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Diana Nyad: "Que nunca nadie nos vuelva a silenciar"

Lunes 13 de noviembre de 2017
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Diana Nyad fue la primera persona en cruzar a nado de cuba a florida
Diana Nyad fue la primera persona en cruzar a nado de cuba a florida. Foto: Archivo

Diana Nyad fue la primera persona en cruzar a nado de cuba a florida

Edad: 68 años

Libro de memorias: Find a way Diana Nyad

Nueva York (The New York Times).- Ahí estaba yo, una joven atleta de voluntad de hierro. Y ahí estaba él, un carismático pilar de la sociedad. Pero soy yo la que después de tantísimo tiempo, a los 68 años de edad y por más feliz y realizada que esté, sigue teniendo que lidiar con el odio y la vergüenza que se genera cuando una ha sido silenciada.

Mi caso particular es reflejo de innumerables otros. Tenía 14 años, que en 1964 eran sinónimo de ingenuidad. Creo que por entonces no habría sido capaz de dar una definición de lo que era una relación sexual.

En más de un sentido, mi instructor de natación era el padre que yo siempre había anhelado. Lo conocí a los 10 años, y los primeros cuatro años estuvieron marcados por un fuerte lazo de alumno-mentor. Él me repetía incansablemente que yo tenía todas las condiciones necesarias para sorprender al mundo algún día. Yo lo idolatraba. Su palabra era palabra revelada. Le construí un pedestal y yo, desde abajo, miraba al centro de mi universo.

Ese verano, nuestra escuela era sede del campeonato del estado. Era toda una ocasión, y yo era la estrella. Una tarde, entre las competencias preliminares de la mañana y las finales de la noche, rebosante de confianza y seguridad en mí misma, fui a la casa de mi instructor a dormir una siesta. Era algo de lo más normal: la casa de mi entrenador, con su familia, sus hijos, todo formaba parte de la cotidianeidad del equipo de natación.

Cuando ocurrió, yo estaba profundamente dormida boca arriba en el dormitorio principal. De pronto, de la nada, lo tenía encima. Me estaba bajando la malla. Me agarraba los pechos y se babeaba encima de ellos. Gemía y respiraba agitadamente. Yo no respiré durante al menos dos minutos, con el cuerpo petrificado en una postura impenetrable. Tenía los brazos clavados a los costados, pero igual me temblaban. Me rogó que abriera las piernas, pero yo las apretaba con todas mis fuerzas. Si la respiración es la que nos da fuerzas, yo ese día sentí que mi cuerpo se hacía fuerte por lo contrario, por no respirar. Eyaculó sobre mi estómago, sobre mi atlético torso que tanto me enorgullecía y que ahora de pronto veía mancillado con esa sustancia extraña y asquerosa.

Cuando se escabulló de la habitación, tomé aire como si me hubiesen sostenido a la fuerza la cabeza bajo el agua durante dos minutos. Vomité.

Esa noche no era yo. Mis compañeros de equipo casi tenían que empujarme para que me zambullera. Yo ni escuchaba los llamados por los altoparlantes. Finalmente, ganamos la competencia por equipos, pero mientras mis compañeros festejaban y gritaban de alegría, yo me sumergí hasta el fondo de la pileta. Habían herido de muerte mi mundo juvenil y me sentía completamente sola con mi confusión y mi miedo. Y ahí, en el fondo de ese abismo de agua negra, grité: "Esto NO va a arruinar mi vida".

Tal vez haya escapado de la ruina, pero ese día, mi vida de joven cambió drásticamente. Aquel primer episodio marcó el inicio de años de acoso encubierto. Durante el resto de la escuela secundaria, me convertí en una chica solitaria, algo totalmente ajeno a mi naturaleza. Dejé de ostentar el título no oficial de "la más disciplinada del equipo", la que llegaba a entrenar antes del amanecer: no podía correr el riesgo de topármelo estando sola. En horario de clase estaba distraída, con fantasías de rebanarme los pechos del cuerpo con una navaja de afeitar. De la noche a la mañana, empecé a ir por la vida como un soldado solitario. No necesitaba nada, de nadie.

El mío es un escenario de otra época. Entrenadores, sacerdotes, médicos, líderes de grupos juveniles, padrastros, y sí, productores de cine, que durante demasiado tiempo hicieron presa de sus supuestos apadrinados. Y esta no es la primera vez que cuento mi historia. A los 21 pude poner el palabras por primera vez los detalles que aquellos años de humillación. La sensación de poder que sentí al hacerlo fue inmediata.

