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La muerte de su mejor amiga la llevó a ayudar a peregrinos y darle un nuevo sentido a su vida

Lo sucedido la llevó a transformar su dolor en amor; y fue en la asistencia desinteresada a los demás donde encontró su bienestar

Jimena Barrionuevo

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PARA LA NACION
Martes 21 de noviembre de 2017 • 00:23
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Después de meditarlo, evaluar las diferentes alternativas y preguntarse una y otra vez qué sería de su futuro, María Cecilia Novillo tomó -quizás- una de las decisiones más difíciles de su vida. Tenía dos hijas, se había dedicado exclusivamente a criarlas y ahora, cuando el amor en su matrimonio se había terminado y había optado, con mucha valentía y honestidad, ponerle fin a esa relación que ya no la hacía feliz, necesitaba encontrar una fuente de ingreso para sostener a lo que había quedado de su familia.

No estaba convencida, pero dio el primer paso. Se anotó en un curso para aprender y conocer todo sobre el masaje con la esperanza de que, en algún momento, esa capacitación que comenzaba se convirtiera en su profesión. "Me anoté en ese curso porque necesitaba una profesión para trabajar y criar a mis hijas. Me había separado unos meses antes y había quedado al frente de esta nueva familia por mi decisión y elección. Cuando fui por primera vez a clase y vi la práctica, me enganché enseguida. Era la primera vez que empezaba y terminaba algo", recuerda quien hoy es masajista profesional y se dedica hace más de once años a ejercer, con orgullo, su pasión.

Fue en ese contexto donde conoció a Lorena, una amiga entrañable que la ayudó a superar la angustia de su separación y encontrar, en su interior, las herramientas que le iban a permitir ser feliz. "A Lorena la conocí en el curso de masajista e inmediatamente nos relacionamos. Tenía una luz muy particular. Me enseñó a mirar la vida desde otro lugar, fue mi maestra en muchas cosas", recuerda Cecilia. Pero al poco tiempo, una nueva pérdida iba a sacudir a Cecilia. Su amiga del alma se enfermó y en cuestión de meses falleció. Cecilia quedó desolada.

Dar para recibir

Con el mes de septiembre llegó la esperanza para Cecilia. En Salta, su provincia natal, comenzaban las peregrinaciones por la Fiesta del Señor del Milagro, que todos los años atrae a más de un millón de fieles de todo el país y de nacionalidades limítrofes. "Decidí ir a Cachi, subí la Cuesta del Obispo y me paré en La Cruz de los Peregrinos a esperar. No sabía muy bien qué iba a pasar o cómo iba a manejar la situación. Me habían invitado a formar parte de un grupo de ocho masajistas para asistir, a la hora del descanso, a los más de 800 peregrinos que estaban por llegar. Todo pasó muy rápido: les hicimos limpieza en los pies, curamos sus ampollas, les dimos un masaje e hicimos el recambio de medias", recuerda emocionada. Por devoción, por promesas, por un pedido especial o por agradecimiento, los peregrinos que se acercan cada año a ese inhóspito lugar caminan casi una semana para cumplir su cometido.

"Puedo decir que la labor con los peregrinos nació después de que Lore murió. Necesitaba transformar ese dolor en amor haciendo algo que implcara mi esfuerzo y que valiera la pena. Y así fue. Cuando terminó el día sentí paz, me sentí realizada y emocionada y me prometí que iba a volver todos los años para prestar ese humilde servicio en honor a mi amiga", asegura Cecilia que asiste desde entonces a quienes se acercan a recibir un descanso para sus pies.

A los diferentes puntos donde se ofrece asistencia, llega todo tipo de personas, de todas las edades: chicos, madres con sus hijos en cochecitos, muchos jóvenes y personas mayores de todas las clases sociales. "Los pies sufren y se llenan de ampollas. Pero a ellos el dolor no les interesa en esos días. Lo que valoran es llegar a la Catedral y dar por cumplida la promesa. Le dedicamos a cada uno entre 15 y 20 minutos para poder atender a todos. Escuchamos sus historias, los acompañamos cuando emocionados lloran porque lograron sortear diferentes obstáculos y aprendemos a valorar lo que nosotros tenemos cuando los más humildes agradecen por lo mucho que tienen. Es una experiencia realmente movilizadora", dice Cecilia conmovida.

Ya pasaron ocho años desde aquel momento. Hoy son más de 150 los masajistas y voluntarios que forman parte de este servicio por y para los demás. Además acompaña la labor un grupo de enfermeros, médicos y cocineros que preparan almuerzos y cenas para que los que van llegando repongan energías. "Son cuatro días muy intensos porque, para realizar la asistencia, viajamos a distintos puntos: Santa Rosa de Tastil, La Cruz de los Peregrinos, Ingeniero Maury y Campo Quijano y General Güemes. Nos movemos en una camioneta que alquilamos y cargamos ahí todo el material que necesitamos para que cada masajista haga su labor: aceite para masajes, antiséptico para heridas, tijeras, gasas y cascos con linternas (ya que a la noche también trabajamos, ¡incluso con temperaturas de 3°C!)-", relata Cecilia. Además cada una de las personas que es asistida recibe una bolsa con alcohol en gel, medias y toallas femeninas que usan a modo de plantillas para que no se humedezcan los pies y salgan ampollas. Cecilia tiene además la enorme alegría de estar acompañada por sus hijas, que también hacen masaajes. "Creo en la reciprocidad del amor genuino. Vivo de lo que amo, mi profesión me dio la posibilidad de conocerme humanamente, me cambió la vida", concluye.

La voz del especialista

Paz Cordoni, reflexóloga y asesora en Directo de Huerta Welnness Consulting, explica cuáles son los beneficios de la reflexología, una práctica milenaria que tiene numerosos efectos positivos para el organismo.

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