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La ascensión de un pequeño Himalaya

Víctor Hugo Ghitta
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19 de noviembre de 2017  

Acaso hayan sido los ardores del sol los que les trajeron esa quemazón en los ojos, la brisa en la altura la que resecó las gargantas, las variaciones en la presión del aire lo que aceleró las pulsaciones del corazón. O tal vez fue la pura emoción de saber que habían alcanzado la cumbre de su pequeño Himalaya. Cómo no elevar el puño al cielo en señal de agradecimiento, cómo no conmoverse el uno con el otro mirándose a los ojos, los dos en la cima de ese cerro que han escalado en el pasado, aunque ahora lo hicieron sin sus dos hijas y después de que hace cinco años un accidente atroz cuyos detalles no importan le restó a M. una buena parte de su movilidad, confinándolo a una silla de ruedas primero y después a una serie extenuante de ejercicios de rehabilitación, agobiado él por el temor de que ese hombre extraño que súbitamente había llegado a habitarlo -las piernas lentas en responderle, los rincones de la casa que antes cubría con algunas zancadas de pronto remotos, el tiempo alargándose como sombras en un sombrío atardecer- le impidiese ser el mismo de siempre.

Cómo no fundirse en un abrazo con los dos amigos que los han acompañado en esta travesía -el largo abrazo de quienes vienen regalándose amistad hace muchos años y son ya hermanos-, que han trepado montañas de alturas devastadoras y, sin embargo, esta vez se dispusieron a demorar el paso, lentos y solidarios, tomando todos los recaudos y ofreciéndole sostén en los tramos más comprometidos -la mano o el hombro dispuestos para servir de apoyo y una broma lista para aligerar cualquier instante de zozobra-, los ojos escrutando los detalles del sendero que pudieran incomodarlo y también los gestos más imperceptibles de su rostro en apariencia imperturbable, cualquier señal de fatiga o desasosiego, aunque al prodigarse en esas atenciones y señales de cuidado hayan debido esmerarse en disimularlas, porque M. ha desestimado cualquier asistencia desde el comienzo mismo de la escalada, al pie del modesto Bahía Blanca, cuando dijo sin dudarlo que prefería no apoyarse en bastones de montaña. Su mujer le ha insistido una o dos veces, amorosamente, y también sus amigos, pero en todos estos años M. ha dado tan abrumadoras muestras de su firmeza de propósitos, una firmeza lindante con la más entrañable obcecación, que los todos comprendieron que no convenía insistir con tal de que no se fuese todo al diablo.

Hace muchos años, él subió este pequeño cerro de no más de setecientos metros junto con su mujer y sus hijas, una de esas modestas aventuras familiares que tienen como propósito el de llevar un poco de adrenalina a vidas a menudo adormecidas por la rutina. El ascenso no presentó en esa ocasión sobresaltos. Una vez que hicieron cumbre, bajo un cielo límpido, M. se tomó una fotografía que guardó celosamente en el teléfono celular y que cada tanto les mostró a sus amigos, entre risas y comentarios provocadores, como una modestísima prueba de osadía. Esa imagen sencilla, que no tiene una pizca de épica, pudo haber sido una de tantas en el álbum familiar, pero los acontecimientos que la sucedieron hicieron que esta vez, cuando estaba a punto de emprender el ascenso de ese pequeño cerro de Villa Ventana, M. la recordase con una punzada en el corazón. Dijo entonces que su sueño era llegar otra vez lo más cerca del cielo que había llegado jamás y tomarse la misma fotografía, acaso en la misma pose si podía recordarla, recortada su figura sobre el mismo fondo de cerros bajos y cielo cristalino. Sería su prueba de que había vuelto a ser el de siempre.

Cuando descendieron, felices los cuatro por haber alcanzado la meta, y hondamente conmovidos por haber honrado de ese modo la vida y sellado una amistad, notaron que al pie de la montaña había una apacheta, un breve monumento hecho de piedras dejadas allí por los viajeros siguiendo una tradición de los indígenas, que ofrendaban con rocas a la pachamama para que en el camino velara por ellos y que son tan frecuentes en las orillas del camino del inca. M. dejó una piedra en el santuario a modo de agradecimiento. Después de haber conocido el infierno, había logrado llegar a la cima de un cielo diáfano en medio de un paisaje cargado de misterios que incitan a la interrogación. El coraje y la amorosa fuerza de su mujer y sus hijas (y la de sus amigos) lo habían llevado a una de esas cumbres donde hasta los agnósticos, un tanto perplejos, creen a veces haber escuchado la voz de Dios.

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Mientras escribí este texto escuché: Artaud, Luis Alberto Spinetta; Serú Girán, Serú Girán

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