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Éxodo: sus padres llegaron de Corea y ahora ellos emprenden el camino de regreso

Llegaron a ser 42.000, con epicentro en el Bajo Flores, pero hoy queda la mitad, muchos se volvieron a Corea atraídos por el boom económico; historias de desarraigo

Lunes 20 de noviembre de 2017
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LA NACION
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SEÚL (Corea del Sur).- "Descubrí que no soy coreana ni argentina. Estoy en el medio", dice Eli Han en un porteño impecable que se contradice con sus rasgos orientales.

"Yo me siento extranjera acá, pero también en la Argentina", coincide Heri Chang, una versión morocha -misma asimetría entre su idioma y su fisonomía- de su amiga Eli.

El drama de sus palabras se atempera con las risas que las acompañan. Las dos estudian en Seúl, tienen 23 años y un pasado en Buenos Aires. Eli nació en la Argentina y vino a Corea del Sur a los 18 años. Heri emigró junto a su familia a Buenos Aires cuando era niña, pero hace cuatro años se volvieron todos a Corea.

Ellas son parte del reverso del flujo migratorio que entre 1960 y fin del siglo pasado pobló a Buenos Aires, con epicentro en el Bajo Flores, de coreanos. Muchos de los hijos y nietos de aquellos inmigrantes, como Eli y Heri, hoy se están volviendo a la tierra de origen de sus padres. En el pico de esta corriente, en 1990, la comunidad coreana argentina llegó a contar con 42.000 habitantes. Hoy rondan los 20.000.

Hombres comen en un mercado de Seúl
Hombres comen en un mercado de Seúl. Foto: LA NACION / Silvana Colombo

Las razones de este éxodo son casi siempre económicas. En 1960 el PBI per cápita de la Argentina era cinco veces el de Corea del Sur, en 1987 ya eran iguales y hoy, el de Corea del Sur es más del doble del de la Argentina. En ese período, la economía coreana atravesó uno de los procesos de expansión más impresionantes de la historia de la humanidad. La Argentina, en cambio, se estancó.

"Somos el puente entre los dos países", se entusiasma Eli antes de narrar su historia familiar, muy similar a la de otros coreanos: su abuelo emigró a Buenos Aires porque en Corea no podía mantenerse. Se empleó como comerciante y su padre, en un rasgo inusual, abandonó la zona típica de la comunidad y aún vive en Martínez, al norte del conurbano bonaerense, donde tiene un local de tenis. Ella estudió en el colegio Fátima. Heri, en cambio, se crió en Villa Ballester, luego de que su padres emigrasen también por cuestiones económicas. Tenían un local de ropa minorista pero su familia ya volvió a instalarse en Corea.

"Con Eli íbamos a la misma Iglesia en Avellaneda, pero no nos llevábamos bien, recién nos hicimos amigas en Seúl", se ríe Heri. Ambas coinciden en que en Buenos Aires, sus rasgos orientales las distinguían, pero sus amistades y rutinas eran las mismas de cualquier niño o adolescente porteño. Como para la mayoría de los coreanos la Iglesia, en su mayoría evangélicas, era el lugar donde se reunían con el resto de los inmigrantes. "Cuando te encontrás con otro coreano en Buenos Aires lo primero que le preguntás es a qué Iglesia va", explica Eli. De Argentina ambas extrañan el trato abierto de la gente y, sobre todo, la comida.

Mariana Sung se crió en Flores
Mariana Sung se crió en Flores. Foto: Emiliano Lasalvia

"Es una cocina de la necesidad", explica Javier Heinzmann, un cocinero argentino que recorrió el mundo y ahora es el chef ejecutivo del hotel Park Hyatt, de Seúl. Se refiere a la cocina desarrollada a mitad del siglo pasado, cuando este país salía de la guerra y era paupérrimo. Abundante y simple, se sirven varios platos al mismo tiempo y se comparte. Siempre incluye arroz y suele traer sopa y pequeños trozos de carne o pescado muy sazonados. La estrella, sin embargo, es el kimchi: verduras, que suelen ser coliflor, rábanos o pepinos, fermentados y muy picantes. "Cuando veo algo colorado en el plato me escapo", exagera Enzo Maidana, un futbolista tucumano que juega en el Incheon United, en la primera categoría coreana.

A Javier, en cambio, esa rama, la más típica de la cocina coreana, le gusta, pero admite que es un cocina nacida de la pobreza, cuando se conseguían pocos alimentos frescos y había que conservarlos. "Corea es uno de los pocos países que aún consume spam -grafica, en referencia a la carne enlatada que comían los soldados-. Les quedó la costumbre de hacer mucho con poco."

Sin influencias

La otra característica de la cocina coreana que a Javier le gusta menos es la de no aceptar influencias. En la mayoría de los lugares, una pizza o un plato de pasta se transforman en una kimchi pizza, o una kimchi pasta. "Corea es muy coreana", dice Javier y habla de la cocina, pero también de otros aspectos. Pese a estar cerca de vecinos poderosos, como Japón, China y Rusia, la sociedad es bastante uniforme, inmune a lo que ocurre fronteras afuera.

