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Sentirse un bicho raro en el Amazonas

Sábado 11 de noviembre de 2017
PARA LA NACION
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Una vez una amiga me dijo que ella no comía frutas ni verduras crudas. Le parecían demasiado vivas y le daba fobia. Lo vivo evocaba lo animal detrás de la cultura, lo salvaje detrás de la reglas de la civilización y le resultaba intolerable. Jamás podría ir al Amazonas entonces, donde sólo el treinta por ciento de las especies vegetales han sido identificadas y un sólo árbol puede albergar más de 650 variedades de escarabajos o más especies de hormigas que en todo Reino Unido.

Un paso fuera del aeropuerto internacional Eduardo Gomes, en Manaos, y la primera bocanada caliente y húmeda de la selva se lleva puestos todos los saberes urbanos. En esta ciudad, la única con aeropuerto, un puntito gris en el mapa en medio de afluentes, arroyos y canales que se entrelazan e irrigan siete millones de kilómetros cuadrados, la gente le teme más a un fallo del motor de la lancha que al apagón tecnológico.

Comunicación en Amazonas es sinónimo de río: el río es transporte, es lugar de trabajo, es proveedor de proteínas, fuente de mitos y leyendas, escenario donde juegan niños y pasean los enamorados.

Más útil que un smartphone, es hacerse amigo de un indio. Existen 64 etnias reconocidas y hay indicios de otros 52 grupos que no han tenido contacto con el exterior. Nuestra lancha atraca junto a un muelle precario y el cacique de los tukanos, con plumas en la cabeza y el rostro pintado, nos saluda: Aium pacomá, ("bienvenida amiga" ), le dice a cada una de las maestras jubiladas de New Jersey con quienes comparto la excursión.

En la maloca, casa sagrada, nos esperan las mujeres de la tribu vestidas con faldas de fibra vegetal y collares de plumas. Las maestras escuchan embelesadas la traducción simultánea del guía mientras las mujeres nos pintan la cara con tinta roja de urucum, fruto local.

El cacique explica que una cobra deja un olor ácido a su paso reciente, que las pequeñas hormigas tapibas no pican y que el contacto con la piel elimina el olor a "humano", algo muy útil para un cazador que espera su presa, por lo que es muy práctico meter las manos en sus hormigueros. La mordida de la tucandiera, en cambio, una hormiga de casi tres centímetros, da 24 horas de dolor y sólo la usan en sus rituales de pasaje de niño a hombre. La floresta infinita es su gran farmacia: distinguen el fruto que da vigor sexual, del que purifica los riñones o cura la malaria y advierten el peligro de los CAL (cabeludos, amargos y lechosos) porque son casi todos venenosos.

Los hombres se calzan cascabeles en un tobillo para marcar el ritmo, toman las flautas sagradas y tocan melodías hipnóticas mientras avanzan y retroceden del brazo de sus mujeres. Inesperadamente, nos toman del brazo y nos unen a su danza. Las maestras, del doble de altura, están felices. Antes de despedirnos, nos ofrecen sus artesanías hechas con semillas de guaraná y açai, plumas de colores y dientes de piraña. Una maestra de mejillas arrebatadas compra una piraña embalsamada que muestra los dientes. "Es para mi médico que me dijo que no me convenía venir."

Con las últimas luces del día, cada una fue a su cabaña con una indicación: nada de salir hasta que amaneciera. Del otro lado del mosquitero, un millar de insectos rugían como una manada de búfalos que me aceptaban como extranjera: era yo el bicho raro en casa ajena.

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