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El capital quiere un PJ herbívoro

Sábado 11 de noviembre de 2017
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La broma con que Mauricio Macri agradeció el martes un desayuno con 20 ejecutivos de multinacionales pareció más una expresión de deseo que una descripción cabal de la Argentina. "Da la impresión de que el populismo se corre de nuestra zona y va a otros lados del mundo", dijo, y además de carcajadas se oyeron algunos aplausos. Era en realidad un anhelo propio, que representa además lo que los integrantes de la mesa, congregada esa mañana en el hotel Carlyle, de Manhattan, quisieran creer. Horas después, el Presidente llevó la ocurrencia al almuerzo del Consejo de las Américas.

El Carlyle es un verdadero emblema del upper east neoyorquino. Allí tuvo su departamento John F. Kennedy y todavía hoy, de vez en cuando, en general los lunes, Woody Allen toca con su banda de jazz. Macri estaba sentado a la izquierda de Maurice Raymond Greenberg, fundador de AIG, grupo asegurador que fue durante muchos años el mayor del mundo en ese rubro y que tuvo que ser rescatado por el Estado en 2008. "Hank", como le dicen sus amigos a este abogado de 92 años veterano de la Segunda Guerra Mundial, renunció en 2005 acusado de haber inflado la contabilidad de la empresa y, un año después, durante una reunión en el Consejo de Relaciones Exteriores, se trenzó en una discusión con el invitado Mahmoud Ahmadinejad, porque el presidente iraní había dicho en la exposición que tenía dudas sobre la existencia del Holocausto. Greenberg le contó entonces su experiencia: él mismo había participado del desembarco de Normandía y de la liberación del campo de concentración Dachau.

Macri había ido esa mañana acompañado por referentes de la oposición. Entre ellos Diego Bossio, Marco Lavagna y los gobernadores Juan Schiaretti (Córdoba), Miguel Lifschitz (Santa Fe), Omar Gutiérrez (Neuquén) y Omar Bordet (Entre Ríos). "Acá está la oposición. Pregúntenles a ellos cómo ven la Argentina. Yo tengo minoría y estoy obligado a negociar", dijo. El mensaje iba justo al centro de las dudas de los inversores. "La Argentina está de moda", se escucha desde hace meses en los think tank norteamericanos, pero la frase no pasa por ahora de un eslogan post kirchnerista: a quienes realmente arriesgan su capital les llevará tiempo constatar qué posibilidades reales existen aquí de volver a un manejo irracional de la economía. Porque, más que las palabras, asustan los números, la dirigencia y el contexto: el país debe dar pasos difíciles como la reducción del déficit fiscal y la reforma impositiva en un lapso de años no sólo largo para cualquier nación latinoamericana, sino que además deberá estar exento de sobresaltos internacionales.

Hay que admitir que, en ese sentido, y aun derrotado, el peronismo puede ser menos predecible que Trump y Kim Jong-un juntos. A las empresas norteamericanas, por ejemplo, todavía les cuesta olvidar fotos que no llegan a un año de antigüedad, como la de Sergio Massa y Héctor Recalde defendiendo el mismo proyecto de reforma de impuesto a las ganancias. El fantasma no es ya tanto el kirchnerismo como el humor de la sociedad y sus líderes.

Macri admite estar en minoría, sabiendo al mismo tiempo que las urnas le han dado un aval. Ese envión político rendirá examen el martes, con el tratamiento de dos leyes bonaerenses, la de presupuesto y la de endeudamiento, y volverá a ser puesto a prueba al día siguiente con un asunto caro al interés empresarial: la adhesión de la provincia a la nueva ley de riesgos de trabajo, que el Presidente juzga vital para terminar con "la mafia de la industria del juicio". El proyecto, que tiene desde mayo media sanción en Diputados y que la gobernadora Vidal se propuso aprobar con el respaldo electoral, se trabó hace diez días por ausencias en el propio bloque de senadores de Cambiemos. Al rechazo del Frente para la Victoria, que se descontaba, se sumó primero el de los randazzistas Patricio García, Fernando Moreira y Alejandro Urdampilleta. En un comunicado, el PJ anticipó que no participaría de "ninguna discusión que promueva la reducción de los derechos laborales o que suponga la retracción de conquistas logradas por los trabajadores". La iniciativa se terminó de complicar con un faltazo imprevisto, el de los radicales Carlos Ramón Fernández (Tandil) y Andrés de Leo (Bahía Blanca). "Sin estos dos no vamos a tener quórum", intuyó a las 16.50 Mónica Baro, presidenta de la Comisión de Presupuesto, cuando faltaban diez minutos para tratar el tema. Fue lo que pasó: otros senadores que pensaban estar, como la massista Micaela Ferraro, no quisieron quedar expuestos y tampoco fueron. El macrismo espera que las cosas sean más sencillas después del 10 de diciembre, con la nueva composición de las cámaras y las derrotas de Massa y Randazzo: en el Senado bonaerense, por ejemplo, ya trabaja en las adhesiones de dos votos del Frente Renovador, Fernando Carballo (Magdalena) y José Luis Pallares (Lanús), que le permitirían llegar a los dos tercios.

Como siempre, la incógnita vuelve a ser el peronismo. Entre los asistentes al desayuno del Carlyle, alguien recordó en Nueva York que Greenberg era amigo de Henry Kissinger, y que ambos habían estado juntos en Buenos Aires el 8 de julio de 1989, durante la asunción de Carlos Menem. Ha pasado tanto tiempo que las comparaciones no tienen mucho sentido. En aquellos años, la reducción del peso del Estado, el mismo desafío que la Argentina tiene tres décadas después, no asustaba tanto a la clase política. "Nuestro pueblo sabe que si hoy este gobierno le pide un sacrificio es para obtener una recompensa, un resultado concreto, una mejora tangible en su situación de vida", dijo Menem esa mañana. "Sería un hipócrita si lo negara -continuó-. Esta economía de emergencia va a vivir una primera instancia de ajuste. De ajuste duro. De ajuste costoso. De ajuste severo. (...) El pueblo argentino tiene una cita con la historia. Para responder a ese llamado, vamos a tener que hacer un esfuerzo conmovedor que comenzará en esta reestructuración de nuestro Estado nacional. Desde el Estado vamos a dar el ejemplo a través de una cirugía mayor, que va a extirpar de raíz males que son ancestrales e intolerables".

Es cierto que además aquella historia terminó mal. Que el shock de inversiones con que reaccionó enseguida la comunidad de negocios se extinguió años después en medio de un festival de deuda, gasto público e inflación. La ecuación de hoy es, por otra parte, exactamente inversa a la de entonces: Macri no viene de una hiperinflación y ha decidido ser gradual incluso con el PJ fuera de la Casa Rosada. Eso explica su insistencia en machacar ante inversores incrédulos que la dirigencia opositora es racional y que esta vez, en serio, el populismo se ha ido. © LA NACION

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