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Copia y original, casi lo mismo

Diana Fernández Irusta
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19 de noviembre de 2017  

Según cuenta Paul Mozur en The New York Times, la agencia de noticias Xinhua publicó recientemente un artículo donde se defendía la eficacia del sistema de protección de la propiedad intelectual en China, en relación con el comercio exterior y frente a algunas suspicacias surgidas en el Congreso norteamericano. Más que como un hecho aislado, el gesto podría entenderse como un jalón más en la larga historia de malentendidos entre Occidente y el país de la Gran Muralla.

Por caso, la reacción ofendida ante acusaciones de posibles plagios recuerda a un hecho mencionado por el filósofo coreano Byung- Chul Han en su libro Shanzhai (publicado en la Argentina por Caja Negra). Allí se describe un cortocircuito cultural puntual, acontecido en 2007 entre Alemania y China. Tras anunciarla con bombos y platillos, el Museo de Etnología de Hamburgo había decidido clausurar una exposición de los guerreros de terracota de Qin Shi Huang: se había descubierto que las piezas enviadas desde China no eran las originales. Los museólogos chinos tomaron la decisión como una ofensa: no entendían el problema de exhibir una copia, en la medida en que ésta fuera respetuosa del original. Para sus colegas alemanes, en cambio, aceptar la situación suponía un escándalo que incluso podía llegar a afectar su reputación.

"Los chinos a menudo mandan copias en vez de originales, puesto que están convencidos de que en lo esencial no son distintos", escribe Byun-Chul Han, y explica el significado del término que da título a su libro. Shanzhai es un neologismo chino que alude a la apropiación, las más de las veces despreocupada o lúdica, de una forma, idea o cualquier producto de índole cultural. En China, donde no existe la pasión por lo "original" o "auténtico", el shanzhai estaría dando pie a un aluvión de obras más o menos adulteradas, más o menos similares entre sí, que reformulan -en un sentido similar al que aquí le daríamos a una copia "pirata"- productos electrónicos, artículos textiles, marcas, historias.

"Los productos shanzhai no pretenden engañar a nadie. Su atractivo consiste precisamente en que ellos mismos indican de manera expresa que no son un original, sino que juegan con éste", apunta Byun-Chul Han, quien encuentra en ese "gusto juguetón" por el cambio, la variación, la combinación y la transformación, un enorme potencial expresivo. Incluso, político: "El shanzhai se presenta como una forma híbrida intensiva -escribe-. El propio maoismo chino era una forma de marxismo shanzhai. Al no haber trabajadores ni proletariado industrial en China, se transformaron las enseñanzas marxistas originarias". El autor de Shanzhai asegura que es esa capacidad de hibridación lo que le permite al comunismo chino apropiarse del capitalismo del curioso modo en que lo hace. Pero no solamente eso. "Los chinos no ven ninguna contradicción entre el capitalismo y el comunismo -describe-. En realidad, la contradicción no forma parte de las categorías del pensamiento chino."

Entre Occidente y China, entonces, habría una distancia en el modo de concebir el mundo, los vínculos sociales y la política misma, mucho más radical de lo que a veces se supone. Parte de esa distancia se traduciría en el sanzhai y en su desprejuiciado transitar por la copia, la falsificación y lo híbrido. Y es allí, en ese ejercicio cultural por momentos tan inaprensible para nosotros, donde Byun-Chul Han cree poder anticipar las próximas indagaciones de ese singular laboratorio social y cultural que es hoy China. "Aparecerán formas shanzhai políticas híbridas y sorprendentes", pronostica. "Con el tiempo, el comunismo shanzhai chino probablemente mutará en una forma política que podría denominarse democracia shanzhai, sobre todo si el movimiento shanzhai libera sus energías antiautoritarias y subversivas."

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