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El arte de lidiar con la empatía y el desapego

Sábado 11 de noviembre de 2017
PARA LA NACION
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El primer libro de no ficción de Joan Didion, Slouching Towards Bethlehem (Arrastrándose hacia Belén), es una colección de ensayos sobre el movimiento hippie de San Francisco. Fue publicado en 1968 y la escena final es leyenda: Didion conoce a una nena llamada Susan; está sentada en el piso del living de una casa comunitaria, abstraída en las páginas de un cómic. Tiene puesto un sobretodo y se pasa la lengua una y otra vez por los labios pintados de blanco. "Cinco años -le dice el tipo que la acompaña en el recorrido-. De ácido".

Susan está en el preescolar, le gustan los helados, Jefferson Airplane y Grateful Dead. Quiere una bicicleta para Navidad. Durante todo un año, su madre le convidó LSD y peyote.

Poco después, en agosto de 1969, los crímenes del clan Manson representarían la aniquilación dantesca de la utopía hippie, pero esa viñeta de Didion quedaría como un rastro sórdido.

Lo interesante es lo que dice Didion cinco décadas más tarde, entrevistada por su sobrino Griffin Dunne para el documental Joan Didion: El centro cede (Netflix). Cuando Griffin le pregunta qué pensó al enfrentar a una nena de cinco años drogada, Didion -hoy una anciana en sus huesos después de las muertes de su marido, el escritor John Dunne, y de su hija Quintana- titubea y responde: "Fue oro. Si estás haciendo una nota, vivís para momentos como esos. Mal o bien".

Aquella escena y esta declaración brutalmente honesta describen la tensión nuclear del periodismo, ese "balance perpetuo entre la empatía y el desapego" que tan bien maneja la autora de El año del pensamiento mágico, como apunta Rebecca Mead en el New Yorker. La zona difusa que hay entre la conmoción y la parálisis.

Un caso histórico de la incapacidad de manejar ese balance fue el de Kevin Carter, el reportero sudafricano que sacó una de las fotografías más famosas y controversiales de la historia del periodismo. En marzo de 1993, Carter estaba en Sudán cubriendo el desastre humanitario derivado de la guerra civil. En Ayod, un poblado del sur, la ONU aterrizaba con alimentos para paliar el hambre. En el revuelo por la llegada de una provisión, un chiquito famélico quedó rezagado y se acuclilló con las manos y la cabeza en la tierra. Mientras Carter le sacaba fotos, un buitre comenzó a merodearlo. Carter siguió gatillando la cámara a unos diez metros de distancia. Se quedó un rato controlando que el buitre no desplegara las alas, y finalmente lo espantó. No hizo más nada. La instrucción de la ONU era que los reporteros no tocaran a la gente local, para evitar la propagación de enfermedades.

Al día siguiente, Carter le vendió la foto a The New York Times. Tras la publicación, el diario recibió cientos de mensajes que preguntaban por la suerte del chico. Alguien escribió que en esa escena había dos buitres: el pájaro y el fotógrafo.

El protagonista de la imagen trágica resultó ser Kong Nyong, que sobrevivió a ese día y a los años siguientes. Murió de malaria en 2008. En cuanto a Kevin Carter, en abril de 1994 ganó el Pulitzer por la foto. No superó, sin embargo, la idea de su inacción ni los tormentos de los que fue testigo. El 27 de julio de ese año, deprimido y quebrado, tapó con cinta adhesiva el caño de escape de su pickup, le dio arranque y respiró monóxido de carbono hasta morir.

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