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Belén Ávila: "Si no iba a limpiar casas me quedaba cuidando a mi mamá"

Lunes 13 de noviembre de 2017
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Con 12 años, Belén Ávila se vio ante la urgencia de tener que ayudar en su casa porque la plata no alcanzaba. Su mamá se había enfermado, y ella tenía que cubrirla en su trabajo como empleada doméstica. El resto del tiempo se ocupaba de cuidar a su madre y a sus hermanos menores.

"Cuando sos chica es más fácil conseguir empleo. Te toman más rápido. Por lo menos, a mí me pasó así", dice la joven.

Sus hermanos más grandes también tuvieron que trabajar antes de cumplir los 18. El mayor se tuvo que cambiar a una escuela nocturna para hacerlo. El que le sigue, directamente, abandonó los estudios para dedicarse a la albañilería tras ser changarín en un mercado cercano a la Avenida General Paz.

Ser albañil o levantar cajones en un mercado son dos de los empleos informales que encuentran rápido los menores del oeste del conurbano. Para las chicas, las tareas domésticas dentro o fuera del hogar, o la atención en un comercio, son algunas de las primeras salidas laborales.

Para fines del invierno de 2011, los padres de Belén se habían separado. La ruptura definitiva con su papá se dio por situaciones de violencia, los problemas económicos eran cada vez mayores y la dificultad pulmonar que su madre arrastraba bajo la forma del asma empeoraba.

Una historia que se repite

"Mamá trabaja como empleada doméstica desde los 16. Empezó de muy chica porque se quedó huérfana. Limpia y cuida chicos, abuelos. Cuando se puso mal de los pulmones, tuve que ayudarla o ir en su lugar; tengo otra hermana mujer, pero tiene una discapacidad y no puede trabajar. Si no iba a limpiar casas me quedaba cuidándola a ella y a mi otro hermano menor. No faltaba demasiado a clase, pero a veces no podía ir, igual nunca repetí ni me quedé libre", recuerda Ávila.

Hasta que a los 14 sufrió un maltrato de una empleadora de Castelar y no quiso seguir más trabajando en casas de familia. "Además, llegaba muy tarde a casa, me tenían que buscar en la parada del colectivo, era peligroso, y perdía mucho tiempo para estudiar. Pero no alcanzaba la plata, así que entré en una carnicería y realicé cursos de peluquería y maquillaje en Isidro Casanova", agrega.

Punto de inflexión

Cuando se remonta al punto de inflexión en el que su vida explotó por los aires, aparece el relato de principios de septiembre, cuando recién había cumplido sus 12 años.

"Mi papá ya estaba separado de mamá, pero en esos meses empezó a ponerse violento. A veces venía a casa, entraba y a mí la cabeza no me daba más. Somos cinco hermanos, yo soy la del medio, y una chica más grande que yo venía a cuidarnos cuando mamá salía a trabajar a Castelar. Una tarde encontró la puerta de casa abierta. Le llamó la atención. Adentro, en la pieza, estaba mi papá", relata.

Y agrega: "Se armó un lío. Hubo que llamar a la policía, cambiar la cerradura, pero terminamos mudándonos a Laferrère. Teníamos miedo. Recién hace dos años que volvimos a Catán".

Hoy, Belén les corta el pelo a algunos vecinos. Es un trabajo esporádico por el que recibe un poco de dinero que lo aporta a la casa donde ya no son seis los integrantes, sino siete, "porque se incorporó la pareja de mamá, que trabaja en un supermercado". Belén no está conforme, pero tampoco sabe muy bien qué hacer. Tiene 18 años recién cumplidos, está por terminar el secundario. "No sé qué estudiar. Sólo sé que quiero encontrar un trabajo mejor, estable. Pero está difícil".

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