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La Argentina es un equipo muy peligroso sin Messi

Martes 14 de noviembre de 2017 • 16:02
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La mayor certeza con la que la Argentina cierra el año es que Messi no se puede ni resfriar. Sin el beneficio de contar con el capitán, la selección desaprobó el desafío de inyectarle contenido a algunos síntomas favorables que ha mostrado la gestión de Sampaoli.La derrota ante Nigeria, con el futbolista más fabuloso del planeta siguiendo el partido por TV, confirmó que no aparecen jerarquías alternativas para darle espesura al modelo. El proyecto se desinfla y pierde profundidad si el equipo se paraliza en la adversidad y queda atrapado en un ataque de melancolía. Sin Messi no hay respuestas.

La Argentina necesitaba cerrar el año previo al Mundial con la esperanza de saber que en su abanico de recursos había algo más que el as de espadas. El amistoso con Nigeria era esencial para mediar qué tan amplia es su plataforma de desarrollo. Para calibrar categorías alternativas y analizar la evolución del funcionamiento. Salió mal. Si el 2017 fue traumático por el calvario de las eliminatorias, la despedida no trajo alivio: sólo sembró interrogantes. Dybala, Perotti, Rigoni, Papu Gómez, Pezzella, Lo Celso, Benedetto, hasta Pavón víctima de una banda que se le volvió interminable. Más nombres que soluciones.

El primer tiempo confirmó que Sampaoli juega siempre al ataque y que tiene una debilidad por la pelota, tanto que cada vez que su equipo la pierde se lanzan tres o cuatro futbolistas como leones hambrientos para recuperarla. A la Argentina la obsesiona tener la pelota., porque sin el control es frágil y desconcertante. Un seleccionado tan peligroso que todavía no ofrece garantías.

La intensidad de la Argentina había descubierto mil grietas en la casi infantil formación nigeriana. Pero las modificaciones que introdujo su técnico en el entretiempo le inyectó robustez y atrevimiento a la formación africana. Y comenzó el derrumbe albiceleste entre retrocesos tardíos, malas lecturas defensivas, falta de anticipos e incorrectas coberturas por las bandas. Si a la selección le habían convertido dos goles en los siete partidos anteriores del ciclo Sampaoli, en diez minutos sufrió tres. Y ya nadie fue capaz de rescatar a la Argentina del hundimiento, el detalle más alarmante. El desconcierto se contagió en todos y jamás escaparon del aturdimiento. Se evaporó el carácter. Hubo un apagón, como en el segundo tiempo con Venezuela. Suficiente en un Mundial para certificar una eliminación.

Otra vez la selección demostró que no sabe o no puedo reacomodarse sin Messi. El compromiso grupal ante la ausencia del líder futbolístico no sobrevive al suspiro. Sin la tutoría de Messi, la Argentina no fue capaz de llevar esa mochila con autoridad. La estructura colectiva crujió tanto que activó alarmas que ya se creían en desuso. La Argentina hace años que es un equipo adictivo, siempre pendiente de Messi. Él es el cheque en blanco, el único refugio ante un ataque de nervios. Cuando falta, todo gira alrededor del motor de la añoranza. Y el futuro entra en pánico.

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