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La muerte, entre lo real y lo fantástico

Lunes 13 de noviembre de 2017
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LA NACION
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Elogiables actuaciones en un numeroso elenco
Elogiables actuaciones en un numeroso elenco.

Casa Linguee / Dramaturgia y dirección: Christian García / Intérpretes: Paula Aguirre, Ignacio Arroyo, Gustavo Barbeito, Natalio Bellíssima, Yamil Chadad, Lucas Crespi, Estefanía D'Anna, Fernando de Rosa, Camila Cruz, Christian García, Claudio Maino, Alejandro Pérez, Daniela Piemonte, Julián Sortino, Ricardo Tamburrano / Iluminación: Ricardo Sica / Música: Julián Sortino / Asistente de dirección: Daniela Piemonte / Sala: Teatro del Abasto, Humahuaca 3549 / Funciones: miércoles, a las 21 / Duración: 65 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Hay obras que antes que plantear el tema, el conflicto o los perfiles de los personajes lo primero que hacen es construir una atmósfera. Así sucede en Casa Linguee: un espacio gris que al principio muestra personajes detrás y delante de los espectadores, dos hombres tristes, con la mirada perdida. Una luz cenital focaliza en uno de ellos, que comienza a hablar de un amor que lo abandona. Dice: "A medida que ella se alejaba, volvía a ser cada vez más hermosa", mientras se oscurece lentamente, hasta que ya no podamos ver nada más.

Casa Linguee es una obra atípica para el teatro independiente. En principio, porque tiene 15 actores en escena, un número infrecuente si se tiene en cuenta que las complejas condiciones de producción hacen difícil que se pueda sostener un espectáculo con tantos personajes. Pero, además, porque fusiona el género fantástico con una tendencia realista: es en esa indefinición, entre un realismo que nos genera sospechas, que no terminamos de entender y un solo hecho increíble, que se aleja de lo doméstico y lo cotidiano, es que esta obra tiene su mayor fuerza e interés.

La obra escrita y dirigida por Christian García sucede en un espacio de trabajo: una empresa de servicios fúnebres. La muerte rodea por capas la situación: todos están tristes, cargando un infierno interior que no se termina de develar. También suma a esa tensión el mundo alienante y burócrata del mercado laboral. Firmar para cobrar el presentismo, lidiar para que les reconozcan las horas extras o los intereses del sindicato. Entre la deshumanización del trabajo y la muerte inherente a sus tareas, hay algo más latente que se definirá al final.

Esta obra, con sus 15 personajes en escena que transitan el espacio, hablan entre ellos, se miran, se cambian o se quedan inmóviles, tiene la actuación en el centro de la escena. Entre el trabajo colectivo y sus individualidades, cada uno tendrá su momento para mostrar su fobia, su dolor, su frustración o, simplemente, aquello que esconde. Hay escenas que por momentos se dicen en susurros u otras en las que predomina el silencio. Así se logra una condensación de esa atmósfera tan bien definida y en una puesta que, con mínimos recursos escenográficos, logra construir un clima verosímil, pero enrarecido a la vez, en el que siempre falta una especie de investigación por parte del espectador, quien termina de completar aquello que se plantea.

El diseño de luces de Ricardo Sica también aporta a la construcción de este clima que oscila entre el realismo y lo fantástico, oscurece la tristeza de alguno o carga de dramatismo el resentimiento de otros. En medio de estas historias particulares y colectivas que desarrollan los empleados de Casa Linguee, hay una tarea que finalmente deberán hacer todos: velar y enterrar a un muerto. Pero ¿quién es? El dolor une a estos personajes y es lo que forma parte del asombro de esta obra que crece en su búsqueda de un lenguaje propio y original.

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