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El Gobierno duda entre cambiar la Justicia o acordar

Ecos del 83. Cambiemos dejó de usar a Comodoro Py como un garante de la impunidad; sin embargo, Macri no se ha vuelto del todo presdindente
Gerardo Young
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19 de noviembre de 2017  

El presidente Mauricio Macri sabe que la Justicia federal es un problema central de la Argentina, pero todavía no decide qué hacer: si intentar cambiarla o si continuar por la peligrosa senda de la negociación y el acuerdo. Esa incertidumbre explica el carácter explosivo que domina en estos meses los despachos de Comodoro Py.

Hay verdades a medias en el relato oficial. Es cierto que el Gobierno dejó de usar a la Justicia federal como un garante de impunidad. Son sólo doce los juzgados encargados de investigar y juzgar los hechos de corrupción y se supone que quien los controle logrará ser intocable. Al menos eso creyó el kirchnerismo, que durante años -como antes el menemismo- puso en marcha un sistema de compra de favores y lealtades que les permitió a sus funcionarios moverse sin tener que rendirle cuentas a nadie. Ese sistema estaba alimentado con el poder y los fondos de la SIDE y llegó a niveles de promiscuidad nunca antes vistos, desvirtuando todo el sistema penal. No importaban ni los hechos, ni la valoración de la prueba, ni los argumentos. Los jueces federales, que por derecho debían fiscalizar el poder, se dedicaron a esconder expedientes y a proteger a los gobernantes de cualquier sospecha. A cambio, varios de ellos se hicieron millonarios o hicieron millonarios a familiares y testaferros. Otros, simplemente lograron la fascinante sensación de perpetuidad.

Pero eso es cosa del pasado, como parece ahora. Los expedientes enterrados o aplastados debajo de pilas de otros expedientes han salido a la luz y varios de los intocables pasan sus horas en la cárcel. Es la lógica de siempre. Los gobernantes creían que dominaban a los jueces, cuando en realidad sólo lo hacían por un rato. Algo pasa en el poder, que nadie ve lo evidente. En su momento a Carlos Menem lo llevó al arresto domiciliario su ex compinche judicial Jorge Urso. A De Vido lo arrastran ahora Luis Rodríguez (designado juez federal por el empuje de la SIDE kirchnerista) y Claudio Bonadio, que antes lo había protegido del juicio por la tragedia de Once.

La llegada de Cambiemos y la salida de los viejos operadores de Comodoro Py generó un vacío de poder que llamó a escena a nuevos actores. El presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, intenta dominar ese territorio que siempre le fue esquivo, de la mano del camarista Martín Irurzun. Pero no está solo. Le compite el Gobierno, con su ambigüedad.

Pese a lo que se declara, no es cierto que Macri se haya vuelto prescindente. La AFI de Gustavo Arribas (la SIDE reciclada) abandonó la práctica de rifar los fondos reservados, pero presionó e incidió en la investigación de Rodolfo Canicoba Corral, que acabó en la prisión del sindicalista Omar el "Caballo" Suárez. Se podrá estar de acuerdo con el resultado, pero al Gobierno le generó la delicada sospecha de que puede trabajar con los jueces a los que critica. Eso y la investigación que el propio Canicoba tuvo en contra de Arribas (por supuestas coimas que no fueron) terminaron salvando de la guillotina a uno de los jueces más vulnerables del sistema.

La misma AFI acordó con María Servini la repatriación del enigmático Ibar Pérez Corradi, prófugo en Paraguay, con la esperanza (fallida) de que revelara la identidad de la "Morsa", el fantasmal protector del tráfico de la efedrina durante el kirchnerismo. Esa causa se convirtió en un búmeran que casi arrastra a algunos de los hombres más emblemáticos de Cambiemos y exhibió a Servini en toda su dimensión: los jueces entienden la verdad como un elemento manipulable, al servicio de quienes la administran.

También operan en Comodoro Py el asesor Fabián "Pepín" Rodríguez Simón, amigo de Macri y uno de los convencidos de que se puede seguir hablando y negociando con los jueces. Y por supuesto, el apoderado de Cambiemos, José Torello, habitué de los despachos electorales de todo el país.

Ninguno de todos ellos le hace sombra a Daniel Angelici, el "Tano", cuyo cargo en la presidencia de Boca le sirve de tentempié para seducir voluntades en los palcos de La Bombonera, visitados cada fin de semana por medio Tribunales. El Tano también recibe a jueces y fiscales en los lobbies de los hoteles de Puerto Madero o en las sobremesas de su quinta de Pilar. En este último tiempo le ha salvado la cabeza a Servini, cuando la decana del fuero estuvo a punto de ser jubilada. En las últimas semanas, el Tano trabaja para salvar a Ariel Lijo de la peligrosa verborragia de la ex mujer de Fredy, hermano del juez y operador de la vieja guardia que ha cosechado una fortuna. Lijo acaba de mandar a la cárcel a Amado Boudou. Sus encuentros con Angelici ocurren en el Faena Hotel.

Desde que llegó al poder, Macri hizo poco por producir verdaderos cambios en la Justicia federal. Sólo pudo aceptar la renuncia anticipada de Norberto Oyarbide, suspender al camarista Eduardo Freiler y negociar (con acuerdo de impunidad) la salida de la Procuración de Alejandra Gils Carbó. Lejos parecen haber quedado proyectos más transformadores, como el que intentó el ministro Germán Garavano para licuarles el poder a los jueces federales a través de una reforma similar a la que intentó en su tiempo Gustavo Béliz antes de salir eyectado al exilio. Lo que haga o pida Elisa Carrió, rabiosa crítica de la Justicia federal, es por ahora un enigma.

Queda por ver lo que hará el Gobierno si, como pretende, logra reformar el Consejo de la Magistratura y alcanzar cierto dominio de ese organismo vital para revisar los pasos de los jueces. Cerca del Presidente hay quienes juran que cuando eso ocurra se terminará la etapa del gradualismo y la negociación. Y que empezará a limpiarse un sistema que excede a sus nombres y que requiere una reforma profunda. Pero eso está por verse. Por las dudas, los jueces federales actúan rápido para ganarse un lugar en el nuevo tiempo y generar, otra vez, la falsa sensación de que pueden ser dóciles, en un territorio donde, el tiempo lo enseña, nadie gobierna a nadie.

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