismo le ganaron al pobrismo y al progresismo. El pobrismo, entendido como regodeo idealizado de la pobreza. En ese paradigma, el Metrobus podría ser percibido como un emblema de la modernidad como lo era el ferrocarril en los inicios de la Argentina.

"Evitar crisis económicas y pensar en el largo plazo esconde razones más profundas. Culturalmente, significa no tomar atajos para crecer", acerca Hernán Iglesias Illa, coordinador de políticas públicas de la Jefatura de Gabinete y mano derecha de Marcos Peña.

En la minicarpa de Marcos Peña hay un toque de soberbia. En ese tanque de ideas se suele criticar la "superioridad moral" que navega en el universo de la izquierda o del kirchnerismo. Sin embargo, ese tufillo a vanguardia iluminada sobrevuela el mundo intelectual de Cambiemos. Es el mismo desparpajo que lleva a Durán Barba a afirmar que Macri no es la derecha sino "la nueva izquierda". ¿Quién dijo que Cambiemos carece de una épica?

Hay clima de refundación. Pero, según Fidanza, al relanzamiento de Cambiemos no lo antecede una tragedia, como sucedió con el kirchnerismo en 2001. No se trata de una diferencia menor: la tragedia, de la que está teñida la argentinidad, está ausente en el discurso del oficialismo. "Vamos subiendo, paso a paso, del infierno al purgatorio", arengaba (¿inspiraba?) Kirchner. "Cirugía mayor sin anestesia", afirmaba (¿motivaba?) Menem. "Con la democracia se come, se cura y se educa", recomendaba Alfonsín para suturar las heridas de la dictadura. Más tarde, vendría la peor etapa: la economía de guerra. Nada de eso hay -por ahora- en el discurso del equipo macrista, donde lo que domina es una apelación a lo vital.

En el novedoso paradigma argento, Maradona dejó de ser Gardel, Perón puede ser criticado como un líder tóxico -ahora de eso sí se habla- y Cristina Kirchner perdió las elecciones por primera vez. Amado Boudou, el rockero seductor que en 2011 ganó con el 54 por ciento, hace rato que es percibido como un arribista astuto e inescrupuloso.

¿Cómo se gesta el cambio? El psicólogo experimental William G. Braud hablaba del "momento semilla": un episodio traumático en la vida de las personas; un estrés en el que germina una semilla que podría manifestarse en el futuro. La hipótesis puede extrapolarse al plano colectivo. Podría decirse que, entre 2012 y 2015, hubo muchos "momentos semilla". Eventos que, vistos en retrospectiva, fueron configurando no sólo una oposición, sino también una transformación: la tragedia de Once, la firma del pacto con Irán, la muerte de Nisman o la temeridad mafiosa de Aníbal Fernández en la campaña de 2015.

"La gente no compra lo que uno vende -sean votos o productos-, sino lo que uno cree", sintetiza el experto en liderazgo Simón Sinek, autor de La clave está en el porqué. Precisamente, la clave, según Sinek, está en el sentido que guía la acción de esos líderes. Su tesis propone que aquellos líderes que logran inspirar conectan con creencias sociales que han madurado previamente en la sociedad.

¿Hubo realmente un cambio en la Argentina o se trata de una transformación? Quienes enseñan la innovación en la alta dirección empresarial distinguen ambos conceptos. El cambio viene impuesto desde afuera, es el choque de dos fuerzas que luchan y está ligado a los "debería": "hay que reducir gastos"; "tengo que dejar de fumar"; "tendría que correr por la mañana". Existen una necesidad (dejar de inhalar nicotina) y, a la vez, una resistencia (el placer de fumar). La transformación es la incorporación del cambio. No es alguien de afuera que dice que hay que cambiar, sino el colectivo que decide ser parte activa de ese movimiento ascendente. Por eso, toda transformación es un cambio con sentido: el propósito es una fuerza transformadora.

En 1962, el sociólogo Everett Rogers describió el ciclo de adopción y difusión de la innovación -la innovación, entendida como un cambio superlativo- a través de un modelo donde se diferenciaban cinco grupos de personas en función del tiempo requerido para adoptar algo nuevo: los innovadores, los primeros adoptantes, la mayoría temprana, la mayoría tardía y los rezagados.

El cambio empieza con una minoría -un 2, 5 por ciento son los innovadores- que se anima a probar la novedad. Le siguen los adoptadores tempranos y luego, una mayoría precoz del 34 por ciento de la sociedad. Cuando se llega a ese porcentaje, se produce el giro.

Pero ¿cuál podría ser el propósito que empuja la transformación? La ilusión del taxista podría ofrecer algunas claves. La fe en que, tal vez, la Argentina logre finalmente trascender el destino de sus múltiples tragedias.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas