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Vecinos de Las Cañitas rescataron a 10 gatitos para que sobreviviera Armin, el pequeño de 150 gramos

Fue un caso atípico: cuando sus hermanos alcanzaron los 600 gramos, él recién pesaba 150; la leche materna, sus ganas de vivir y el cuidado de una proteccionista lograron sacarlo adelante

Jimena Barrionuevo

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PARA LA NACION
Miércoles 15 de noviembre de 2017 • 00:36
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Mientras diez gatitos asomaban sus narices en este mundo y sus mamás intentaban protegerlos de las inclemencias de la vida en la calle, esa semana de mediados de octubre no había dejado de llover. Alertados por el temporal y con la esperanza de cambiar el destino de esos cachorros, un grupo de vecinos del complejo de edificios en Las Cañitas de la Ciudad de Buenos Aires, donde se encontraban los bebés, estaba decidido a rescatar a los más chiquitos junto a las dos gatas que los cuidaban celosamente de quienes se acercaran.

Pero no iba a ser una tarea difícil. Una de ellas, que luego sería bautizada como Groucha (tenía una mancha en el morro que parecía el bigote del actor, humorista y escritor Groucho Marx), era sociable y estaba bien predispuesta a aceptar la ayuda que esos extraños le ofrecían y no presentó resistencia cuando la agarraron. Pero la segunda gata, de pelaje carey y más reacia al contacto con los humanos, huyó asustada en cuanto vio al grupo de humanos que se acercaba para intentar agarrarla. Los bebés ya habían sido cuidadosamente ubicados y abrigados en la transportadora que los iba a trasladar hacia su nueva vida, la casa de la proteccionista, comunicadora social Micaela Pérez Schreiber (33) que lleva adelante el proyecto El Paraíso Felino para rescatar, transitar y dar en adopción a gatos y perros en situación de vulnerabilidad. "Por ese entonces estaba sola con muchísimos casos y realmente no tenía espacio para ingresar a un animalito más, pero algo en mí me hizo aceptar el pedido de tránsito y así fue que Groucha y los diez bebés llegaron a casa", recuerda.

Mamá Groucha y el famoso bigote que le dio su nombre
Mamá Groucha y el famoso bigote que le dio su nombre.

Los primeros días en tránsito fueron agotadores para Micaela y Groucha. Desde el principio ella aceptó y cuidó como propios a los cinco bebés que no eran biológicamente propios -y que tenían entre cinco y seis días de vida-, así como a los otros que sí lo eran, que tan sólo contaban con dos días de nacidos. Pacientemente los limpiaba y les daba la teta, velaba por su seguridad, estaba siempre atenta y, por supuesto, la dejaba a Micaela compartir con ella ese momento y ayudarla en su tarea.

"Me parecía extremadamente tierno que todos los bebés biológicos de Groucha eran blancos y negros como ella y, a pesar de tener patrones diferentes de manchas, en todos se podía encontrar el sello de la madre, es decir manchitas que se correspondían con las de Groucha. Desde el principio todos estuvieron en una jaulita asegurada en el cuarto del departamento de la proteccionista con el techo abierto para que Groucha pudiera entrar y salir cuando quisiera, sin que los bebés se escaparan o sufrieran algún accidente. "La gata era una mamá tan buena que hizo todo cien veces más fácil de lo que debería haber sido. Su carácter era tranquilo y sereno, era dócil y confiada con el humano a pesar de que mis gatos y los tránsitos que había en casa estaban celosos los primeros días, bufaban y soplaban por todo, ella jamás tuvo reacción alguna : ni un cachetazo, ni un bufido ni un soplido. Nada, paz total", dice Micaela.

El tiempo que duró el tránsito de Groucha y los bebés hasta que empezaron a comer solos fue un verdadero desafío para Micaela y Groucha: alimentar a diez bebés a teta era no sólo agotador para la gata, sino físicamente a veces imposible. "Por eso cada vez que daba de comer -algo que nunca duraba menos de una hora hasta que pacientemente todos estaban satisfechos- yo me sentaba con ella e iba rotando a los bebés, a la par que alimentaban a mamadera a los que no estaban tomando teta en el momento. ¿Por qué hacía eso? Porque al ser tantos, siempre iba a haber algunos rezagados y en general iban a ser los más débiles o chiquititos. Esto iba a generar una espiral donde los más grandes y saludables iban a ser cada vez más grandotes y saludables y los chiquitos se quedarían en el camino y sufrirían algún problema de salud", explica Micaela. Por eso, a la hora de la teta, ella separaba a los más grandotes de los más pequeños y dejaba que comieran primero los más chiquititos hasta que estuvieran saciados y les daba mamadera a los más grandes. Cuando los chiquitos ya estaban llenos o casi llenos, ponía a los más grandotes en la teta y se llevaba a los chiquitos para darles una dosis de mamadera y que así completaran su comida.

