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Los pastores trashumantes, una cultura amenazada

Sábado 11 de noviembre de 2017
PARA LA NACION
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Según el censo de 2001, Bardas Blancas es un pueblo de 63 habitantes. En el censo de 2010 no se lo menciona, pero hoy allí no deben vivir más de cien personas. Queda 400 km al sur de la ciudad de Mendoza por la ruta nacional 40. El pueblo tiene apenas cuatro calles -de las cuales sólo una está pavimentada- con algunas casas a los lados, una iglesia en construcción, una sala de asistencia médica, una escuela y una delegación municipal cuyas puertas, mientras estuve ahí, estuvieron siempre cerradas. La electricidad llegó a Bardas Blancas en 2009. Un año antes, a pocos kilómetros de ahí, se inauguró el Observatorio Pierre Auger, una iniciativa de 18 países cuya finalidad es captar rayos cósmicos de alta energía. En una superficie de 3000 kilómetros cuadrados, el observatorio cuenta con 1600 tanques detectores de partículas conectados entre sí mediante un avanzado sistema de telecomunicaciones.

Quizá también sean unos 1600 los pastores trashumantes que viven en los alrededores de Bardas Blancas, cerca del río Grande. O tal vez sean más. Imposible saberlo pues, a diferencia de los tanques del observatorio, a ellos nadie los ha contado. A diferencia, también, de la información cuidadosamente registrada por esos tanques, nadie lleva registro de la vida de esos pastores de cabras que nacen y mueren en medio de aquel paisaje desértico y hostil. A sus casas, ellos les llaman "puestos". Y a sí mismos, "puesteros". Entramos a puestos de piedra construidos hace más de 200 años y a otros, más recientes, de adobe o de ladrillo. Vemos algunos desde la ruta, pero la mayoría están perdidos en el paisaje desértico, tan distantes entre sí y tan dispersos como los tanques del observatorio, aunque la comunicación entre puesto y puesto, entre una familia de pastores y la otra, no se hace a la velocidad de la luz, sino a paso de mula.

Cada día desaparecen de nuestro planeta idiomas y especies, pero hay organismos internacionales dedicados a preservar lo que se pueda. Sin embargo, nadie se ocupa de la preservación de comunidades tan pequeñas como las de estas familias trashumantes que viven en armonía con la naturaleza, sin exigir nada del Estado. Por lo visto, nos interesa más llevar registro de lo profundo del cosmos que conocer la vida de antiguas comunidades. En cada puesto vive una familia. Cuando los hijos crecen y forman pareja arman un puesto casi al lado del de sus padres. La sabiduría de la tierra, de la doma, de cómo ayudar a parir a las cabras, de cómo emparejar a cada chivito con su madre, se transmite de padres a hijos. En verano, las familias dejan sus puestos de invierno y avanzan durante días a caballo, arrean sus cabras, hasta llegar al puesto de "veranada" arriba de los cerros, donde la humedad de la nieve, derretida por el calor estival, hace crecer el pasto que los animales necesitan para engordar antes de regresar a los puestos de tierras áridas donde pasan el invierno.

Hay puesteros a quienes les va mejor que a otros. Algunos, los que están más cerca del pueblo, tienen casas con pisos y paredes de cemento, heladera, electricidad y un televisor. Otros tienen un panel solar que les dio el gobierno anterior y cuya batería, al desgastarse, los torna inutilizables pues comprar una nueva es muy oneroso. Los pisos y las paredes de las casas de los más pobres son de barro. Del techo cuelgan trozos de chivo que sobraron de algún asado. Muchos puesteros tienen ojos claros: son descendientes de inmigrantes europeos que llegaron a la Argentina huyendo de las guerras. Las tradiciones del pastoreo que les transmitieron sus abuelos se han mezclado con la sabiduría de los habitantes originarios de nuestra tierra.

Los hijos de estas familias van a la escuela albergue de Bardas Blancas. Allí, muchos de ellos prueban por primera vez la lechuga, el tomate, la acelga. Allí aprenden no sólo a leer y escribir, sino a comer con cubiertos y a lavarse los dientes a diario. Finalizadas cada tarde las horas de clase, los maestros se ocupan del tiempo de esparcimiento: les enseñan juegos, música, bailes. Los chicos barren las aulas. Tienden sus camas. Aprenden que el mundo es más ancho de lo que habían imaginado. Será sólo más tarde, cuando terminen la escuela y algunos intenten seguir sus estudios, cuando aprendan que el mundo no sólo es ancho, sino también ajeno: lo que sus maestros les pudieron enseñar no suele alcanzarles para cursar con éxito el CBC ni para trabajar en la ciudad más que haciendo changas.

Cerca de Bardas Blancas también se encuentra la antena DSA-3, una Antena de Espacio Profundo instalada por la Agencia Espacial Europea como parte de un sistema de estaciones que se comunica con las naves espaciales que surcan el espacio y reciben de ellas información.

Les pregunto a los puesteros, pero ellos no saben nada de la antena ni del observatorio. Sí saben, en cambio, interpretar el color de las nubes, el perfume del aire, la dirección del viento. Nos reciben con calidez aunque no nos conozcan. En cada puesto nos invitan a compartir su comida. Nos hablan sobre la inminente construcción del dique Portezuelo del Viento que dejará bajo el agua una localidad en la que vive un centenar de personas así como gran parte de los caminos que durante siglos han seguido las cabras en su andar. También hablan sobre la pavimentación del Paso Pehuenche a Chile, recién terminada. No les alegra que con la apertura de este paso estratégico, la Argentina abra un panorama de exportación hacia los mercados de Oriente: les preocupa que los camiones arrollen a sus cabras o que, al intentar cruzar la ruta, ellas se rompan las patas al saltar los guardarrailes.

Desde abril de este año, en Bardas Blancas hay Internet. De esto no nos hablan, pero supongo que es probable que la Web represente para su cultura una amenaza mayor que la construcción del dique y que el paso a Chile. Muy pronto los niños tendrán celulares inteligentes y mirarán, hipnotizados, las pantallas durante horas. Facebook en vez de las cabras. YouTube en vez de la dirección del viento. ¿Serán más felices entonces? ¿Extrañarán alguna vez sus saberes ancestrales? Quizá preservar lo posible y darles herramientas para no sucumbir ante lo inevitable debería ser labor no sólo de unos pocos soñadores, sino también de un Estado que valore la diversidad cultural de nuestra tierra. © LA NACION

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