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Un drama que la música convierte en esperanza

Lunes 13 de noviembre de 2017
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PARA LA NACION
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Tomás Wicz, Déborah Turza y Paloma Sirvén
Tomás Wicz, Déborah Turza y Paloma Sirvén.

Mamá está más chiquita / Libro y letras: Ignacio Olivera / Dirección musical, música y letras: Juan Pablo Schapira / Elenco: Déborah Turza, Tomás Wicz, Paloma Sirvén (cover: Julia Tozzi), Juan Manuel Barrera Hernández y Ana Padilla / Vestuario: Marisol Castañeda / Escenografía: Lucila Rojo, Gastón Segalini / Luces: Caio Senicato, Samir Carrillo / Asesor coreográfico: Diego Bros / Producción: Valeria Di Toto / Dirección: Andie Say / Teatro: La Comedia, Rodríguez Peña 1062 / Funciones: martes, a las 21 / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: buena

Una madre viuda se enferma con el peor pronóstico sin otra salida que dejar a los dos hijos adolescentes a cargo de su mejor amiga: un drama, sin duda. Pero la manera de abordarlo puede transformar la amargura en un cuento sobre la supervivencia de los vínculos frente a cualquier adversidad. A ese recorrido amoroso en que los sueños son capaces de competir con la realidad apuesta el musical Mamá está más chiquita, de Ignacio Olivera y Juan Pablo Schapira, dirigido por Andie Say (The Rocky Horror Show). Es una de las ganadoras de la Bienal de Arte Joven. La dupla creativa Olivera-Schapira ya había pasado por esa experiencia en la Bienal 2015 con Caso de éxito (Premio Hugo al mejor musical off 2016), pero este año alcanzó la instancia final junto con el otro musical elegido, No me digas que ya sé, de Matías Prieto Peccia, Mariel Vélez y Vanesa Butera.

Una mesa con sillas, la alacena, la cama, un velador, muy pocos muebles para mostrar una casa sencilla donde vive esta familia que presenta su funcionamiento desde la primera escena, con un gran número musical que convierte la cotidianidad del living en un barco con capitana y tripulantes. Rita (Déborah Turza), jefa del hogar "monomarental" -"el barco que siempre flotaba", dice la canción-, es la mamá de Diego (Tomás Wicz), un chico inmaduro emocionalmente para sus 18 años, y Clara (Paloma Sirvén), de 16, obligada a ubicarse en el "puesto de vigía", ya que, a pesar de ser menor, debe asumir el cuidado de un hermano demasiado sensible.

La relación entre Rita y Diego es la línea fuerte de esta historia. Toda la ternura está contenida en este intercambio: una madre sobreprotectora y un hijo que la idealiza, capaz de mirarla en sus detalles y observar que estaba cada vez "más chiquita". La canción hiperedípica "Tenés que elegir a mamá", que Rita le canta a su hijo preocupado por el sexo, es tan divertida como naíf, y entre los dos, Turza y Wicz, logran uno de los mejores momentos de la obra. El personaje crítico en este triángulo familiar es Clara, quien no encuentra su lugar y quiere lograr autonomía con Germán (Juan Manuel Barrera Hernández), el novio cansado de "soportar" al hermanito con problemas. Sin embargo, las circunstancias llevarán a Clara a tomar el timón y "hacerse grande", como canta cuando debe decidir dónde plantar bandera. Todo lo sembrado por esa madre, su latiguillo "llorar no arregla nada", va a aflorar para curar las heridas y seguir adelante.

Excelentes voces para estas canciones melódicas, con muy lindas letras y que se amalgaman perfectas con la acción. Si bien es muy emotiva, la historia nunca cae en la tristeza. Cuando Rita explique a sus hijos las razones de su suerte, lo hará con "Porque sí", un himno new age contra la autoconmiseración y a favor de aceptar las vueltas del destino. Y cuando finalmente "desaparece", lo hace de manera literal, detrás de una tela como si fuera un acto de magia. Podría haber sido el final. Sin embargo, en la escena siguiente, se ve a Alicia (Ana Padilla), una amiga de Rita, y a Germán charlar sobre los planes a seguir con los huérfanos. En esta segunda parte, ya sin Turza en escena, la obra decae un poco. Es una pena que no se haya aprovechado más una intérprete con la experiencia de Padilla: Alicia, su personaje con poca participación, no canta. Por otro lado, Barrera Hernández, que es muy buen cantante, actúa un novio un tanto contradictorio entre la obsesión y el desapego por Clara.

De todos modos, la obra tiene un broche muy dulce, con Sirvén y Wicz. Con esa imagen y esa sensación queda el público: una sonrisa melancólica ante lo que no se puede cambiar.

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