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De regreso a octubre: un poco de ciencia soviética

Domingo 19 de noviembre de 2017
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LA NACION
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Foto: Enríquez

Cumplimos cien años del comienzo de uno de los experimentos sociales más grandes de la historia de la humanidad: la Revolución rusa y el establecimiento de la unión de repúblicas socialistas soviéticas. que parecen haber quedado tan lejos en el pasado, como una nube que apenas planea sobre los libros de historia. Pero pasó, y pasó de todo, incluyendo ciencia.

De nuevo: la ciencia no es buena ni mala, ni gorda ni flaca, sólo es. Peeero. la hacen los científicos, y los estados, que sí pueden ser buenos, malos, gordos, flacos, rojos o amarillos. En ese sentido, la ciencia soviética tuvo enormes avances -sobre todo en cuestiones tecnológicas- pero también estuvo bastante teñida de ideología, en donde la verdad científica y la doctrina partidaria solían reforzarse una a la otra. Es cierto que venían de una interesante tradición en ciencia en la época zarista -que no se caracterizó justamente por su búsqueda de igualdad social. Allí estaban los primeros trabajos de Lobachevskii sobre geometría no euclidiana, la insuperable tabla periódica de Mendeleyev o los famosos experimentos de Pavlov y sus perros condicionados.

Pero sí hubo grandes avances en el mundo de los soviets. A la cabeza seguramente esté el tremendo desarrollo en física y, especialmente, en física nuclear que, como suele suceder, vino de la mano de la Guerra Fría (y sí, el avance de la tecnología suele tener picos asociados con las guerras). Ya en 1949 la Unión Soviética desarrolló una bomba atómica, cuando el hongo de Hiroshima y Nagasaki todavía estaba en el aire. Más allá de la guerra, las investigaciones en superconductividad, superfluidos, radiaciones, criogenia, láseres o nanotubos fueron tremendos avances teóricos y prácticos. Por su parte, la matemática fue siempre un bastión de la ciencia rusa, y continuó siéndolo durante el período soviético, con cráneos como Markov, Kolmogorov o Perelman desanudando un teorema tras otro. Y cómo olvidar al querido Oparin con su teoría sobre el origen de la vida a partir de una "sopa primordial". Sopa rusa, claro.

Por supuesto que la carrera espacial fue otra de sus prioridades, con el primer satélite, el primer hombre en el espacio y también la primera mujer. Luego de una visión bastante contraria a la computación y la inteligencia artificial, la ciencia soviética abrazó el concepto de la cibernética aplicada a varias disciplinas (no sólo a la robótica o la computación), incluyendo el intento de automatizar al menos un poco el tremendo aparato burocrático del estado. Dentro de la biología hay historias que vale la pena contar. Una tiene que con los experimentos para revivir organismos, a través de bombas impulsoras de sangre, fuelles para los pulmones y otras delicias de películas de ciencia ficción (¡no se pierdan los videos en YouTube sobre las cabezas de perro revitalizadas!). Aunque quizá el fiasco más famoso tiene que ver con las aventuras de Trofim Lysenko, un ingeniero agrónomo con ideas muy personales sobre la genética, que al parecer le encantaron a un tal Josef Stalin. En el camino, otras visiones sobre los genes (y otros aspectos de la biología) fueron silenciadas. Allá quedaron en el camino el monje Gregor Mendel o genetistas como Thomas Morgan, productos del capitalismo burgués, y se desarrolló una genética destinada a forzar plantas y animales hacia variedades más útiles y rendidoras. Apostando a una simplista herencia de lo que se adquiría en vida (una versión de lo que mucho antes había propuesto Lamarck) Lysenko creía poder cambiar floraciones, aptitudes o rendimientos casi a voluntad, sin tener muy en cuenta lo que por ese tiempo ya se sabía sobre los genes y sus mecanismos. Stalin mismo lo defendía apostando a la práctica sobre la teoría. Y salió mal, muy mal.

Más allá de la ciencia, no podemos dejar de lado el entusiasmo del régimen por la educación pública, o por una economía hiperplanificada en la que todos tendrían algo. Después vendrían el muro de Berlín, la perestroika. los shoppings. Pero la ciencia queda, sea soviética o no.

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