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Frontera caliente: el miedo a una guerra, un sentimiento aún lejano en Corea del Sur

Las autoridades y los ciudadanos surcoreanos viven con naturalidad y poca preocupación las amenazas del dictador norcoreano, uno de los líderes más belicosos del planeta

Sábado 11 de noviembre de 2017
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LA NACION
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Un puesto de observación surcoreano en la Zona Desmilitarizada
Un puesto de observación surcoreano en la Zona Desmilitarizada. Foto: LA NACION / Silvana Colombo

SEÚL.- Desde la terraza de un observatorio, un grupo de turistas revolotea alrededor de unos binoculares de libre acceso y se ríen cuando detectan a unos campesinos que cultivan la tierra del otro lado del río Imjin. Están en la opulenta Corea del Sur y los campesinos a los que miran sudan bajo el sol de Corea del Norte.

La imagen es un reflejo de los enormes contrastes entre dos países que alguna vez fueron uno y cuya frontera es una de las zonas más calientes del planeta. Hasta la capitalista e hiperdesarrollada Corea del Sur viajó días atrás Donald Trump en su gira asiática. Su atención, sin embargo, estuvo puesta en su Némesis, la comunista Corea del Norte.

La guerra, por ahora dialéctica, entre el presidente de los Estados Unidos y Kim Jong-un, el líder norcoreano que desafía al mundo con su programa de armas nucleares y sus pruebas de misiles, tuvo un respiro: por una vez, el jefe de la Casa Blanca eligió ejercer la cautela. Se habrá contagiado de las autoridades y ciudadanos surcoreanos, que viven como si no tuviesen de vecino a uno de los líderes más belicosos del planeta.

"Estamos preparados para utilizar la totalidad de nuestras imbatibles capacidades militares si fuera necesario", apuntó Trump, que luego añadió que espera, sin embargo, que "nunca tengan que ser utilizadas".

Cambio de guardia en el sector surcoreano de la frontera
Cambio de guardia en el sector surcoreano de la frontera. Foto: LA NACION / Silvana Colombo

"Nosotros tenemos un bolso con todos los documentos preparados por si tenemos que salir de emergencia", dice Federico Heinzmann, un argentino que acaba de ser padre y es el chef ejecutivo del Park Hyatt de Seúl. Pero las emergencias para las que están preparados, señala, son más bien climáticas.

Durante un almuerzo del que participó la nacion en su visita a Corea del Sur, todos los celulares de la mesa comenzaron a sonar al mismo tiempo. Los coreanos los miraron sin apuro, era una alarma del sistema de alertas del gobierno anunciando que para el día siguiente había un pronóstico de tifón, algo habitual en la zona. Nadie se inmutó.

Sin miedo a la guerra

La posibilidad de una guerra no es algo que esté entre los miedos de Heinzmann ni tampoco se nota en las calles de la capital de Corea del Sur, que está a poco más de 50 kilómetros de la frontera. Moderna, limpia y poblada de carteles leds pero también de templos y viejos palacios reciclados, Seúl es una ciudad silenciosa y ordenada hasta para las manifestaciones políticas.

Hay una plaza para las marchas de derecha y otra para las de izquierda. En ambas, los militantes se mantienen en un espacio pequeño y delimitado desde donde exhiben sus pancartas.

Un pequeño grupo de empresas -Samsung, LG, Hyundai- controlan casi todos los aspectos de la economía y son la fuerza detrás de uno de los despegues económicos más asombrosos de la historia de la humanidad. En 1960, Corea del Sur tenía un PBI per cápita de 79 dólares. Hoy ronda los 37.000. Sus hermanos de Corea del Norte hicieron el camino inverso. Estas enormes diferencias son las que alimentan un conflicto que los surcoreanos se esmeran en menospreciar.

La necesidad de garantizar la seguridad de su país se volvió dramática porque el año que viene los Juegos Olímpicos de invierno se realizarán en Pyeongchang, una ciudad montañosa del norte de Corea del Sur.

Una turista observa con binoculares territorio norcoreano
Una turista observa con binoculares territorio norcoreano. Foto: LA NACION / Silvana Colombo

Cautela europea

Varios equipos europeos pusieron en duda su participación por la escalada en la retórica bélica de Kim y lo mismo podría ocurrir con los posibles turistas.

Ajenos a esto y confiados en la prepotencia del trabajo que les permitió escapar de la pobreza, en Pyeongchang abandonaron la calma de aldea y la ciudad ahora está atravesada por obras, máquinas y operarios.

Por estos días están terminando la rampa para salto de esquí, una gigantesca estructura de 125 metros desde donde se lanzan los atletas. La zona de aterrizaje, que durante los Juegos estará cubierta de nieve, fuera de temporada es una cancha de fútbol.

Con poco menos de 100.000 km2 de superficie, muchos de ellos montañosos, y casi 50 millones de habitantes, en Corea del Sur aprovechan cada metro. Desde el tren, en las escasas zonas donde ceden las ciudades, los espacios verdes siempre aparecen cultivados, por más pequeños que sean.

Choi il Hong es el manager de Alpensia, uno de los complejos donde se desarrollarán las competencias y admite la preocupación por las cuestiones de seguridad antes de enumerar las intensas medidas que implementarán para evitar cualquier sorpresa. "Todo estará tranquilo", asegura antes de brindar la cifra de inversión para los Juegos: 14.000 millones de dólares.

A pocos kilómetros de allí, en la zona desmilitarizada de 250 kilómetros de largo y cuatro de ancho que divide a ambos Estados, se combinan los rigores de la guerra y las frivolidades de un parque de diversiones. Los alambres de púas y las casillas militares que la recorren se interrumpen en un parque temático, con barco pirata incluido, que el gobierno de Corea del Sur montó para satisfacer a los turistas que se acercan a observar uno de los últimos resabios de Guerra Fría.

Hay banderines con inscripciones pacifistas, carteles y mapas que explican la historia, los restos de los puentes que alguna vez atravesaron el río para unir las dos Coreas y una locomotora zurcida por las balas inutilizada en medio del conflicto.

Esta zona fue la más cruenta en la guerra que duró de 1950 a 1953. El conflicto involucró a los Estados comunistas apoyando al Norte y los capitalistas, al Sur. No existe una cifra oficial de víctimas, pero se calcula que murieron más de tres millones de personas. Nunca se firmó la paz definitiva y ninguno de los dos Estados reconoce a su oponente.

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