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Reseña. Origen, de Dan Brown

Un Umberto Eco para todo público
José María Brindisi
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19 de noviembre de 2017  

La suerte de gigantografía que proponen novelas como las de Dan Brown (Nuevo Hampshire, 1964) exigen un desmesurado entramado de elementos que, para encontrar equilibrio, requieren de no poco oficio. Esa arquitectura puede no ser demasiado compleja, pero aun así el autor debe preocuparse para que esa diversidad cuaje sin que el lector termine mareado o más interesado por alguna de las partes que por todo el conjunto.

Dan Brown, autor de El código Da Vinci
Dan Brown, autor de El código Da Vinci Crédito: EFE

En el caso de Brown, al que en más de un sentido puede pensarse como un Umberto Eco para todo público, sus historias trabajan con una mezcla de géneros que van de la novela de aventuras al cuento de hadas (aquí no faltan reyes ni princesas), y parte de su dificultad radica en cómo contener cada uno de los ejes de la trama para que desemboquen más o menos armónicamente en el tramo final, esa suerte de cascada en la que todos los puntos van montándose sobre sus respectivas íes.

El argumento de Origen, la nueva novela de Brown, dialoga con la espectacularidad de las anteriores. Robert Langdon, su personaje insignia -profesor de simbología e iconografía religiosa de Harvard, un estudioso con tendencia a meterse en problemas-, asiste a una presentación en el Museo Guggenheim de Bilbao en la que se preanuncia un descubrimiento que, se supone, va a cambiar la vida de casi todo el mundo o que, más precisamente, se propone dar respuesta a dos de las preguntas esenciales de la humanidad: de dónde venimos y hacia dónde vamos. Quien la convoca es un genio de la futurología, ex alumno de Langdon y con mucho de megalómano. Consciente del sismo que está por provocar, Edmond Kirsch -de él se trata- se reúne en secreto unos días antes de la presentación con líderes de las tres religiones principales del mundo para ponerlos sobre aviso y que cada uno pueda calibrar los pasos a seguir a partir del impacto que esos descubrimientos tendrán en sus fieles. Ambos episodios, el encuentro con los líderes religiosos y la presentación en el Guggenheim, desencadenan una serie de hechos delictivos con todo tipo de consecuencias, algunas, desde luego, de lo más inesperadas, con Langdon y una despampanante partenaire ocasional entregados a la huida pero, al mismo tiempo, ocupados en desentrañar la clave de toda la historia.

Se sabe que la novela es el arte de la dilación, y Brown maneja esos mecanismos con cierta ductilidad, pero el problema de Origen es el modo en que a veces su autor se deja ganar por el ingenio, privilegiando el efecto y sacando conejos de la galera. Las más de seiscientas páginas en que se desarrolla la historia no consiguen, por otra parte, calmar la ansiedad del autor, que a cada momento pone blanco sobre negro sin permitirle al lector entrometerse en los intersticios de la trama y encadenar lo que haya que encadenar. Ese papel a veces demasiado explicativo le toca a Langdon, que no casualmente es docente, cuya conciencia acompaña y por momentos lleva de la mano al lector hasta el siguiente eslabón. Esa tendencia a clarificar antes de tiempo genera una pasividad que las intrigas latentes de la historia no logran disimular.

A la vez, hay algo en el trasfondo de la propuesta de Brown que se relaciona con la grandilocuencia de la presentación en el Guggenheim del enigmático Kirsch. En ambos casos hay bastante de promesa no cumplida, más allá de las revelaciones que el texto sí entrega. Como si no quisieran enemistarse definitivamente con ciertas creencias y costumbres, tanto Kirsch como Brown sacuden para luego recomponer, dinamitan y construyen a la vez, con la intención acaso excesiva de que todo el mundo se vaya a dormir tranquilo. En algún punto, pese a las amenazas que la novela pregona a diestra y siniestra, a todas sus supuestas provocaciones, cada cosa retorna a su sitio.

Como sus predecesoras - El código Da Vinci a la cabeza-, Origen parece contener ya todos los rasgos de su futura adaptación cinematográfica. En cualquier caso, la bella Barcelona y algunos íconos españoles como el Palacio Real, La Sagrada Familia y el mismo Museo Guggenheim ya están ahí esperándola. Y por supuesto, todo un ejército de fieles.

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