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Saber acompañar y ser acompañado

Miguel Espeche

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PARA LA NACION
Sábado 11 de noviembre de 2017
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Acompañar a alguien es más importante que solucionarle los problemas. Es verdad que cuando vemos a alguien pasándola mal lo primero que nos sale es señalar cuál es la manera de solucionar la cuestión o, al menos, intentar atemperar la cosa diciendo algo así como "ya se te va a pasar", "la vida sigue", "no es tan terrible" o "bueno? hay cosas peores".

Es obvio que uno no quiere ver sufrir a nadie y por eso surge naturalmente, como primera opción, el "solucionismo" del caso. Pero la solución no siempre está a la mano, y hay que aceptarlo.

Un ejemplo extremísimo de lo antedicho es lo que ocurre cuando alguien de nuestro entorno sufre la pérdida de un ser querido. Allí lo implacable hace lo suyo, ubicándonos ante un misterio crudo y sin resolución lineal. Cuando abrazamos a quien sufrió ese tipo de pérdida sabemos que no vamos a solucionarle el problema, pero estamos allí? acompañando, lo que no es poco.

"Lo acompaño en el sentimiento" se decía antaño en esas horas difíciles. Parecía una fórmula, a veces vacía, pero? como todo lo que luego se transforma en costumbre automática, en los orígenes el sentido era hondo y significativo, como lo es, sin dudas, "acompañar en el sentir".

Eficientistas, creemos que eso de acompañar es un consuelo de tontos. Pero sólo aquel que ha sufrido alguna circunstancia dura sabe lo importante que es que aparezca alguien que acompañe, que esté allí, que humanice ese tránsito que, para el que lo vive, es como un exilio.

Es la valoración del acompañamiento lo que hace que entendamos la importancia de los grupos de ayuda recíproca, que surgen en derredor de cuestiones difíciles, como la enfermedad o la muerte. A modo de ejemplo, digamos que aquellos que de repente se ven sorprendidos por la tragedia, o por un diagnóstico complicado, "raro" o extremo, suelen ser "recibidos" por ángeles que ayudan en la hora difícil. Se trata de aquellos que transitaron previamente por la misma circunstancia, que reciben al "recién llegado" para otorgarle palabras y presencia, para que no se sienta solo ante lo que le pasa. Conmueve el amor que habita esos grupos, la generosidad y la capacidad de empatía que tienen.

Esto es así porque el ser humano, con todo lo malo que se dice de él, sin embargo, acuña una sabiduría que lo hace solidario a la hora del dolor o del drama. A veces, como decíamos antes, la solidaridad es de orden pragmática, pero otras tiene la forma de palabra que consuela, un vaso de agua ofrecido en el momento justo, un brazo sobre el hombro, un estar, más que un hacer.

Muchos temen acompañar porque se sienten impotentes, sin ponderar la valía del estar allí, estando. Es verdad que no es fácil, pero es posible. "Acompañar en el sentimiento" nos permite tener menos miedo, y vivir más allá de la espuma de las cosas. No hay que saber más que otros, no hay que ser sabio, no hay que ser especial. Simplemente sintonizar con lo humano y ejercerlo, así como salga, si es hecho de corazón.

Es bueno acompañar a quien lo requiera, pero también lo es el permitirnos ser acompañados cuando nos toca, recibiendo la presencia de quien está allí para ofrecer algún reparo. A veces cuesta recibir la compañía ajena, por aquello del orgullo o del concepto "Rambo" de la vida, que hace que se vea como flaqueza el recibir una mano, una palabra o un hombro para poder sortear un mal momento.

El "cuentapropismo" existencial tiene límites que tarde o temprano llegan. Es entonces cuando sabremos acompañar o ser acompañados. Nuestra red de afectos es nuestro principal capital, y es bueno cultivarlos para vivir con mayor salud nuestra vida. Es que vale recordar que nuestra fuerza más poderosa está en nuestra capacidad de compartir, y no en otra cosa.

El autor es psicólogo y psicoterapeuta

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