"Para mí era muy importante que los más chiquitos pudieran tomar la mayor cantidad de leche materna posible para que se pousieran lo más fuerte posible. Cuando tenés bebés en tránsito, siempre es un desafío y una lotería: por más que estén con la madre, los bebés son muy frágiles y se te pueden ir de un día para el otro sin aviso previo. Multiplicar eso por diez era agotador. Todos los días me levantaba estresada, habiendo dormido entrecortada a la noche para dar la mamadera y chequear que todos estuvieran bien", acalara Micaela que mantuvo esta difcíl rutina hasta que los bebés tuvieron cerca de veinte días y empezaron a comer solos, y, de a poco, los más grandotes fueron perdiendo de poco el interés en la teta. "Groucha estuvo conmigo cerca de un mes en tránsito, hasta que un día ya la noté extremadamente exhausta y flaca que casi se le veían los huesos (a pesar de que comía todo el día y tenía todo el tiempo disponible el mejor alimento balanceado y paté casero que yo le preparaba especialmente repleto de vitaminas). Pero la maternidad la estaba consumiendo). Ahí tomé la difícil decisión de separarla y llevarla a otro tránsito: se fue a lo de una amiga para ganar peso y relajarse post maternidad, hasta que la pudimos castrar y concretar su adopción", explica.

Armin, ejemplo de lucha

La diferencia entre una camada de gatitos y la otra se notaba en el tamaño de los cuerpitos y había uno en particular al que la proteccionista le había puesto un ojo extra, que aún conservaba el cordón umbilical cuando en todos los demás ya había cicatrizado. Era Armin, uno de los bebitos biólogicos de Groucha. "Era, por ejemplo, el primero que ponía en la teta de Groucha a la hora de comer, pero también al que evitaba darle mamadera, ya que la succión que realizaba no coincidía con su capacidad para comer, lo cual hacía que muchas veces le saliera la leche por la nariz y tuviéramos que hacer movimientos de urgencia para evitar que se ahogue. La verdad es que era una época difícil en el país para los que críabamos gatitos, porque no había insumos, como mamaderas con diferentes tamaños de tetinas. La jeringa más chica era mucho para él, lo cual dificultaba mucho su alimentación y entonces opté porque recibiera en un 95% alimentación de la mamá. Con el paso de los días, a medida que el resto de los bebés crecía y ganaba peso, él iba quedando rezagado", dice Micaela.

Cuando sus hermanos rondaban los 600 gramos y 1 kilo, Armin a duras penas alcanzaba los 150 gramos. Su cráneo tampoco había terminado de cerrarse. Pero eso no era todo: había abierto los ojos cerca de una semana después de que todos sus hermanos lo hicieran. Las garras retráctiles las tuvo también cerca de diez días después. Fue el que más lento empezó a caminar y a comer solo. "Estoy segura que sin la ayuda, atención y contención de los profesionales de la veterinaria El Labrador la historia de Armin hubiese sido muy distinta. Ellos me ayudaron a sacarlo adelante", asegura quien es la creadora de Cat Fest, un proyecto de ferias solidarias que se realizan a lo largo del año y que tienen por objetivo ayudar a grupos proteccionistas a continuar con su tarea de rescate, concientización y adopción de animales de diferentes especies.

Armin fue un caso atípico y su lucha por vivir fue día a día. Cada gramo que subía era una victoria y recién al mes logró estabilizarse. Si bien tenía el aspecto de un gatito de 15 días y pesaba 450 gramos cuando sus hermanos tenían un kilo o más, hacía todo lo que se espera de un gatito de ese tiempo: jugaba con sus hermanos, se subía a la cama en busca de mimos, dormía, comía, amasaba y ronroneaba. "Tuve muchas dudas con respecto a su adopción. Por todo lo que pasamos, lo difícil que fue sacarlo adelante y porque no sabíamos si sus problemas de crecimiento le traerían algún problema a futuro, no estaba segura", confiesa Micaela. La realidad era que los meses pasaban y si bien Armin crecía no lo hacía al ritmo de un gatito normal: cuando tenía dos meses, tenía el tamaño de un gato de uno. Finalmente, cuando cumplió los cuatro meses llegó el momento en que cerró su círculo: Armin se fue en adopción a la casa de Antonella, donde ya vivía uno de sus hermanitos. Ahora se llama Tyron y es un gatito mimado y malcriado que puede contar su historia gracias a una cadena de voluntades desinteresada que le salvaron la vida.

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