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"No hay cupo": el doble discurso de las escuelas

Martes 14 de noviembre de 2017 • 17:46
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Ezequiel, Nico y Martín juegan, sueñan y aprenden juntos en el mismo colegio desde que tienen tres años. Pero hoy Nico le contó a sus padres que ese camino compartido llegó a su fin: el colegio decidió que Ezequiel no irá con ellos a la secundaria el próximo año.

Ezequiel tiene discapacidad intelectual y las autoridades de la escuela dicen que no están preparadas para su trayectoria en secundaria, que Ezequiel llegó ¨a su techo¨, que le será difícil seguir el ritmo. Dicen, en síntesis: Ezequiel no puede.

Lo mismo le sucede a Clara. Tiene discapacidad motriz y requiere apoyos para movilizarse y comunicarse. Este año termina sala de 5 y sus padres participan de los preparativos del acto de fin de año cargados de angustia. Hace muy poco les dijeron que fue un placer tener a Clara en el jardín, pero que la primaria es otra cosa, que hay lugares especializados para ella, que mantenga el vínculo con sus compañeros en otras actividades, que busquen otro lugar.

Las historias se multiplican. Al pasar de nivel, al terminar el ciclo. A esa expulsión le sigue el peregrinar de las familias por más de cuarenta escuelas hasta encontrar una vacante y volver a escuchar los mismos argumentos ofensivos que pretendieron justificar la expulsión: "no estamos preparados", "el cupo de integración está completo", "¿para qué quieren que haga la secundaria?", "el grupo es muy bravo y le harán bullying", etc.

Finalmente, si encuentran esa vacante, muchas veces es lejos de su casa o luego de hacer varias concesiones: no irá a educación física, no participará de salidas escolares, si el acompañante falta, no podrá ingresar al colegio, entre otras.

Estas historias son reales. Son muchas las familias que pasan por una cantidad desmedida de sufrimientos a la hora de matricular o de rematricular a sus hijos en un colegio. Es real, por muy paradójico que suene, que hay escuelas que en lugar de abrir cielos de posibilidades, ponen techo a las oportunidades.

Una sociedad que enseña a excluir

Y estas historias construyen un tipo de sociedad. Una sociedad donde Ezequiel y Clara sufren discriminación y exclusión luego de haber escuchado mil veces a sus docentes hablar de compañerismo, solidaridad e inclusión. Una sociedad en la cual las familias invierten tiempo y salud para poder cumplir con su deber de enviar a sus hijos al colegio y donde no les permiten cumplirlo.

Una sociedad donde a Nico y a Martín, que ya empiezan a extrañar a Ezequiel, les dan clases de derechos humanos y formación ciudadana pero que en los hechos les enseñan otra cosa: que está bien discriminar, que está bien separar a las personas por sus características, que la igualdad de oportunidades se predica pero no se practica; que está bien soñar juntos, pero aprender está muy lejos de los sueños. Y Nico y Martín empiezan a ver que los libros van por un lado y los aprendizajes reales por otro. Así empiezan a naturalizar la exclusión: se la enseñaron.

Estas historias construyen una Argentina en la cual el porcentaje de analfabetos en la población con discapacidad es tres veces mayor que en la población total del país. En la que el 34% de los niños con discapacidad entre 3 y 5 años y el 35% de los adolescentes y jóvenes entre 15 y 19 años, no va a ningún establecimiento educativo, según cifras del INDEC. De esa manera, y cada vez que reiteramos estas historias, sumamos vulnerabilidad a un grupo de personas ya vulnerado en sus derechos.

Con estos casos conformamos, también, una sociedad que no respeta sus normas. Con una extrema contradicción: es la escuela la que no cumple las normas a pesar de que la llamamos ¨constructora de ciudadanía¨. Sucede que en diciembre de 2016 el Consejo Federal de Educación aprobó la Resolución 311 que establece que las escuelas tienen prohibido rechazar la inscripción o reinscripción de un estudiante por motivos de discapacidad, incorporando así una recomendación de Naciones Unidas con base en la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. La resolución del Consejo Federal de Educación establece que rechazar la inscripción o reinscripción es un acto de discriminación

Sin embargo, a casi un año de la aprobación de esa resolución obligatoria en todo el país y a casi once de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (que tiene jerarquía constitucional), en Grupo Artículo 24 por la Educación Inclusiva seguimos recibiendo cantidad de historias como estas, que se repiten en todo el país. Cantidad de historias que confirman que muchas escuelas no están abiertas a la diversidad y, con ello, tampoco están abiertas a la realidad. Puede que, precisamente, esa falta de apertura a la realidad sea una de las causas del estrepitoso fracaso que sufrimos en la educación.

Las cifras aportadas por el Inadi confirman esta situación: la discapacidad es el primer motivo de discriminación y la escuela es el segundo ámbito donde más se reitera esa discriminación.

Los niños juegan, sueñan y aprenden juntos. Pero no los dejamos. Y así formamos una sociedad que dice lo que no hace, exige lo que no cumple y deja sin oportunidades a quienes dice proteger. Por eso el tema no puede ser ajeno a ninguno de nosotros. Por eso los padres de los compañeros de Ezequiel pidieron una reunión con las autoridades del colegio y juntaron firmas para que se pueda quedar: quieren que sus hijos aprendan en la escuela a soñar con un mundo mejor.

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