Chicas se divierten en Busan
Chicas se divierten en Busan. Foto: LA NACION / Silvana Colombo

Esa rigidez de la sociedad, en comparación con un espíritu más abierto de los porteños, es otra de las cosas que Eli y Heri sufren en Corea. Ellas son diferentes y esto se refleja hasta en su manera de comunicarse. Locuaces y muy expresivas, mueven las manos y se tocan al hablar, algo poco habitual en Seúl. "Los coreanos son más tranquilos", dice Eli. Coinciden en que, mientras que la personalidad abierta y relajada es lo que heredaron de su paso por la Argentina, los genes coreanos les aportan su prepotencia de estudio y trabajo.

Lo mismo señala Mariana Sung, cuyo padre emigró de joven a la Argentina y se dedicó al comercio. Ella nació y se crió en Flores y cuando terminó el secundario decidió hacer el camino inverso e instalarse en Seúl. De hablar pausado pero firme, Mariana dice que vino para evitar el destino de comerciante que le esperaba en Buenos Aires y porque quería conocer el mundo. "Quiero juntar plata, triunfar", dice.

Su resolución no le impide sufrir los rigores de la cultura coreana. Apenas llegó a la universidad Mariana se dio cuenta de lo exigente y competitiva que era la sociedad y como eso dificultaba las amistades. Ahora que está trabajando lo sufre en las evaluaciones mensuales que se hacen para elegir no sólo al mejor empleado del mes, también al peor. El sistema, que deriva en premios y castigos, incluye una votación de los clientes, pero también de los empleados. "Puede ser tu mejor amigo e igual te vota como peor empleado del mes", se sorprende Mariana.

La compulsión al trabajo y el esfuerzo es algo muy enraizado en la cultura coreana y la razón con la que acá explican el crecimiento exponencial que tuvieron en las últimas décadas. Devastada luego de la ocupación japonesa, tras la Segunda Guerra Mundial la península de Corea se dividió en dos: al norte quedó un gobierno comunista bajo la protección de la Unión Soviética y China y al sur, uno capitalista amparado por Estados Unidos y sus aliados. Hubo una guerra entre ambos bandos que se cobró unas tres millones de vidas y no dejó ganadores. La frontera entre las dos Coreas es hoy uno de los últimos resabios de la Guerra Fría y un continuo foco de conflicto. Empobrecida y sitiada, Corea del Norte sobrevive a base de bravuconadas, pruebas de misiles y desarrollo de tecnología nuclear que alimentan la disputa, por ahora tuitera, entre Donald Trump y King Jong-un, el líder norcoreano.

Cristina Um toca el violín en Corea
Cristina Um toca el violín en Corea. Foto: LA NACION / Emiliano Lasalvia

Del otro lado de la frontera, en cambio, Corea del Sur, la capitalista, tuvo un desarrollo tardío pero vertiginoso basado en la exportación de industria manufacturera con base tecnológica. En 1960 tenían un PBI per cápita, medido a precios contantes de 2010, de 1000 dólares anuales y estaban entre los países más pobres del planeta. La expectativa de vida apenas superaba los 55 años y sólo el 9% se enrolaba en la universidad. Hoy, el PBI per cápita ronda los 25.000 dólares anuales, está en el puesto 30 entre los países más ricos, la expectativa de vida supera los 80 años y más del 70% de los ciudadanos tiene educación universitaria. En la década del sesenta eran tan subdesarrollados que las pelucas confeccionadas con el pelo lacio y oscuro de las coreanas eran una de las pocas industrias de exportación. En la actualidad, los productos de empresas coreanas como Samsung, LG y Hyundai conquistan los mercados del mundo.

Costos del desarrollo

El desarrollo veloz tuvo un costo: Corea del Sur sufrió durante ocho años consecutivos el índice de suicidios más alto entre las naciones industrializadas. En 2012, por ejemplo, hubo un promedio de 39 suicidios por día. Mientras la pobreza y la carencia de redes familiares o un Estado Benefactor dispara los suicidios entre los viejos, los jóvenes sufren las presiones de un sistema educativo muy exigente.

Chicas gesticulan en Busan
Chicas gesticulan en Busan. Foto: LA NACION / Silvana Colombo

Cristina Um es una violinista nacida de padres coreanos en el barrio porteño de Flores. A los 26 años se fue a estudiar a Estados Unidos, conoció a un coreano y se instaló en Seúl. Tiene dos hijos chicos y admira la cultura del esfuerzo del país -"es lo que los sacó de las catacumbas", dice- pero duda sobre cómo impactará en los suyos. "La vida en Corea es difícil, los chicos tienen que estudiar mucho. Ni te da cuenta cuando arrancan las vacaciones porque siguen estudiando y eso les quita tiempo para jugar, para estar con sus amigos", dice.

Cristina recuerda su crianza porteña, añora las idas en bicicleta al almacén, pero también sabe que eso no existe más en Buenos Aires. Luego de 43 años, sus padres también se volvieron a Seúl porque se habían quedado viejos y solos. Se sentían inseguros.

Atada a dos mundos lejanos y disímiles, Cristina combate la melancolía tocando tangos en un restaurante argentino de nombre poco original: Buenos Aires Wine & Steak. "Tocar tango me da una sensación de libertad. Es mi momento, lo que me representa", explica.

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