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Joaquín Sabina: una historia de amor incondicional

Martes 14 de noviembre de 2017
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PARA LA NACION
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Joaquín Sabina, lo niego todo / Intérprete: Joaquín Sabina (voz, guitarras) / Músicos: Pancho Varona (guitarra, voz), Antonio García de Diego (teclados, guitarra, voz), Pedro Barceló (batería), Jaime Asúa Abasolo (guitarra, voz), Josemi Sagaste (saxo, clarinete, acordeón), Tamara Barros (voz, coros) y Laura Gómez (bajo, coros) / Sala: Luna Park / Nuevas funciones: desde mañana / Nuestra opinión: muy bueno

Sabina, sólido y lejos de los excesos de otros tiempos
Sabina, sólido y lejos de los excesos de otros tiempos. Foto: Ignacio Sánchez

Inexorablemente, cualquier análisis sobre una actuación del andaluz Joaquín Sabina tiene que partir de la base del inmenso amor y la profunda empatía que el cantante ha generado con el público de la Argentina. "El mejor piropo que pueden decirme es que soy un porteño más", dijo promediando el show del Luna Park, en una situación de "gallego" vecino del barrio que sólo es equiparable por aquí a la de Joan Manuel Serrat. Funciones en Rosario, Córdoba, San Juan, Mar del Plata y Neuquén, y once fechas en el Luna Park, que se garantizan colmadas, hablan más de quienes lo admiran que de él mismo, porque van a encontrarse con un viejo amigo atorrante que, a fuerza de años y de sacudones, ha decidido bajarle algunos decibeles a la vida. Incluso en este retorno al trabajo en solitario -después de aquellos tiempos de dúo con su "primo", el catalán Serrat- se lo ve más sobrio, sin los excesos por momentos misóginos y algo vulgares que mostraba en esas épocas, y por tanto muchísimo mejor como artista.

Joaquín Sabina es una marca registrada. Es una manera personal de escribir letras, casi todas con músicas de sus compañeros de años Antonio García de Diego y Pancho Varona, con rimas voluntariamente cacofónicas y metáforas graciosas, con una mirada algo escéptica sobre el amor romántico y con constantes citas a las trampas y a los excesos. Es también un modo de cantar, con su inconfundible voz cascada; "Esta es la única banda del mundo donde todos los músicos cantan mejor que el cantante principal, pero así es el mercado", dijo riéndose de su propia dificultad. Y Sabina es esa mezcla de sonido andaluz que aparece por todos lados, un toque rocanrolero a la española, una fuerte influencia de la ranchera mexicana y la impronta de la modalidad de cantautor que coloca, siempre, a la voz y a los textos bien al frente.

Todo esto se cumplió de sobra en un Luna Park, que lo festejó desde el primer tema hasta el último bis. Arrancó con una seguidilla del material del último disco, Lo niego todo, al que llegó después de ocho años sin meterse en un estudio. Algo reiterado en sus formas y su estilo, cuesta imaginar que estas composiciones se instalen en el imaginario popular como ocurrió con otras del pasado; aunque finalmente eso nunca se sabe. Sí vale decir que, de allí, se muestra en su mejor expresión con "Lágrimas de mármol".

Después, como todos esperaban, llegaron las canciones más queridas: "Con la frente marchita", "La del pirata cojo" -en la interpretación de Varona como solista-, "Una canción para la Magdalena", "Por el boulevard de los sueños rotos", "Peces de ciudad" -de lo más logrado de todo su repertorio-, "19 días y 500 noches", "A la orilla de la chimenea" -aquí el solista fue García de Diego-, "Noches de boda", "Y nos dieron las 10", "Princesa"... La maravillosa corista Mara Barros tuvo su lucimiento en "Y sin embargo te quiero" y "Hace tiempo que no", de su disco personal. El muy rocker Jaime Asúa -ex grupo Alarma- se lució en "Seis de la mañana".

La banda rindió siempre, con la presencia sólida de un baterista de perfil bajo que es fundamental para sostener todo, con una bajista y corista argentina que es un buen aporte a esta formación actual, y con un saxofonista de falda escocesa que aporta histrionismo y virtuosismo. Y todo se redondeó en el mismo Sabina que, cerca de la barrera de los 70 y después de algunos sacudones que le diera la salud, se deja ver emocionado y gozando de una fidelidad y de un afecto rioplatense que son cada vez más incondicionales.

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