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Defender la salud de todos

Martes 14 de noviembre de 2017
PARA LA NACION
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Se equivocan quienes afirman que, dado que ni plataformas políticas ni discursos electorales levantan la problemática sanitaria, en la Argentina "la salud no le importa a nadie". Por el contrario, la salud constituye una de las mayores preocupaciones de los argentinos. Prueba de ello es que, cuando son consultadas al respecto, las personas privilegian su salud a su economía.

Esta situación paradójica de que una prioridad de los ciudadanos permanezca ausente del discurso político se explica porque hemos dejado que nuestra salud se constituya en un problema individual. Algo que cada uno debe resolver por su cuenta utilizando los recursos de que dispone (dinero, cobertura de una obra social o prepaga, contactos o paciencia). En conclusión, los argentinos privilegiamos nuestra salud, pero nos hemos vuelto indiferentes frente a la salud del otro.

Podemos entenderlo usando las categorías propuestas por Albert Hirschman en su libro Salida, voz y lealtad. Según el autor, la persona que dentro de un conjunto social se ve afectada por una situación desventajosa (como tener que hacer fila desde las 5 de la mañana para ser atendida en un hospital público) puede optar por buscar una solución individual (salida) o puede alzar su voz para pelear por los derechos del conjunto. A mayores niveles de lealtad habrá menor frecuencia de salida y más fuerte se oirá la voz de quienes luchen por una situación mejor. En el extremo opuesto, a menores niveles de lealtad, más personas buscarán soluciones individuales descomprometiéndose con el destino del conjunto. Cuando los sectores medios y altos encuentran una salida y dejan de usar los servicios públicos, estos se convierten en "pobres servicios para pobres".

Como en aquellos versos de Martin Niemoller (que atribuíamos a Bertolt Brecht): "Primero se llevaron a los comunistas, pero a mí no me importó porque yo no lo era" y "ahora están golpeando nuestras puertas".

En este caso, la primera salida fue de los asalariados que accedieron a obras sociales y se desentendieron del destino de la salud pública. La segunda fue cuando se separó a los empleados de mayores ingresos en obras sociales de dirección. La tercera salida sucedió cuando permitimos que los trabajadores lleven sus aportes salariales de la obra social a una prepaga.

La solución al deterioro del sistema de salud es moral. Frenar la salida es una obligación moral de todos, pero más que nada de los dirigentes, que deberían predicar su lealtad con el ejemplo. Así es en otros países: cuando un miembro de la familia real holandesa tiene un problema de salud acude al Hospital de Bronovo, y cuando el rey Juan Carlos de España tuvo que operarse también lo hizo en un servicio Público. En Uruguay cuando se implementó el Sistema Nacional Integrado de Salud -SNIS- (a los memoriosos ese nombre puede recordarles un destino sanitario que quisimos, pero no pudimos construir), las autoridades nacionales de salud decidieron afiliarse al sistema público en lugar de optar por una mutual.

El día que nuestros presidentes, ministros, senadores y diputados asuman el compromiso moral de usar sólo los servicios públicos de salud probablemente acaben las filas, los madrugones y la falta de insumos. Mientras eso no suceda, la premisa imperante en nuestro sistema de salud continuará siendo "sálvese quien pueda".

Asesor regional para América latina y el Caribe del fondo de población de las Naciones Unidas

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