Para mí, estar silenciada era un castigo equivalente al acoso. Las demandas legales demostraron ser una y otra vez ser fútiles, pero al menos podía recuperar mi dignidad cada vez que contaba la verdad. Hace casi cinco décadas ya que vengo gritándola a los cuatro vientos, y eso ha sido crucial para mi propia salud. También le ha dado fuerza a otros para contarla. Y seguiré contando mi historia hasta que todas las niñas y las mujeres hayan encontrado su propia voz.

Diana Nyad fue la primera persona en cruzar a nado de cuba a florida
Diana Nyad fue la primera persona en cruzar a nado de cuba a florida. Foto: Archivo

No sufrí en carne propia el Holocausto. Nunca tuve que vivir los horrores de la guerra. No quiero pintar una imagen trágica de mi juventud, pero me pasé todos los días de mis años de secundaria aterrada ante la posibilidad de que volviera a pedirme que me quedara después del entrenamiento, me subiera a su auto y me llevara a pasar esa hora repugnante en el albergue transitorio de la esquina. No estaba estudiando con mis amigos. No estaba en casa con mi familia. Estaba apretando los dientes y las piernas hasta que todo terminara, para poder respirar de nuevo. Y yo me quedaba callada. Siempre callada. Él me decía que compartíamos algo especial, que si alguien se enteraba mi vida se iba a derrumbar, que lo que había entre nosotros era algo mágico. Nuestro secreto.

Ese acoso y esos ataques fueron una constante de mi vida adolescente. Yo estudiaba, tenía amigos, ganaba premios. Hacia afuera, era osada, segura de mí misma, orgullosa de mis éxitos. Pero era una capa de barniz muy fina. En mi interior, vivía el trauma perpetuo de ser sujetada, de recibir calificativos misóginos y órdenes de no abrir la boca. Quería estar en cualquier lado menos ahí. Quería ser cualquiera menos yo.

Tenía 21 años cuando le conté esa horrenda saga por primera vez a alguien. Bastó con un viaje de fin de semana a Michigan a la fiesta de cumpleaños de mi mejor amiga de la secundaria, para que todos los detalles más cruentos y escabrosos salieran imparables de mi boca. El alivio que sentí era palpable. Lloré. Mi amiga lloró conmigo, me abrazó, se tomó su tiempo y finalmente me dijo: "Diana, menos mal que estás sentada, porque a mí me pasó lo mismo." El mismo entrenador. Las mismas exactas palabras. El mismo colchón en el cuartito del vestuario. La misma manipulación encubierta. El mismo secreto especial. Y pronto me enteré que tampoco éramos sólo nosotras dos. Nunca lo es.

Cuando lo confrontamos delante del director y del abogado de nuestra ex escuela secundaria, él se arrodilló frente a mí y sollozó diciendo que no podía entender por qué mentía tan alevosamente. Al día siguiente lo echaron. El director me dijo que tenía sus sospechas y que hasta había recibido denuncias de testigos a lo largo de los años, pero que nunca lo habían encontrado in fraganti.

Al final de ese proceso, el director nos preguntó a mí y a mi amiga si el despido del entrenador nos parecía suficiente castigo. Me tomé un minuto para pensar, y respondí que sí. En ese momento no sabía que él se mudaría de inmediato al pueblo de al lado, donde rápidamente lo contrataron como jefe de entrenadores de una prestigiosa universidad. De haber sabido que ese hombre seguiría dañando a otras chicas, de haber sabido lo profundas que serían las marcas de sus acciones durante el resto de mi vida, lo habría demandado penalmente sin pestañear.

Por el contrario, fue un hombre homenajeado por la comunidad deportiva, por sus vecinos y por su iglesia hasta su muerte, en 2014. Entró en el Salón de la Fama y llegó hasta el escalón más alto al que puede aspirar un entrenador: los Juegos Olímpicos. Así se va tejiendo la tela de la epidemia. Esos individuos que por lo general son socialmente encantadores reciben honores y trofeos por su capacidad de liderazgo, desde los asquerosos Weinstein que hay en Hollywood hasta las inescrupulosas "figuras paternas" que hay diseminadas en cada barrio. Las estadísticas revelan la alarmante cantidad de abusadores sexuales que hay entre nosotros.

Y ahí surge la necesidad de que levantemos nuestra voz. Tenemos que reunir un archivo exhaustivo de esos abusos. Y tenemos que educar a las generaciones venideras para que levanten la voz cuando el hecho ocurre y no se dejen coaccionar durante años de muda indefensión.

Cuenten su historia. Que nunca nadie nos vuelva a silenciar.

Traducción de Jaime Arrambide

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