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El mejor final, que fue también el mejor principio

Domingo 12 de noviembre de 2017
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LA NACION
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Solistas y director, unidad imbatible
Solistas y director, unidad imbatible. Foto: Liliana Morsia

Orfeo, de Claudio Monteverdi / Director: Leonardo García Alarcón / Orquesta: Capella Mediterranea / Cantantes: Valerio Contaldo, Mariana Flores, Giuseppina Bridelli, Alejandro Meerapfel, Anna Reinhold, Salvo Vitali, Estelle Leforto / Mozarteum argentino / En el Teatro Colón / Nuestra opinión: excelente

La mejor manera de celebrar los 450 años del nacimiento de Claudio Monteverdi consiste en celebrar aquello a lo que él mismo dio nacimiento: la ópera. En realidad, esa ópera en particular que, como mito fundacional del género, es L'Orfeo, de 1607. La versión deCappella Mediterranea que presentó el Mozarteum Argentino con dirección del argentino Leonardo García Alarcón resultó antológica: sin escenificación, cierto, aunque no desprovista de detalles teatrales, permitió concentrarse enteramente en la maravillosa invención de Monteverdi.

La teatralización se fundó en detalles de iluminación, como el "apagón" con la muerte de Euridice, en las salidas y entradas de los cantantes, e incluso en la disposición de los instrumentistas, como la fila de vientos que en cierto momento ocupa el primer plano en el escenario. Finalmente, la ópera por excelencia del primo barroco contiene implícitas enormes posibilidades performáticas al margen de la régie.

En uno de los ensayos recopilados en el libro Sobre la música, el pianista Alfred Brendel decía que, así como Bach podía tolerar instrumentos modernos (y él mismo tardó bastante en tocar Bach en piano), la de Monteverdi sufría en cambio una mortificación si se omitían por completo las prácticas historicistas. García Alarcón fue un verdadero maestro en el arte de administrar esa ambigüedad entre el efecto de autenticidad y una expresividad que no se desentiende de la descendencia del Orfeo. Después de todo, la música antigua no respira en un vacío histórico.

Lo dicho vale no solamente para García Alarcón sino también para las voces. Y en este punto es imposible no empezar hablando del tenor italiano Valerio Contaldo, que compuso un Orfeo que vivió enteramente en la voz. Hubo un color en Contaldo que, ya desde su primera intervención (Rosa del ciel, vita del giorno) dio la impresión, en una especie de un flashforward expresivo, que no pudiera creerse del todo su felicidad inicial. Parejamente consistentes fueron los inicios de los actos tercero y quinto. La Euridice de este Orfeo estuvo alineada: la soprano Mariana Flores se lució en un su doble papel de la amada y de La Música, que es quien, significativamente, abre en verdad la ópera ("Dal mio Permesso amato à voi ne vegno"). El aria del bajo Salvo Vitale como Caronte al inicio en el tercer acto fue estremecedora. La mezzo Anna Reinhold tiene un color inquietante: muy oscuro para el papel de La Esperanza (lo que sería toda una definición) y también para Proserpina, conmovida en el reino de los muertos. En todo caso, se la vio un poco envarada (incluso vocalmente) y sin la soltura que dominaba en el escenario. Cumplió de sobra Giuseppina Bridelli como La Mensaje, lo mismo que Alejandro Meerapfel en el papel de Plutón. Lo pastores estuvieron a la altura de sus pares del los coros.

El Mozarteum cerró su temporada de este año con un principio, un principio que se escuchó verdaderamente como si no se lo hubiera escuchado nunca antes. García Alarcón, la Cappella Mediterranea y los solistas lograron que el Orfeo pareciera escrito esta mañana. Es probable que ese ilusionismo (otro más) sea cierto.

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