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La fábula de Basilisa, la luz y el fuego: elaborada aventura con títeres

Sábado 11 de noviembre de 2017
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LA NACION
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La fábula de Basilisa, la luz y el fuego / Autor: Rafael Curci / Dirección: Eleonora Dafcik / Intérpretes: Paula Cueto, Florencia Orce, Marcelo Lizarraga y Eleonora Dafcik / Música: Cristian Arñon / Títeres: Alejandra Farley y Katy Raggi / Sala: C.C. Raíces, Agrelo 3045 / Funciones: Sábados, a las 17 / Duración: 40 minutos / Nuestra opinión: buena

Basilisa vive al borde del bosque con su anciana abuela. Sobre ellas se cierne el duro invierno ruso. El calor y la luz, esas fuentes esenciales de vitalidad, amenazan extinguirse. La niña se hace cargo entonces de encontrar la lumbre que les permita sobrevivir al frío. Sale al bosque, atravesará peligros, enfrentará la oscuridad. Será una travesía iniciática, que pasará por el encuentro con la bruja Baba-Yaga.

El relato escrito por Rafael Curci se basa en una estructura tradicional, ambientada en una geografía que remite a los cuentos tradicionales. Pero reformula la salida en un doble sentido. Por un lado, no se llega al final feliz a que apunta la salida de Basilisa: la abuela muere antes de su retorno. Pero por el otro, el tesón de Basilisa no termina con la bruja en el horno, sino con una transformación personal de Baba-Yaga, que cambia su mirada sobre la niña. Precipita así un alivio que permite superar la angustia, aunque resulte dramatúrgicamente un tanto forzada la conversión.

La puesta en escena de la titiritera Eleonora Dafcik, de larga carrera en el Grupo de Titiriteros del San Martín, lleva la obra de Curci, originalmente planteada para teatro de sombras, a un retablo de títeres de mesa. Sólo algunas escenas de transición se iluminan desde una pantalla de sombras.

La travesía de Basilisa está teñida de valor y temor. En ese mix transita con cierta pesadumbre, como quien camina contra viento y nieve. La voz de la niña, un tanto melancólica, tal vez no refleja cabalmente el componente de vitalidad que es inherente a su voluntad de seguir avanzando a pesar de los obstáculos que se le oponen en el camino. La repentina aparición de personajes secundarios como un gran oso o un pajarraco de vuelo errático ofrecen en tanto momentos de refrescante humor que permiten al espectador mantenerse atento al itinerario teatral. Faltan pulir algunos cambios de escena para no perder el ritmo del relato. Pero el montaje en la pequeña sala en el fondo del Centro Cultural Raíces tiene el mérito de abordar con intensidad una obra de factura elaborada, que va más allá del toma y daca habitual en muchos retablos.

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