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Una película de la viralización, en cámara lenta

Algunas reflexiones sobre algo que hizo mucho ruido y que acaso podría no existir

Sábado 11 de noviembre de 2017
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Las definiciones son una parte sustancial del conocimiento del mundo. No alcanzan para construir el saber, pero constituyen sus cimientos. Como suele decirse, conocimiento es definir el tomate como fruta; saber es que el tomate no debe incluirse en una ensalada de frutas.

Las definiciones deben no sólo ser precisas, sino también completas. Gran parte de los bloopers online, viralizaciones -deseadas, no deseadas, espurias, manipuladas- y otras filtraciones a las que Internet nos tiene habituados están relacionados casi exclusivamente con definiciones equivocadas.

Por ejemplo, un smartphone no es un teléfono. Un audio de WhatsApp no es un mensaje que dejamos en un contestador con casete conectado a una línea telefónica analógica. Facebook no es el living de tu casa. Un correo electrónico no es una carta. Las cartas están escritas en papel y van dentro de sobres que uno mismo debe depositar en un buzón luego de adherir una o más estampillas. Si saben de alguien que esté pegando estampillas a sus mails, por favor, avísenle que no hace falta. Y le dicen de mi parte que su teléfono en realidad es una computadora de bolsillo conectada con Internet 24 horas por día.

Definiciones. Son fundamentales. La de Internet, en particular, resulta muy ardua, casi inasible, porque, simplemente, no tiene precedente. Es la primera vez en la historia humana que más de 3500 millones de personas pueden conectarse de forma casi instantánea y sin fronteras.

En todo caso, será laborioso y ha de llevar tiempo (esto es claro) que la definición de Internet termine de echar raíces en la cultura. Es lógico. La Red es algo 100% nuevo, y bastante más complejo que, digamos, un martillo o el telar.

Por ejemplo, cada vez que se filtran fotos íntimas de celebridades, los abogados de la celebridad damnificada prometen exigir que se eliminen del sitio perpetrador las enojosas fotografías. Tal promesa se basa en al menos dos definiciones equivocadas. Primera, no son fotografías; son cadenas de bits. Segunda, incluso en el caso de que el sitio acatara la orden de un juez y borrara las fotos, hay allí afuera varios cientos de millones de fans (por eso es una celebridad) que han bajado las imágenes a sus propias computadoras y que están más que dispuestos a volver a subirlas a cientos de sitios, blogs y redes sociales (porque se trata de una celebridad y porque está en nuestro ADN el querer compartir aquello que nos gusta, nos disgusta, nos indigna o nos causa admiración). Por eso la promesa nunca se concreta. No es que Internet esté mal. Es que así es como funciona la Red.

O sea, en Internet no hay compartimentos estancos. Hay varias formas de mejorar la seguridad, pero a la larga la Red es porosa. Las filtraciones no son una excepción. Son parte del conjunto de protocolos TCP/IP. El que algo se viralice tiene que ver con el humor social respecto de ciertos temas, pero Internet es Internet porque la información puede filtrarse. De otro modo, sería el correo postal. O el fax.

Imposible

¿Qué es entonces un audio de WhatsApp? Bueno, aquí hay que reparar en una palabrita que quedó perdida por allá arriba: conectar. Porque si Internet no tiene precedente, conectarse mediante Internet tampoco. Es ahí donde metemos la pata.

Volvamos a la carta de papel. Supongamos que un individuo, uno solo, quiere viralizar una carta en 1985. Porque le parece genial. O porque cree que merece denunciarse. Porque es graciosa. Porque toca el morbo. Porque da vergüenza ajena. Por lo que sea. Tiene dos caminos. Ir a un diario, a la tele o a una radio. En un puñado de casos, se sentirían interesados, pero luego harán un trabajo profesional, chequeando datos, no fabricando memes. Ya se sabe. Sin memes, no es viralización.

El otro camino es hacer fotocopias. Para llegar a, digamos, 5 millones de personas (muchos menos que los que oyeron el audio de esta semana), debería invertir 5 millones de pesos. Casi seguro le harán precio por volumen. ¿Cuatro millones?

Pero eso es sólo el principio. Ahora tiene 23 toneladas de fotocopias. Hay que que almacenarlas en alguna parte y luego empezar a distribuirlas. Pero, ¿entre quiénes? No hay Facebook, no hay Twitter, no hay listas de contactos en el smartphone. OK, hagámoslo mal, pero hagámoslo. Simplemente, el sujeto recorre cientos de kilómetros tirando hojas por debajo de puertas de casas y edificios. Gasta otra fortuna en combustible y todo el procedimiento le lleva 5 años. Es obvio que, fuera de las consideraciones financieras, si tarda 5 años en viralizar algo, no sirve. Promedio, los virales duran 48 a 72 horas.

(Dicho sea de paso, en la realidad, si nadie lo ayuda, pero se mueve realmente rápido, le va a llevar unos 30 años.)

Viceversa, en Internet tirás el mensaje en Twitter, lo ve un seguidor tuyo que tiene, digamos, 20.000 followers y le da RT. En unos minutos, lo pueden haber visto un millón de personas. Entre esas habrá alguna que tiene a su vez un millón de seguidores y le da RT. En total, no gastás más que unos centavos de la conexión y en unas pocas horas llega a 20 millones de personas. Antes del mediodía salen los primeros memes, se convierte en trending topic, llega a la tele, a los grupos de WhatsApp, a los programas de radio.

