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Una obsesión a diez mil pies de altura

Víctor Hugo Ghitta

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LA NACION
Domingo 12 de noviembre de 2017
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Estamos a diez mil pies de altura. El cielo es diáfano, apenas tocado por una o dos nubes ligeras. Allí debajo serpentea el curso de un río, y cuando anochece comienzan a titilar las luces diminutas como luciérnagas. El vuelo es manso, suave, plácido; releo una novela de Haruki Murakami y en los auriculares suena la voz afelpada de Beck. Sostengo el libro con la mano derecha, y apoyo la otra sobre el cabezal que tengo enfrente de mí; las piernas están cruzadas, la izquierda sobre la derecha; cada dos páginas leídas, acomodo el pelo con la mano izquierda, tres veces, separada cada una de ellas por un intervalo idéntico de un segundo. Debo quedarme así, en esa posición estatuaria, para exorcizar el temor. Antes de trasponer la puerta de ingreso, ya había golpeado tres veces el lomo plateado de la nave con la mano derecha y apoyado el pie del mismo lado en el piso para emprender el ingreso.

Ahora, estoy sentado junto a la ventanilla. Durante el ascenso, uno las palmas de las manos y junto las rodillas, siempre con los ojos cerrados. Nada está fuera de lugar. Ya en pleno vuelo, sin que hayan mediado hasta entonces sobresaltos, el avión se mueve apenas, una ligerísima vibración. Me pongo de pie, comienzo a caminar por el largo pasillo con pasos exactos, sin prisa, observando minuciosamente las imperfecciones de la alfombra (una mancha de café o un pequeño desgarro de la tela) asegurándome de que cuando vuelva a pisar allí lo haré exactamente del mismo modo y en el mismo lugar. Doy vueltas en la nave mucho tiempo. La mayoría de los pasajeros duerme. Me enternece verlos así, entregados al destino, indefensos y solos; ojalá sueñen. Es noche cerrada cuando una azafata negra me sonríe con los dientes blanquísimos.

-Usted parece ser parte de nuestro equipo -dice. Me ha visto caminar por los pasillos durante horas, treinta o cuarenta minutos cada vez, con interrupciones periódicas que me han devuelto a mi asiento y reanudado la larga y penosa serie de manías que conforman mi obsesión. ¿Por qué no tomo pastillas? Siempre hay que estar en control. Y ahora -no es broma- prestarle atención a la tripulación.

Es herencia de familia. Mi padre solía encender y apagar el interruptor de la luz varias veces antes de dejar un cuarto, cerraba y abría tres veces la cerradura de la puerta de calle, corregía diariamente la dirección de los flecos de las alfombras y circulaba por el piso de madera del la casa montado sobre dos patines de felpa para quitar las manchas que sólo él podía ver. Lo recordé con un cariño francamente reparador el día en que vi cómo Jack Nicholson desplegaba su colección de manías obsesivas en Mejor imposible.

Aquel día decidí no subirme más a un avión. Me contenté pensando en Emilio Salgari, quien con la sola fuerza de su imaginación y sin siquiera abandonar su casa transportó a varias generaciones de lectores a lugares remotos de maravilla en novelas como El león de Damasco, El Corsario Negro y Sandokán.

Un amigo me refirió en esos días la historia de Slomo. Es un cuento muy pequeño, quizá la obra de un demente o de un extraviado, pero no de un excéntrico. Esa tarde comprendí por qué desde el fondo de los tiempos el hombre soñó con volar e intentó replicar el vuelo de los pájaros, a quienes el gran Leonardo Da Vinci observó con la precisión de un ornitólogo y la curiosidad de un poeta y hombre de ciencias antes de inventar sus célebres ornitópteros hacia 1490.

Slomo tiene 69 años, es neurólogo y durante dos décadas el prestigio que alcanzó en su profesión le permitió brindarle a su familia una vida económicamente holgada. Pero una noche descubrió que no era feliz. Se subió a una tabla de skate, y desde entonces todos los días sin excepción se desliza por la rambla de una playa de San Diego en la costa del Pacífico. Se apoya en una pierna, inclina el cuerpo hasta ponerlo en posición perpendicular al piso y sonríe mientras vuela con los brazos abiertos ante la mirada entre atónita y cómplice de los paseantes. Un documental de The New York Times recupera su historia, en la que resuena el candor de los poetas y de los locos. "Es como volar", dice él con inocencia infantil, sin perder jamás la sonrisa y vaya a saber Dios sobrevolando qué mundos de fantasía. Es la risa de un niño que se eleva al cielo llevado por sus alas de libertad.

PLAYLIST

Mientras escribí este texto escuché: Salvavidas de hielo, Jorge Drexler; Maré, Adriana Calcanhotto; Gil Luminoso, Gilberto Gil

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