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Tierra de aventureros y descubridores

Domingo 19 de noviembre de 2017
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LA NACION
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En la confluencia de los ríos Tinto y Odiel, allí donde la tierra casi se acaba y comienza la vastedad del océano, se encuentra uno de los primeros monumentos españoles y un lugar íntimamente ligado a la exploración del mundo que hoy conocemos.

Este monasterio franciscano está consagrado a la advocación de Nuestra Señora de los Milagros o de la Rábida, y su fundación se remonta muchos siglos en el tiempo, ya que, como cuentan las viejas historias que se pierden en la neblina de los tiempos, fue un pequeño altar fenicio dedicado al dios Baal, para después convertirse en un pequeño templo romano dedicado a Proserpina. Más adelante los musulmanes crearon aquí mismo una orden que tomó el nombre de rábida o rápita, de donde obtiene su denominación.

Se encuentra en la localidad de Palos de la Frontera y muy cerca de un puerto natural muy conocido en la historia moderna de la humanidad: el Puerto de Palos.

Desde aquí salieron algunas de la expediciones más importantes de la era de los descubrimientos de los siglos XV y XVI.

Siempre tuve una gran curiosidad por este lugar, sobre todo cuando empecé a viajar.

Aquí, según cuenta la leyenda, Cristóbal Colón no sólo conoció y trabó relación con Martín Alonso Pinzón, sino que también le rezó a la Virgen por el éxito de la empresa que estaba a punto de emprender desde allí, el 3 de agosto de 1492.

Siempre he tenido un gran afecto intelectual por aquellas personas que a lo largo de la historia se han lanzado hacia lo desconocido para alcanzar distintas metas ( y ni hablar de las incontables veces que de pequeño y después de una buena jornada de lectura me imaginaba encarnando a distintos personajes).

Cierro los ojos y pienso en los Vasco da Gama y Magallanes. Me imagino la alegría de Elcano llegando a tierra firme, de vuelta con los suyos. Pienso en el capitán Robert Falcon Scott y su trágica expedición, coronada con su éxito por su rival Roald Amundsen. O tal vez en Shackelton y su Endurance atrapado por los hielos. Mallory e Irvine y la eterna duda de si llegaron o no a la cima, finalmente conquistada por Hillary y Norgay.

Llego a este monasterio y su iglesia una tarde de fines de verano, acompañado de ese viento cálido tan andaluz cargado de olor a tierra y hierbas. Con la magnífica luz del atardecer convirtiéndolo todo en una gama de rojizos y naranjas espectaculares.

El edificio medieval de paredes blancas y ladrillos está sumido en un silencio absoluto y sólo se escucha las ramas de los arboles cercanos. Algunas aves en vuelo rasante pasan velozmente dejando el eco de sus cantos en mis oídos, como si le pusieran una banda sonora a mi visita.

Hago mi entrada por una anciana entrada vestida con un arco de ladrillos que me deja ante una puerta gótica que al abrirse da paso a un claustro de marcado estilo mudejar. Doy una vuelta al recinto observando a través de las columnas y arcadas el patio central abierto al cielo y me dirijo hacia la pequeña capilla. Mi mente no deja de tratar de dilucidar las palabras y pensamiento de aquellas personas conocidas o ignotas, que con mucho tesón, con éxito o sin él, justificadas o no, se lanzaron hacia lo desconocido, de imaginarme dónde y con quién pasaron sus vigilias.

Sin darme cuenta entro a esta pequeña joya que es la capilla, llena de pinturas murales y con la preciosa estatua de alabastro de la Virgen.

Aquí me siento tranquilo. En un estado de sosiego. Pensando adónde me llevará mi próxima aventura.

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