Supongo que no es menester que haga la analogía con el casete de audio. Pero el dato es importante por otro motivo. En una computadora todo se convierte en bits, en unos y ceros. Da lo mismo viralizar un audio, la captura de pantalla de un chat, una foto, un video, lo que se te ocurra. Todos son bits. Repito. Son sólo ceros y unos. No se necesita papel, ni casete, ni rollo de película.

¿Por qué se viralizan estas cosas? Porque es posible. Así de simple. Es exactamente igual que irse de vacaciones a Europa. Hace 600 años tardabas 2 meses en cruzar el Atlántico. Ahora lleva 7 horas.

Está detonado

Siempre me preguntan cuál es mi recomendación, para evitar estos papelones virtuales. En realidad, ninguna. Estas cosas van a seguir ocurriendo durante mucho tiempo todavía. Y le van a ocurrir a las personas de a pie y a políticos, deportistas, celebridades y empresarios encumbrados. Podría insistir con el hecho de que todo dato que soltás en Internet queda instantáneamente fuera de tu control. Pero la Red es disruptiva porque establece reglas de juego muy diferentes a las que conocemos. Por eso cuesta tanto incorporar ciertas buenas prácticas. Por ejemplo, no mandar un WhatsApp que no te gustaría que se viralice.

En el caso de esta semana, la supuesta cirujana envió ese supuesto mensaje a su supuesta agente inmobiliaria. Si todos estos supuestos son ciertos, ese fue el primer error, porque no es una carta de papel ni un mensaje en un contestador a casete en un mundo donde no existe Internet.

El segundo error lo habría cometido, supuestamente, la agente inmobiliaria, que, es de suponer, lo compartió en el grupo de empleados de la compañía, donde, presuntamente, alguien decidió compartirlo a su vez con sus amigos, por el tenor (diría que un poco sobreactuado) del mensaje. Quizá, si todos estos supuestos son ciertos, lo hizo sin maldad, y lo hizo porque la supuesta cirujana la incitó a compartirlo con dos personas.

Pero lo hizo basándose en definiciones equivocadas. En este caso, que un grupo de WhatsApp es estanco. No es así. Allí, supuestamente, una o más personas quisieron compartirlo en otros grupos. En este momento, la bomba está a punto de estallar. Paremos aquí la película. El supuesto mensaje contra los que toman mate en reposeras en Nordelta todavía no se ha viralizado. Miremos este fotograma en particular. Es una imagen del instante en que el percutor está a una millonésima de milímetro de detonar el explosivo.

El sujeto A le envía su amarga queja a B, que cree oportuno advertirle esto a la inmobiliaria y, porque puede, porque se hace en un toque, porque es más eficiente, lo manda al grupo de la compañía. Desde ese grupo (unos 40 miembros) sale, digamos, a otros cuatro; estoy siendo muy moderado y calculo que sólo un 10% de los participantes lo comparte. En mi experiencia, suelen ser más. Pero sigamos.

Estos cuatro grupos reúnen a unas 400 personas. Podríamos ponerle un nombre a este valor, porque aquí está el principio de la viralización. Ahora ya no son cuatro los que sienten ganas de compartirlo, sino 40. Escaló a 40 grupos y lo verán unas 4000 personas. La explosión ya es imparable. Porque en la siguiente iteración, el audio se comparte en 400 grupos, donde lo verán 40.000 personas. Aunque a estas alturas ya ha llegado a Twitter y Facebook, en los siguientes minutos, sólo por WhatsApp van a verlo casi medio millón de personas. Desde el primer clic fatal sólo han transcurrido entre 20 minutos y 5 horas, dependiendo de un número de factores.

Es todo una ilusión

El uso redundante del adjetivo "supuesto" en los párrafos anteriores tiene una razón. Puesto que todos son bits, es muy difícil determinar la autenticidad de este material. En el caso que nos toca podría ser auténtico o no. Estos días fuimos muy pocos los que apuntamos este hecho; varios periodistas con los que hablé, así como Gabriel Lucero, de #GenteRota (ver aparte), coincidieron conmigo en que esto huele como algo armado. Demasiado verosímil. Demasiado políticamente incorrecto. Menciona al ministro Nicolás Dujovne y a "gente del gobierno". Incita a pasarlo a otras dos personas. Y parece que existe hace un mes. Justo en el medio de la campaña electoral. Pero no puedo (ni me interesa) probar que es falso.

Ahora bien, y este es un dato enorme, pasamos por alto que el audio, además de viral, podría ser apócrifo en los dos sentidos que le da la segunda acepción del Diccionario de la Real Academia Española.

El dato es enorme porque, como ocurrió en su momento con un mensaje que alertaba sobre una supuesta epidemia del dengue en la ciudad de Buenos Aires, un mensaje viral puede causar no sólo indignación, sino también pánico. La posverdad (un bonito nombre para la mentira) es también el resultado de que lo que vemos y oímos en los dispositivos digitales es una ilusión.

Así que esta semana nos estuvimos matando de risa de alguien. Y quizá, secretamente, alguien se estuvo riendo de todos nosotros

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